Miguel Hernández

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La presente obra es un texto totalmente original sobre la vida y la obra del poeta Miguel Hernández (1910-1942). Ha sido construida a partir de un trabajo de documentación amplio sobre su biografía, así como del placer y la emoción producidos por la lectura, dilatada y repetida, de su poesía. En ella he incluido algunos poemas del poeta, o pequeños fragmentos de su correspondencia, tras consultar pertinentemente con sus herederos. La inclusión de dicho material no se ha hecho con intención adaptativa o de refundición del mismo, sino con la intención documental que resultaba, a mi juicio, conveniente y necesaria en un trabajo de estas características, en el que el interés principal radicaba justamente en explorar la fuente vital de la que surge la expresión poética. En cualquier caso, y a título de información, resalto que todo el material usado del poeta está convenientemente anotado a pie de página, señalando su procedencia, y que porcentualmente no supera el 5 % del texto.

Acotaciones previas:

1) En la obra coexisten dos planos. A uno lo podríamos llamar el plano real. Y al otro, el plano onírico o irreal. La forma que empleo para diferenciarlos salta a la vista. Los personajes que protagonizan las escenas están en el plano real, pero el resto está también presente en escena, desde el otro plano. Creo que el texto es lo bastante claro como para marcar por sí sólo esta separación. Pero para facilitar más las primeras lecturas he optado por esta diferenciación gráfica. Dejo a la decisión del director de escena y de los actores la conveniencia y la manera de plasmarlo sobre el escenario.

2) A pesar de la nota uno, hay algunos pasajes en la obra donde un personaje parece poder refugiarse en cualquiera de los dos planos. Vuelvo a dejar a la interpretación del lector y del escenario lo que más convenga.

3) En el plano irreal los personajes se sitúan casi siempre en un tiempo imaginario y posterior a los hechos. Saben muchas de las cosas que sucedieron después de la muerte de Miguel, e incluso de las suyas propias. Conocen los veredictos de la Historia y sus vaivenes. En cierto modo son la encarnación -con sus idiosincrasias particulares- de la visión distanciada de un ojo de nuestra época.

4) Los personajes que intervienen son cinco:

Miguel Hernández • Ramón Sijé • Pablo Neruda • Josefina Manresa • Ella, una mujer.

5) Los fragmentos incluídos entre [corchetes] pueden omitirse en bien del ritmo de la obra, si se juzga necesario.

Miguel Hernández

Capítulo I.
-Introducción Final-

Desde algún lugar oscuro llega la voz de alguien que piensa y habla, o canta…

Voz[1].- Quise ser… ¿Para qué?… Quise llegar gozoso

al centro de la esfera de todo lo que existe.

Quise llevar la risa como lo más hermoso.

He muerto sonriendo serenamente triste.

 

Reformatorio de Adultos de Alicante. Sueño.

28 Febrero 1942. Miguel, que se muere, y Josefina, a su lado.

Josefina.- Casémonos.

Miguel.- Tráeme huevos.

Josefina.- Casémonos, por tu bien.

Miguel.- Y dos patatas en vez de una.

Josefina.- Casémonos, por nuestro niño.

Miguel.- Dos lecheras de sustancia que no falten.

Josefina.- Casémonos, Miguel, por todos, no lo entiendes.

Miguel.- Ceregumil, Biseptisen, y tres resmas de algodón y gasa.

Josefina.- Casémonos o tu niño no tendrá escuela, ni nombre ni futuro.

Miguel.- Nada de leche ni de dulces que no aguanto, y huevos más de nueve.

Josefina.- Casémonos, todos lo dicen, el vicario, el padre aquí, tu familia, tus amigos.

Miguel.-   Una docena de huevos si se puede, no lo entiendes, Josefina, debo sobrealimentarme!

Nos casaremos cuando salga, cuando salga. ¿No lo entiendes? Tengo que ponerme bien para poder salir, debo ir al sanatorio, y tenéis que sacarme de aquí, tenéis que sacarme de esta cárcel, por dios, sino me sacáis me muero, y yo no quiero morirme, ¿comprendes? No quiero…

Y si acepto casarme ahora… es porque ya estoy muerto…

No quiero morirme, Josefina.

Josefina.- Estoy aquí contigo.

El sueño parece desvanecerse en el aire de la enfermería, pero no llegará nunca a hacerlo. La luz de un amanecer incierto trae de nuevo la voz que piensa y habla, o canta.

Voz[2].-           Cuando te voy a escribir

                        se emocionan los tinteros:

                        los negros tinteros fríos

                        se ponen rojos y trémulos…

                       

                        Cuando te voy a escribir,

                        te van a escribir mis huesos:

                        te escribo con la imborrable

                        tinta de mi sentimiento.

 

                       Aunque bajo la tierra

                        mi amante cuerpo esté,

                        escríbeme a la tierra,

                       que yo te escribiré.

Miguel Hernández, que se muere, escribiendo, y Ramón Sijé, junto al enfermo.

Los muros de la Enfermería parecen concretarse, sin conseguirlo del todo.

Miguel.- Josefina, he pasado la noche sin fiebre. Me encuentro mucho mejor. No he recibido el Ceregumil, supongo que las farmacias estarán cerradas. Mándalo, me hace mucha falta. Y todo lo que te dije la última vez. Besos para mi niño, que ayer no me conocía, y a ti, te abraza, nunca, Miguel…

Toma, gracias… ¡espera…! no… con la poca luz, me habías parecido otra persona….

