Aún

Ven a verme, compañera.

Te haré un hueco en mi cerco de palabras.

Porque ya todo se encarrila: las plazas

de los días, redondos como abdómenes felices,

las horas planas, como carteles pegados en un muro.

Los espacios, los bosques, las arterias

que antes eran cardúmenes de sombras,

anémonas de misterio escondido en las esquinas,

ahora, a veces, parecen desvelar sus otras formas,

cansadas y aquiescentes, horarias e infelices.

Insensibles. Indiferentes. Blandas y calmosas.

Ven a verme, compañera,

porque como un gato da vueltas en mi entorno

la impotencia. Sus pupilas grises,

su cara de buena persona, su pequeña lengua.

Estoy vencido, compañera, me hace gracia

escucharme decir cosas como ésta.

Compañera, ¿no te ríes?, que la risa

conmoviera tu cuerpo sería bueno,

la seca risa seria, sin perfume.

Compañera, yo me muero.

Quería hacer palabras del amor

pero brota la muerte gentil de entre mis dedos.

¿Te das cuenta?

Contra eso nada puedo. Tal vez será verdad.

Qué tristísimo y borroso estás hecho.

Ven a verme,

                                   …

Compañera, te recuerdo desnuda,

los días desnudos, las horas vestidas

de locura, de trajes, de coronas,

los vellones rubios, los burdeles de Sevilla.

Recuerdo los olores de los troncos en los barcos,

el crujir de las cuerdas, el sudor entre las llamas.                 

Recuerdo los trenes, las buhardillas oscuras,

las gatas que maullaban.

Los placeres salobres, las bocas abiertas,

los vestuarios llenos de posturas.

Recuerdo los inmensos valles,

los huesos de la mujer abiertos sobre el mundo,

y sus montañas encordadas,

sus torrentes malvas por la sombra, sus ruidos

de peñasco solitario, sus cañones

como tajos en la amplitud de lo que es joven.

Recuerdo amaneceres como nuevos

tras el fragor de una noche en carretera,

limpios después de amar tras doce horas,

trepados en lo alto de los riscos. Recuerdo personas,

confusión de voces y de ideas,

el plano del mundo en nuestras manos

y un eco del canto que resonaba en todas partes.

                                               …

El tiempo ha pasado, qué cierto es eso.

Y qué me importa. Éramos feroces.

Ahora nuestros cuerpos pesan más, ganaron tiempo:

la carne de la memoria y de la muerte.

Pero qué importa.

Hoy aquí, mañana nunca.

Jamás sabremos otra cosa.

Por eso, ven a verme, compañera,

desde el arcón sin fondo en donde vivo

hoy te reclamo todavía.

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