«Dormir en un mar de estrellas», de Christopher Paolini (reseña de novela)

Hace ya unas cuantas semanas que leí esta novela, pero no había tenido el tiempo de sentarme a hacer una reseña, cosa que me suele apetecer cuando un libro me gusta, como es el caso. Ahora he conseguido crear ese tiempo (somos potenciales creadores de tiempo, qué descubrimiento), pero entre medias han sucedido varias cosas: he terminado de escribir “mi” primera novela de CF, he leído otros libros y he tomado distancia. Así que ahora no solo quiero reseñarla, sino aprovechar para reflexionar y romper una lanza, nuevamente, sobre un género que en España aún no tiene el mismo peso, por desgracia, que pueda tener en el mercado anglosajón.

Esta novela es una especie de homenaje al universo extremo de la CF. Y por extremo me refiero a cuando la CF se pone estupenda y se mete a elucubrar sobre las razones de la existencia, o nuestra misión en el Universo. Si en «La Trilogía de los tres cuerpos» a Cixin Liu se la va la mano, en mi modesta opinión, lanzándose en las novelas 2ª y 3ª a una ficción de cientos de años (o más) de duración, que apisona cualquier posible trama emocional humana (salvo las muy intelectuales), Paolini, en cambio, consigue comprimir su tesis (no sin riesgos) en torno a un solo personaje y en un lapso temporal cercano, personal, asumible. La novela se sumerge progresivamente, partiendo de un entorno de ciencia más o menos “hard”, aunque muy imaginativa, en una aventura que pasa por una cierta fase de space opera, con una guerra interestelar entre tres especies, para acabar en una proyección cuasi metafísica en la que la bio-ficción alcanza unas cotas de fantasía importantes. Últimamente la ciencia ficción con un componente biológico está creciendo, o me lo parece a mí, recuerdo, entre otras, uno de los últimos premios Minotauro (2022), “Horizonte de estrellas”, de Víctor Conde y Guillém Sánchez, en el que la evolución y la ciber-biología jugaban también un papel importante. O también “La chica mecánica”, de Paolo Bacigalupi, ya reseñada en este blog.

En esta novela de Paolini subyace una tesis interesante, que a mí, particularmente, siempre me ha tentado, y es el establecimiento de una relación (¿de tensión, oposición, complemento?) cuasi moral, entre el mundo biológico (la vida) frente al mundo físico (la materia inorgánica, la “soledad del Cosmos”, las estrellas, el universo). Si tenemos claro que la materia biológica (orgánica) es la única que contradice (temporalmente) el segundo Principio de la Termodinámica, que establece que la entropía (desorden) del Universo tiende inevitablemente a aumentar, tenemos un bonito asidero para especulaciones de muchos tipos. La vida sería la única forma de existencia que intenta ordenar el caos, a base de consumir notables cantidades de energía, eso sí. No es un planteamiento original o novedoso, pero Paolini le da una elaboración propia. En muchas historias de CF la vida es considerada fundamentalmente como la plataforma sobre la que puede nacer la conciencia, y esa es la dicotomía que finalmente se establece: conciencia (¿espíritu?) vs. materia inconsciente o inerte. Así los vemos en los clásicos: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Phillip K. Dick, semilla literaria de Blade Runner, plantea si la conciencia puede existir en máquinas artificiales, como de innumerables formas se plantea esto también en gran parte de la obras de Isaac Asimov. En 2001, Arthur C. Clark plantea también (quizás) el problema del nacimiento de la conciencia como gran divisoria, situando en un mismo plano, al otro lado de ella, a la materia inorgánica y a la orgánica.

Sin embargo Paolini aboga por un planteamiento mucho más acorde a los tiempos ecológicos que vivimos. La conciencia, aunque se pueda expandir inmensamente gracias a la interrelación biológica, tendría como misión fundamental el velar por la vida, aún en sus formas más aberrantes, básicas o siniestras. La vida como fuente única, como absoluto. Como único reducto de los “impulsos” que nos son cercanos, queridos y comprensibles. Sería la vida (la carne) nuestro envolvente definitivo, no la conciencia o el espíritu, fácilmente desviable hacia objetivos erróneos y parciales, como la supervivencia de determinadas especies, o la misma comprensión del Universo (la “sabiduría”), cuestión secundaria y que caerá por su propio peso si somos capaces de preservar la vida el tiempo suficiente. Todas estas conclusiones son mías, la novela de Paolini, afortunadamente, es de aventuras, y aunque apunta a estas cuestiones, tiene el buen gusto de no hacerlo desde la elucubración teórica, sino intentando no dejar caer en ningún momento la red de relaciones personales y emotivas entre personajes, que es lo que la salva y la hace digna de ser leída.