Sijé.- Y lo soy. Soy Ramón Sijé, también llamado José Marín, y tu amigo… estás soñando.

Miguel.- Ah… José…! bueno, seas Ramón Sijé o Rocamora-el-preso, no dejes de hacer llegar ese mensaje a Josefina: tengo que ponerme bien. ¿Sabes?, ésta sí que es una batalla, y no las de los curas.

Sijé.- Aún sigues con ésas, después de toda una guerra.

Miguel.- Que vosotros comenzasteis.

Sijé.- ¿Cómo vosotros? Yo era tu amigo.

Miguel.- Cada vez me quedan menos, al parecer. ¿Y a qué has venido? ¿También quieres que cambie a estas alturas?

Sijé.- …no. Vengo a hablarte de ascetismo.

Miguel.- ¡Manda cojones…! Perdón. ¿y qué te crees que hago todo el día aquí? Yo sí que estoy hecho un asceta.

Sijé.- No, Miguel, lo has sido siempre. ¿No te das cuenta? Eres capaz de privarte de todo por un ideal. ¿Si no por qué sigues aquí? Vives de las raíces… de los sueños de las cosas: la mujer, la tierra, el hijo… no necesitas apenas lo superfluo…

Miguel.- Aquí en la cárcel ya me dirás qué hago…

Sijé.- No, podrías facilitar tu salida de prisión, si quisieras, y lo sabes, bastaría con que disimularas un poco frente a los vencedores… pero no todo el mundo es como tú, Miguel.

Miguel.- ¿Y qué me quieres decir con eso?

Sijé.- Que no estás tan lejos de mi… Que no todos los que lucharon en tu bando son tan idealistas como tú…

Miguel.- ¡Qué revelación! Lucha de ideas nunca hubo en una guerra, sólo de intereses. Y fueron los de vuestro bando…

Sijé.- Yo no tengo bando…

Miguel.- ¿De qué quieres convencerme?

Sijé.- De nada. Siempre seremos minoría… Sólo quería que me des la mano, y sentirte nuevamente, y saber que estás a mi lado, y que no me olvides… ni me pases por encima, ahora que ya no puedo defenderme…

Miguel.- No creo haberlo hecho… Aún muerto sermoneas, José, cómo eres…

Sijé.- Tú también viniste a mi lado a sermonear cuando mi muerte…

Miguel.- … ya…

Sijé.- Pero no te preocupes, esto es sólo un sueño, y ahora debo irme, ya es muy tarde, con el amanecer se van los fantasmas y las sombras. Parece que hoy hará sol.

Miguel.- ¿Y qué vas a hacer con el mensaje que te he dado?

Sijé.- ¿Tú qué crees?

Sale la sombra. Se instaura un día. Josefina entra.

Josefina.- Estaba en una sala alargada con varias ventanas, todas con rejas, y rejas tambien por el medio. Miguel estaba siempre al fondo, sentado y envuelto en una manta… volvía la cabeza mirándonos hasta que llegábamos junto a él. Siempre me decía que me sentara pegada a la reja, cerca de él, frente a la ventana, y al niño, junto a mi, no dejaba de mirarlo todo el tiempo…

¡Miguel!

Miguel.- ¿Te han dado mi mensaje?

Josefina.- Sí. He traído todo lo que me pedías, y además… ¡magdalenas!

Miguel.- ¿Y a Manolillo no te lo has traído?

Josefina.- No…

Miguel.- Las magdalenas no las quiero. Vuelve a llevártelas.

Josefina.- Va a llover y no quiero que se enferme. Con uno ya tenemos bastante.

Miguel.- Me habían dicho que haría sol.

Josefina.- Pues no, hijo.

Miguel.- Dile que voy a escribirle otro cuento, en cuanto pueda.

Josefina.- Se lo diré. ¿Cómo te sientes?

Miguel.- Como un chaval al ver junto a mí a tan hermosa…

Josefina.- ¡Vaca!

Miguel.- ¡Sí! Y yo toro… qué ganas tengo de poder usarnos otra vez el uno al otro…

Josefina.- Anda, calla ya, que se te va a ir la fuerza por la boca. Y con la pinta que llevo…

Miguel.- Yo en cambio, debo de estar guapo. No llores.

Josefina.- ¿Has hablado con el padre Vendrell? Yo he hablado con el vicario…

Miguel.- ¡Te he dicho que al Vicario nada! No le pidas nada.

Josefina.- Me ha dicho que tenemos que casarnos cuanto antes, por el niño… que nuestro matrimonio civil ya no vale, pero que se puede celebrar la ceremonia religiosa aquí en la cárcel, y que además, a lo mejor favorecía tu situación en general…

Miguel.- …lo sé…

Josefina.- …y que si además hicieras la declaración de que te habló cuando vino a verte, él también podría ayudarnos más fácilmente a nosotros…

Miguel.- …lo sé…

Josefina.- ¿Y…?

Miguel.- …no sé…

Neruda.- No cedas, Miguel. Has sembrado versos muy grandes. ¿Vas a negarles el agua?

Sijé.- ¿Qué hace éste aquí?

