Calma (greguelato)


La tormenta de citoquinas arrecia, supurando un vendaval líquido que se abate sobre los parénquimas temblorosos. Las crestas de los nudosos paquetes vasculares se hinchan lívidas, estremecidas por pulsos irregulares. Valles alveolares anegados borbotean al extremo del bosque bronquial, azotados por un huracán que silba como un demonio del infierno, desatado por la débil tracción de las parrillas costales y la presión que llega por el tubo endotraqueal. Sin embargo, afuera, un profundo silencio late en la discreta succión de los respiradores, acunado por el pausado proceder del hombre y la mujer frente a la gran cama, intubada hasta la médula, donde una diminuta anciana yace, apenas cubierta por una sábana dorada.

            Otro ciclón eléctrico, mientras tanto, lanza salvajes andanadas, chisporroteando a lo largo de miles de kilómetros de conexiones corticales, límbicas, hipotalámicas. Abriendo y cerrando inmensas compuertas de membrana por donde desbordan millones de diminutos iones de sodio y potasio, en un baile que acelera el tono de las arterias del médico, mientras piensa en silencio: mi madre se me va, y en su párpado asoma sólo un pequeño tic.

            Nadie grita, ni insulta, ni niega, ni afirma absolutos de los que poseer la llave. Un susurro: ¿tampoco funciona?, apunta sorpresa en la voz de la mujer. Sabemos aún tan poco, niega él, meneando la cabeza.

            Después, la hecatombe y la calma continúan, en silencio, su larguísima batalla.

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