Se nota que el autor viene fundamentalmente del mundo de la Fantasía (saga de El Legado, iniciada con quince años), pero también se perciben las influencias de Herbert, LeGuin, Tolkien… También diría yo que se percibe lo que él mismo comenta en los agradecimientos, y es el difícil parto de esta novela, que duró más de ocho años y tuvo que ser reelaborada por completo en un par de ocasiones. Y es que no es para menos, la epopeya de acción que dibuja es ambiciosa y compleja. Su vuelo imaginativo (la parte ficcional, para mi fundamental en el binomio ciencia-ficción) a pesar de ser enorme, no renuncia del todo a conseguir la pátina de respetabilidad científica que posibilite un “pacto de verosimilitud” más cercano al género de la CF que al de la Fantasía. Todo esto convierte la novela de Paolini en una rara avis. Pastiche no sería una palabra ajena a la obra si pudiéramos usarla sin connotaciones negativas. Mezcla, diversidad impura, amalgama de elementos que progresan juntos, trazando una historia que mantiene la atención, dividida entre los avatares personales de la protagonista y la sorpresa de un planteamiento cada vez más loco, pero con un sentido, al servicio de una idea. Quizás no sea una buena novela para iniciarse con la CF (o quizás sí), pero creo que gustará a los aficionados al género. Por cierto, los individuos de la tercera especie en lucha, las pesadillas, como las llaman en la novela, convierten a Alien y a Predator en dos tiernos gremlins de jardín de infancia.

Dice Christopher Paolini que “la magia es a la fantasía lo que la ciencia es… a la ciencia-ficción”: lo que define las normas y establece lo posible o lo imposible. No creo que en esta novela esto haya sido así. No es una novela al estilo (maravilloso y apabullante) de Andy Weir (“El marciano”, “Proyecto Hail Mary”) y sus tramas escritas desde el centro mismo de la ciencia. Paolini “respeta” la ciencia de aquella manera, pero su vuelo fantástico, maravilloso o incluso “filosófico” es mucho más grandes (como puede y debe ser). El autor, en mi opinión, parece más consciente de la importancia de la aventura en la novela, y entiendo por aventura no solo una trama llena de urgencias, amenazas e intensidades, sino, sobre todo, la adecuada expresión de los sentimientos que estas provocan. La vida de un tranquilo amo de casa puede ser una intensa aventura si se la sabe contar transmitiendo la marea de emociones que provoca. Yo diría: “la aventura es a la novela lo que el sentimiento es a la vida”. Y Paolini cumple esa máxima.

Es por todo esto por lo que recomiendo esta novela y a la vez defiendo un género absolutamente necesario. Un género en el que sin perder la alegría de vivir y de fantasear por  todo lo alto, como hace Paolini en esta obra (y tantos otros), nos podemos permitir hacer predicciones sobre el futuro. O ser rabiosamente políticos, sociales, cultos y culturales… jugar al juego de mezclar nuestras sensaciones y sentimientos con nuestras conclusiones: los pensamientos proyectados y nuestras visiones de la sociedad y del futuro.

No en vano es uno de los géneros más antiguos del mundo, ¿o qué otra cosa son las mitologías, cosmologías o cosmogonías egipcia y mesopotámica? ¿La hindú, la árabe? ¿Las más recientes judía o cristiana? Es la proyección misma del misterio, del sol que traía las cosechas, de las estrellas que tachonaban nuestros sueños cazadores e irracionales. La Ciencia Ficción es un género tremendamente amplio, en el que caben muchas cosas, muchos públicos y muchos estilos. Hay CF “comprometida” (1984, Farenheit451, La mano izquierda de la oscuridad, Un mundo feliz, por citar solo “clásicos”), divertida, juguetona, simple, compleja, tontorrona… Pero es cada vez más necesaria, en un mundo en el que el peso de la tecnología es mayor día a día, aunque las necesidades de comprensión, sentido y relación humana sigan siendo igual que al principio, si es que no han aumentado.

Animaos a probar.

Christopher Paolini en 2019. Foto en Wikipedia. ¡Perfecto exponente del fandom!

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