Neruda.- Cállese. No cedas. Si cedes ahora, ¿de qué te habrá servido tanto esfuerzo? Lo que has creado es real. Y el eco de las palabras dura más que el de los cañones. Un hombre lucha, a pesar de las fieras y las garras…

Sijé.- Bonito pastiche.

Miguel.- ¿Pero y qué palabras podré ya encontrar estando muerto?

Josefina.- ¿Con quién hablas? No hay nadie.

Neruda.- Señor Sijé, debo informarle que noto en el ambiente una cierta fragancia a meapilas.

Sijé.- Por lo visto su burdo olfato está al mismo nivel que su lengua, señor Neruda.

Miguel.- Con fantasmas, ¿no los ves?

Josefina.- Lagarto, lagarto. Estás ardiendo.

Miguel.- Están ahí. No distingo ya lo de fuera y lo de dentro…

Josefina.- Tranquilo, te pondrás bien…

Ella.- No había nadie. Ramón Sijé, su compañero del alma, había muerto seis años antes. No llegó a conocer la guerra, ni a ver, afortunadamente, cómo sus ascéticas ideas eran asociadas a un proceder no precisamente santo. Y Pablo Neruda, a sus treinta y cinco años, todavía joven y delgado, estaba en París, envuelto en su mundo, en su ajetreada vida y en sus poemas. Pero ambos eran la encarnación de dos opuestos dentro de Miguel. Así que de algún modo estaban allí, junto a la tuberculosis, junto a Josefina, hablándole al oído, discutiendo siempre, como perro y gato…

Yo también estaba allí, pero yo apenas le hablaba. Lo contemplaba muda, igual que él ya casi no me hablaba, a mí, con quien tanto había hablado a lo largo de su vida…

Capítulo II

-Comienzos-

Orihuela, en los alrededores del pueblo a la caída de la tarde. Un día de Noviembre de 1929.

Sijé.- Hola, ¿tú eres Miguel Hernández?

Miguel.- Sí.

Sijé.- Me llamo José Marín. Perdona que te pregunte, ¿pero qué escribes?

Miguel.- Versos.

Sijé.- ¿Y por qué?

Miguel.- ¡Ah, si yo lo supiera!

Sijé.- ¿Y por qué no lo sabes?

Miguel.- ¿Y tú, por qué preguntas tanto?

Sijé.- No, dime, en serio, si escribes versos debes saber por qué lo haces, ¿no?

Miguel.- Quiero ser poeta.

Sijé.- ¿Y por qué?

Miguel.- ¡Para escribir buenos versos!

Sijé.- Eso es una tautología.

Miguel.- Eso no sé qué es.

Sijé.- Es como definir un término usando ese mismo término: o sea, no decir nada.

Miguel.- Como decir: y los sueños, sueños son.

Sijé.- (Sonriendo) Más o menos…

Miguel.- Y a lo mejor es verdad que los sueños no son nada. Pero aún así yo sueño en ser poeta.

Sijé.- Pero, ¿por qué?

Miguel.- ¡Hoy hay eco en este monte!

Sijé.- Perdóname por molestarte. He leído el poema que le diste a Carlos. Y lo queremos incluir en nuestra revista, que no tiene gran tirada, pero es algo… Por eso venía a buscarte.

Miguel.- ¿¡De verdad!?

Sijé.- Sí. Yo también escribo versos a veces, y por eso te pregunto: ¿nunca has pensado por qué quieres ser poeta?

Miguel.- Sí. Muchas veces.

Sijé.- ¿…y?

Miguel.- …y nada. Al final acabo escribiendo alguna estrofa nueva.

Sijé.- Ya. ¡Qué curioso, ¿no?!

Miguel.- Supongo…

Sijé.- Creo que tenemos que hablar más a fondo de ese tema. Es interesante.

Miguel.– Si.

Sijé.- ¿Mañana por la tarde puedes pasarte por casa de Carlos?

Miguel.- Si…

Sijé.- ¡Bien! Oye, me ha gustado mucho tu poema, ¿sabes?

Miguel.- ¿Si?

Sijé.- Sí. Es mejor que todo lo que escriben compañeros míos que estudian bachillerato, e incluso filosofía.

Miguel.- Yo ahora estudio cabrillerato y ovejología, pero te he servido a ti la comida.

Sijé.- ¿Cuándo?

Miguel.- Ahí, en el colegio. Estuve sólo dos años. Pero me acuerdo de tu cara cuando entraste, de cuando me tocaba servir en el refectorio.

Sijé.- Ah…

Miguel.- Pero no te preocupes. Me lo pasaba bien. Observaba a la gente.

(Rompe a reír. Y dicen que la risa de Miguel era estruendosa e intemperada, incluso inoportuna…)

Sijé.- ¿De qué te ríes?

Miguel. Es que… déjalo. ¿De verdad te gusta mi poema?

Sijé.- Si no me gustara no te lo diría. Es bueno, muy bueno el clima al final del segundo cuarteto, y sobre todo esa solución, tan hermosa…

Miguel.- ¡Vaca!

Sijé.- ¿eh…? ah, sí. Decía que la resolución del terceto final capta perfectamente ese espíritu de resignación apasionada que es la fibra más profunda de un nuevo catolicismo.

Miguel.- ¡Tomá! Pues yo no me resigno.

Sijé.- ¿A qué?

