Papel y tinta (greguelato)

Aquel hombrecillo extraño y desaliñado desdobló el cielo en dos partes. En una anotó a todos los pájaros y sus raudas trayectorias, con una tinta negra y azulada. Cuando acabó con esa parte, era noche cerrada en la mitad de la tierra. Aquella densa oscuridad chorreó también sobre las cimas de los montes, en forma de sombras o de arroyos de agua oscura y seria.

En la otra parte del cielo el hombre sonrió al sol durante mucho tiempo. Y su sonrisa se fue haciendo cada vez más ligera y aérea, a medida que el calor traspasaba su piel y calentaba sus arterias. Al perder agua el hombre adelgazaba y se aligeraba, como un pergamino hecho de juncos. Al poco tiempo ya era de papel y una ráfaga de viento lo arrastró flotando por el firmamento. Una hoja amarilla que volaba trazando volatines y dibujando volteretas contra ese azul que nos protege de la noche, que siempre espera más allá.

La hoja se alejó en su cama de aire, como una hora prendida en el pasado. En el ambiente quedó un tibio estremecimiento, recuerdo de la danza de la hoja, y algunas sombras azules por los rincones que, seguramente, querían decir alguna cosa.

El cielo, al día siguiente, volvió a desdoblarse en todo su esplendor, sin embargo, para esa jornada daban nubes, y un tímido diez por ciento de precipitación.

Foto del autor de una acuerela de Miguel Salvatierra

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