Miguel.- A oler siempre a cabra, porque las cabras no huelen a incienso, aunque haya curas que huelan a cabra…. Voy a encerrar el rebaño y a lavarme al río, ¿vienes?

Sijé.- Si.

Miguel.- Bueno…. a ver si te vas a manchar la ropa…

Sijé.- ¡No importa! Y así podemos seguir hablando…

Miguel.- Bien. Yo no hablo con nadie de mis poemas…

Sijé.- ¿De qué te reíste antes?

Miguel.- Bueno… no te ofendas… me acordé que cuando te vi en el refectorio, pensé que tenías la misma cara de Luná, una de las ovejas de mi padre…

Sijé.- Ah… ¡Béééé! ¿Así mejor?

Miguel.- ¡Clavado! Perdona, yo es que a veces soy muy bruto… ¡pero es que tienes cara de oveja…!

Sijé.- ¡Peor sería tenerla de cabra!

…pues la cabra parécese al demonio.

Más si éste sonríe tras su reja,

animal de tan noble testimonio

¡no ha de ser cabra, sino oveja!

Miguel.- ¡Ah! ¿Es tuyo?

Sijé.- No. Es de Calderón. El juicio de los poetas. ¿Has leído a Calderón?

Miguel.- Sólo una obra. Pero sé de alguien que a lo mejor me puede prestar más…

Sijé.- Claro…

Miguel.- ¿¡Sí!?

Sijé.- De verdad… tienes toda la biblioteca de mi casa a tu disposición… no es gran cosa, pero luego está la del círculo, y la del vicario… si es por libros, desde luego no te van a faltar.

Miguel.- ¡Muchas gracias! En mi casa no sobra el dinero para comprar libros, y mi padre… uf, los usaría para darme con ellos en la cabeza…

Sijé.- Entonces tengo unos así de gordos que le van a encantar…

Miguel.- ¡Shh! ¡Que ni te oiga! Vamos… Oye… ¿Y yo de qué tengo cara?

Sijé.- ¿Tú…? De patata. Una cara de patata impresionante. O de boniato…

Neruda.- ¡Eh!¡Eh…! Eso no lo dijo Sijé! Eso lo dije yo, pero mucho más tarde, en Madrid, y además, dije cara de papa, de papa, eh, no de patata, por favor…

Ella.- Tranquilo, Pablo, qué mas da…

Neruda.- No, sí da, sí da, amiga mía… así se escribe la historia.

Ella.- Lo hacemos todos, y da igual, Pablo.

Neruda.- Sí, tienes razón… pero no me gusta oírlo en boca de ese… cara de oveja…!

(Orihuela, Diciembre 1930)

[Sijé.- ¡Miguel!

Miguel.- ¿Ha salido ya!?

Sijé.- Aquí está.

Miguel.- ¿Y mi nombre sale abajo?

Sijé.- Claro.

Miguel.- ¡Somos grandes! ¡Llegaremos lejos!

Sijé.- Hay un premio en Elche al que quiero que mandes algo… si estás de acuerdo…]

Miguel.- ¿¡Un premio!? ¡Tú estás loco…! ¿Tú crees que mis poemas pueden ganar premios?

Sijé.- ¡Claro! En serio… tienes una inocencia que no abunda… y nadie como tú conoce la naturaleza, la de verdad. ¿Tienes algún poema sobre la vida?

Miguel.- ¡Todos! No, ya sé lo que dices. ¡Sí! Tengo uno que escribí hace ya tiempo, dos meses por lo menos, pero no sé… ¿te lo leo?

Sijé.- Dale.

Miguel.- Está por aquí, es sobre el nacimiento de un cabritillo…

Aprendiz de chivo[3], se titula…

¿Te lo leo…?

Nace; exhala,

debilísimo, un vagido;

cae en el suelo en sangre hundido;

tiembla; bala…

Y luego sigue… ¿Es algo así lo que buscas?

Sijé.- Si, puede ser… parece de la Arcadia mismo…

Miguel.- ¡Pero lo que más me gusta es el final!

De manera chusca,

con el tierno hocico,

a la madre la ubre busca;

da con ella; bebe néctar casto y rico…

Ya se siente poderoso;

ya no gime ni solloza;

ya se alza jubiloso,

victorioso; ya rebulle; ya retoza.

Y en el gozo que le enciende,

prosiguiendo sus bravatas,

ya pretende,

a la cabra que lo ha dado, penetrar puesto en dos patas.

Neruda.- ¡Bravo!

Ella.- ¡Pablo!

Neruda.- ¿Por qué? Es un poema de niño, pero con los ojos bien abiertos!

¡Un Garcilaso con cara de papa!

Ella.- ¡Y da con la papa!

Josefina.- Con permiso, a mí me hace gracia…

Neruda.- ¿Ves? La señora también lo dice…

Miguel.- ¿No te gusta?

Sijé.- No mucho. Tiene esa gracia fácil de lo iconoclasta. Pero cae muy bajo.

Miguel.- ¡Tú sí que caes bajo! ¡Es un divertimento! Y además las cabras por aquí están todo el rato dale que te pego…

Sijé.- ¡Pero la poesía es elevación, sublimación, lucha…!

Miguel.- ¡Qué tontería! ¿Y por qué eso no es elevado?

Sijé.- ¿Tú quieres estar toda tu vida criando cabras? ¿Barriendo corrales?

Miguel.- No, ¡lo odio!

Sijé.- ¿Ves!? Hacerlo no es malo, pero tú quieres algo más. Quieres elevarte, comprender, mejorar… con la poesía es lo mismo. Puedes cantar a lo más primario, si quieres, pero también desentrañar con ella misterios más complejos y más arduos. Si quieres ser poeta tienes que luchar mucho, y sobre todo, contigo mismo…

Miguel.- Todo eso está muy bien, pero en la poesía cabe todo.

Sijé.- ¡Sí!

Miguel.- ¿Estamos de acuerdo, entonces?

Sijé.- ¡No! Porque la poesía no puede ser un fin en sí mismo. Como la vida. Naces, creces, te reproduces y mueres. Y ya está. ¿¡Es eso!? ¿No hay nada más!? Nada por lo que luchar, nada que dejar detrás… nada que mejorar…? La poesía, como la vida, debe servir a una causa… pero…

Neruda.- ¡Qué sacristán mas grande perdió la Iglesia!

Ella.- No le juzgues, Pablo. No te lo permito.

Sijé.- ¡Pero creo que te estoy echando un sermón!

Miguel.- Un poco.

Sijé.- ¡Perdón! ¡Tienes razón: soy un borrego, y los curas me enseñaron: ¡bééé! Vente a mi casa, tengo un nuevo libro que quiero que veas…

Miguel.- ¡Sí! ¡Y luego vamos al río!

Sijé.- De acuerdo, aunque hace algo de frío para que yo me bañe, no me sienta bien…

Neruda.- Pobre Ramón. Tú eres hermosa, amiga mía, tienes razón y yo soy un bocazas.

Ella.- Gracias por lo de bocazas.

Neruda.- ¿Qué edad tendría Sijé cuando murió?

Josefina.- Veintidós años tenía.

Orihuela, una calle del pueblo. Junio 1933. Josefina cruza.

Miguel sale corriendo de un lado hasta ella.

Miguel.- ¡Hola!

Josefina.- Hola.

Miguel.- Toma… ¿tampoco hoy me vas a decir cómo te llamas?

Josefina.- No.

Miguel.- Yo me llamo Miguel. ¡Adiós!

Josefina.- …adiós…

Le da un papel doblado y se va corriendo. Josefina lo desdobla y lee. Miguel la espía desde un lado, recitando para sí.

Josefina.- “Para ti…”[4]

Seronda… oficio… niña… ¿esdetupe lo? ¿…pero qué dice éste…?!

¡ser onda, oficio, niña, es de tu pelo…!

nacida ya para el mareo… ??

nacida ya para el ¿marero? oficio! ¡…qué raro…!

ser graciosa y morena tu ejercicio…

y tu virtud más ejemplar ser cielo…!

Miguel.- ¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo,

Josefina.- dando del viento claro un negro indicio,

Miguel.- enmienda de marfil y de artificio

Josefina.- ser de tu capilar borrasca anhelo…

No tienes más que hacer que ser hermosa…

Miguel.- ni tengo más festejo que mirarte,

alrededor girando de tu esfera.

Josefina.- Satélite de ti, no hago otra cosa,

si no es una labor de recordarte.

Miguel.- ¡Date presa de amor, mi carcelera!

Neruda.- Seis años más tarde le escribiría: [5]

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:

claridad absoluta, transparencia redonda.

Limpidez cuya entraña, como el fondo del río,

con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda…

 

Claro… que esto fue después de conocer mi poesía…

Sijé.- ¡Es usted un sinvergüenza, señor Neruda! Miguel en Orihuela tenía ya dentro de sí más personalidad poética que toda la que usted haya podido reunir en todos sus exóticos viajes.

Neruda.- Perdóneme, señor Sijé, estaba bromeando, ¿comprende? El sentido común y el del humor no están reñidos en mi país… qué barbaridad…! ¡Qué pasiones las de estos arábigo-españoles!

Ella.- Son como niños…

(Orihuela. Septiembre 1933)

Josefina intenta cruzar. Miguel llega corriendo hasta ella.

Miguel.- Si quieres un barco para cruzar ese río, yo te presto el mío…

Josefina.- No, gracias, prefiero tener los pies en la tierra.

Miguel.- ¿Y el nombre dónde lo tienes, para que yo te lo vea?

Josefina.- Me lo he dejado en casa, hoy voy sin nombre.

Miguel.- ¡Vaya por dios! Entonces te puedo prestar yo uno, para que no vayas desnuda.

Josefina.- ¿Por qué desnuda!?

Miguel.- Porque las palabras son los vestidos de las cosas y de las personas. Y como tú no tienes, a mí me gustaría hacerte uno muy bonito, si tu quieres…

Josefina.- Ya me hiciste uno…

Miguel.- ¡Sí…! ¿…te gustó?

Josefina.- Si… era un poco raro, al principio… no lo entendía muy bien… pero era bonito… Entonces, ¿es verdad que a ti te dicen el poeta, no?

Miguel.- ¿Quién te ha dicho eso?

Josefina.- Mis compañeras del taller-modista. Siempre que te asomas todas dicen: el poeta, el poeta…

Miguel.- Les voy a echar una fresca a tus compañeras que se van a quedar como pingüinas.

Josefina.- También dicen que has estado en Madrid.

Miguel.- Sí. Unos meses estuve allí viviendo…

Josefina.- ¿Y cómo es?

Miguel.- Grande y toda llena de zapatos.

Josefina.- ¡De zapatos!?

Miguel.- Si, los que yo dejé allí hechos pedazos de recorrerla a pie todos los días… Me fui a buscar trabajo, de periodista, o de escribir… pero nada. Hay mucha gente y mucho jaleo, y a la vez no pasa nada. Hay calles enormes, y palacios y tranvías… no me gusta, pero creo que tendré que volver a vivir allí algún día.

Josefina.- ¿Por qué?

Miguel.- Porque yo quiero escribir y aquí no hay espacio para las cosas de la cultura…

Josefina.- ¿Pero qué quieres escribir?

Miguel.- ¡Todo! Quiero escribir de todo… pero sobre todo de los nombres perdidos…

Josefina.- ¿El trabajo del campo no te gusta?

Miguel.- No. Lo odio… ¡pero bueno: ¿y a ti te gustaría ir a Madrid?!

Josefina.- ¿A mi? No… bueno, no se… a ver los vestidos…

Miguel.- ¡Tú a ver vestidos y yo a buscar nombres!

Josefina.- ¿Y tú que nombre me pondrías?

Miguel.- A ver… ¿Nefertiti?

Josefina.- ¡Qué horror!

Miguel.- ¿Nemorosa?

Josefina.- ¡Peor!

Miguel.- ¿Laurencia?

Josefina.- ¡Uf!

Miguel.- ¿Margarita la de las Camelias?!

Josefina.- ¡Qué cursi!

Miguel.- ¡Ya sé…! La Dulcinea de Orihuela!

Josefina.- ¡Anda ya!

Miguel.- ¿…y morenita guapa?

Josefina.- No…

Miguel.- Pues entonces no sé yo cuál podrá ser…

Josefina.- Misterio…

Miguel.- Doña misteriosa, te llamaré entonces.

Josefina.- Bueno… como quieras… pero ¿sabes? No te imaginaba así.

Miguel.- ¡Así cómo!?

Josefina.- No sé… creí que un poeta sería de otra manera… como más serio…

Miguel.- Yo soy el hombre más serio del mundo. ¿Ves?

Josefina.- Pero estás siempre de broma.

Miguel.- ¡Que no! Te digo en serio que no soy serio en broma.

Josefina.- ¿Cómo? Ya me he echo un lío…

Miguel.- Vamos a ver: ¿tú cómo quieres que sea?

Josefina.- Yo imaginaba que uno que escribe poesías estaría siempre en las nubes, pensando…

Miguel.- Y lo estoy. Pero de vez en cuando bajo a tierra a ver a alguna persona digna de ser vista, como ahora…

Josefina.- Anda ya…

Miguel.- y a invitarla al cine algún día, si ella quiere venir…

Josefina.- El cine es muy caro. ¿Qué película ponen?

Miguel.- Una de Charlot. ¿Sabes? Yo también quiero hacer cine algún día. Escribir y dirigir películas.

Josefina.- ¿Hacer cine? Eso debe ser muy difícil…

Miguel.- Sí. Pero no hay por qué conformarse sólo con lo fácil, ¿no…?

Josefina.- Supongo que no… Bueno, me están esperando, tengo que irme.

Miguel.- Espera, te acompaño un poco más.

Josefina.- No. Tengo que ir a casa…

Miguel.- ¡Bueno…!

Josefina.- No, es que vivo en el cuartel, y no quiero que nadie piense nada.

Miguel.- ¡En un cuartel no hay peligro…! ¿tu padre es guardia civil?

Josefina.- Sí, ¿qué pasa?

Miguel.- ¡Nada! Que me ha sorprendido… debe ser una profesión muy interesante…

Josefina.- No sé, yo creo que sí: a él le gusta… Adiós.

Miguel.- Adiós… ¿Nenahermosa…!?

Josefina.- ¡Adiós…!

Miguel.- Adiós.

Josefina.- …Me llamo Josefina.

Miguel.- Josefina… ¡Josefina…! ¡Josefina! ¡Josefina! ¡Josefina! ¡Josefina! Josefina mandarina. ¡Josefina me fascina! Josefina me ilumina y me empecina! Josefina. Josefina. Josefina…!

(Miguel transportado de su entusiasmo…)

Josefina.- ¡Me lo va a gastar de tanto decirlo…!

Miguel.- ¡Josefina. Josefina! ¡Qué divina, Josefina…!

Josefina.- ¡Está loco!

Miguel.- ¡Josefina. Josefina. Josefina…!

(Orihuela. Marzo 1934)

Sijé.- ¡Déjate de Josefinas! ¡Es bueno, muy bueno, muy bueno, es muy bueno! ¡Tu auto de fe es muy bueno! ¡Has ampliado el género! ¡Miguel, estoy emocionado, en serio…! ¡…a Madrid!

Miguel.- ¿A Madrid? ¿Otra vez, a pasar hambre…?

Sijé.- ¡A Madrid, a Madrid, Bergamín te lo publica, seguro! Y ahora es distinto: hazme caso: has publicado un libro, escribes, ¡eres poeta!. Nada de miedos: ¡a Madrid!

Miguel.- ¡Sí! ¡A Madrid!

Ambos.- ¡A Madrid! ¡A Madrid! ¡A Madrid!

Miguel.- ¡A Madrid, no! Aquí me ahogo… pero, ¿y Josefina?

Sijé.- ¡Déjate de Josefinas!

Miguel.- ¡No puedo!

Sijé.- ¡Anda ya! ¿…la quieres mucho?

Miguel.- No sé… estamos todo el día peleando. ¡Pero me moriré si no puedo intentar besarla cada noche!

Sijé.- ¿Todavía no la has besado? ¡Lleváis tres meses de formales…!

Miguel.- ¡Hombre…! Pero le he escrito un soneto en nombre de un beso perdido…

Sijé.- Muy hábil esa niña… ¿Así que te hace sufrir?

Miguel.- Bastante…

Sijé.- ¡Estupendo! Así en Madrid descansarás de tanto sufrimiento. Y le escribirás preciosas cartas. ¡Hala! ¡A Madrid! ¡Y acábame ese tercer acto! ¡A Madrid! ¡Vamos, vamos…!

Miguel.- ¡Eres un santurrón con prisas!

Sijé.- Y tu un cabrero cabezón. ¡Vamos!

Miguel.- ¡Josefina, te quiero, te quiero, te quiero…!

Josefina.- También me vas a gastar esas palabras…

Miguel.- Me voy a Madrid, nena, mi morenica guapa.

Josefina.- ¡Pero si ya has estado una vez!

Miguel.- Lo sé, pero tengo que volver.

Josefina.- ¿Por qué? ¿Qué vas a hacer allí?

Sijé.- El tren se va.

Miguel.- Voy a escribir.

Josefina.- Pues no lo entiendo: ¿no puedes escribir aquí?

Miguel.- Tengo que ver a gente para publicar un libro y ganar dinero…

Josefina.- Hasta la narices me tienes con tus libros. ¿Es que no puedes trabajar como todo el mundo?

Sijé.- Se va el tren.

Miguel.- Nena, no te enfades. No quiero irme a Madrid, pero a la vez sí quiero.

Josefina.- Parece uno de tus poemas de esos que no se entiende nada…

Miguel.- Josefina graciosa, gruñona, guapa. Me voy. ¡Confía en mí! Te quiero, te quiero, te quiero… ¡adiós!

Josefina.- Adiós.

Sijé.- ¡Vamos!

Josefina.- …yo también…

Miguel.- ¡Adiós! ¡Te quiero, te quiero, te quiero…!

(Miguel, transportado, as always, de su entusiasmo, se da de bruces con Neruda) (Madrid, 1934)

Miguel.- ¡…te quiero!

Neruda.- ¿Habla usted inglés?

Miguel.- No.

Neruda.- ¡Pues qué desastre! ¿Es que ningún poeta en España habla inglés? Son ustedes peores que los yanquis. Disimule. Quieren endosarme a una venerable pero insoportable británica. Soy Pablo Neruda, y me alegra conocer por fin a Miguel Hernández. Por cierto, en inglés se dice I love you

Miguel.- ¡¿Aylozyu?!

Neruda.- I love…

Miguel.- Ayloz

Neruda.- Love.

Miguel.- Lof.

Neruda.- You. I love you.

Miguel.- ¡Aylof-iú!

Neruda.- Eso es.

Miguel.- ¡Gracias! ¡Y encantado…! Es que me estaba acordando de mi novia… Pero ¿cómo sabe quién soy?

Neruda.- Federico me indicó su presencia antes de la conferencia.

Miguel.- ¡No he podido acercarme a él todavía!

Neruda.- Ni podrá. Federico hoy está muy… chorpatélico, como él mismo dice.

Miguel.- ¿Chorpatélico?

Neruda.- Cosas suyas. ¿Pero por qué no te vienes luego con nosotros a casa? Nos reuniremos allí varios amigos: lo mejor -y por tanto, lo peor– de las letras madrileñas al día de hoy. Y él vendrá también.

Miguel.- ¡Claro, gracias, estupendo!

Neruda.- ¿Ya se ha ido ese embajador maléfico?

Miguel.- Creo que sí.

Neruda.- Mejor. Estos gentelmen son insoportables, da lo mismo que estén en Ceilán, Singapur o Madrid, todo es imperio. ¿Tú vienes de Orihuela, no? Federico me ha hablado de ti.

Miguel.- ¿Y qué le ha dicho…!? Perdón…

Neruda.- ¿Por qué? No aprendas diplomacias. Dedícate sólo a la poesía. La mayoría aquí son unos elegantes sinvergüenzas: es decir: hombres correctísimos. No, Federico me ha hablado muy bien de ti. Me ha dicho que eras un pastor -y un poeta- muy especial.

Miguel.- Todos querían que fuese cabrero, y ahora que soy poeta dicen que estoy como una cabra.

Neruda.- Bienvenido al rebaño. ¿Ya tienes trabajo aquí en Madrid?

Miguel.- Todavía no. Publico alguna cosilla aquí y allá… en Cruz y Raya y en el Gallo Crisis, de Orihuela…

Neruda.- ¡Ah…! ¡Revistas rojas todas, por lo que veo…!

Miguel.- ¿Eh…? ¡Ah, bueno…! No, si… son católicas, pero… bueno, eso no es malo… ¿no…?

Neruda.- No, no… sacrificado, sólo. Es que a mí me puede la nariz… y esas revistas despiden un tufillo sotánico-satánico muy… notable. Pero, por cierto… creo que aquella mujer te está mirando.

Miguel.- ¿Cuál?

Neruda.-           ¡No te vuelvas! Una que está detrás de ti. Yo la conozco. Es muy hermosa, …e inquietante. Seguro que la pobre no sabe que tienes novia… y por la iglesia! Pero no te preocupes: yo te saco de aquí. Ven conmigo…

Miguel.- ¡Espere, espere, espere…! Yo seré -o habré sido- católico, pero Neruda es el mismo diablo…

Neruda.- ¿No querrás que te la presente?!

Miguel.- Hombre… las feministas dicen que aquello de

hombre y mujer amigos

acaban en novios o enemigos

está ya anticuado… ¿no?

Neruda.- ¡Ah! Si es así, entonces os presento, pero que luego no digan que fui yo que anduve corrompiéndote… Miguel Hernández: poeta.

Ella.- Encantada.

Neruda.- Y he aquí a una de las mujeres más especiales de este país vuestro.

Miguel.- Y… ¿tan especial que no tiene nombre?

Neruda.- Ya lo adivinarás, tal vez…

Ella.- Nunca consigo decidir si Pablo es más diplomático que poeta, o más poeta que diplomático, pero siempre es encantador. ¿Crees que me conocerás mejor si ahora te digo mi nombre?

Miguel.- No, pero podré dirigirme a ti más fácilmente.

Ella.- Cierto. Pero no hay por qué conformarse sólo con lo más fácil, ¿no?

Miguel.- …supongo que no…

Ella.- Te propongo un juego.

Neruda.- Yo os dejo con vuestros juegos y me voy a sacar a Federico de su circo de admiradores. Y admiradoras. ¿Lo acompañas tú a Las Flores? Nos vemos allí.

Miguel.- ¿No íbamos a su casa?

Ella.- Su casa la llamamos la Casa de las Flores. Ya lo comprenderás.

Miguel.- Bien. ¿Qué juego me propones?

Ella.- No es gran cosa. Tú eres poeta. Yo también escribo, de otra manera. Juguemos a no nombrarnos nunca por el nombre que nos han dado.

Miguel.- ¿Qué sentido tendría este juego?

Ella.- Dos sentidos. Nos obligaría a inventarnos formas nuevas para llamarnos uno al otro. Así que practicaríamos nuestro arte. Y dos: el de todos los juegos: jugar…

Miguel.- De acuerdo, acepto. Juguemos, compañera de juegos.

Ella.- Bien. Entonces, poeta, acabas de llegar…?

Miguel.- Sí. De Orihuela. ¿Sabes? Tu figura me es muy familiar. Pero a la vez sé que no te he visto antes. Es una sensación que nunca había tenido.

Ella.- Yo creo que no nos hemos visto nunca. ¿Has estado en Segovia alguna vez?

Miguel.- No.

Ella.- ¿Y qué es lo que te resulta familiar en mi persona?

Miguel.- Todo, eso es lo extraño. Tus ojos, tus labios, tus pómulos, el cabello, la frente, el cuello… y aún más: la forma en que estás, cómo te mueves… es toda tu presencia… Perdóname, no creas que estoy intentando…

Ella.- ¿Enredarme?

Miguel.- Sí. No es eso… es que me siento muy tranquilo contigo, como si te conociera muy bien…

Ella.- Ya. ¿Estás seguro que no quieres enredarme…?

Miguel.- ¡Vaya pregunta! ¿A ti te gusta leer versos?

Ella.- Si.

Miguel.- Pues sí quiero enredarte, ¿sabes? Pero no en lo que tú, o por lo que tú piensas. A mí me gustan mucho las mujeres, pero no conozco a ninguna con la que pueda hablar de hombre a hombre.

Ella.- Normal.

Miguel.- No. ¿Sabes lo que quiero decir…?

Ella.- Creo que sí.

Miguel.- Pues explícamelo.

Ella.- Puede ser que echas de menos, en la mujeres que has tratado, el poder hablar con ellas de forma inteligente, sobre tus versos, sobre la vida, la sexualidad, el amor, la política… Tal vez echas de menos una igualdad en el deseo, en su libertad y en su expresión, y sentir a una compañera además de a una amante. ¿No?

Miguel.- Empiezo a sentir no saber cómo te llamas. Así que te llamaré… ¿mi buena amiga?

Ella.- Bonito nombre.

Sijé.- ¡Señor Neruda…!

Neruda.- Dígame, señor Sijé.

Sijé.- ¿Se da usted cuenta que fue su influencia la que corrompió a Miguel?

Neruda.- Ya estamos. ¿No te lo había dicho yo? ¿Pero no decía usted que Miguel, en Orihuela, tenía ya dentro de sí toda su personalidad poética? También tendría otras cosas… Simplemente las desarrolló…

Sijé.- No. Tras su primera venida a la ciudad, y antes de conocerle, Miguel escribía sobre Madrid:

Nada es por voluntad de ser, por gana,[6]

por vocación de ser. ¿Qué hacéis las cosas

de Dios aquí: la nube, la manzana,

el borrico, las piedras y las rosas?

Neruda.- De esos versos no sé nada. Pero también escribió, más tarde, éstos:

                        …Sonreídme, que voy [7]

                        a donde estáis vosotros los de siempre (…)

                        En vuestros puños quiero ver rayos contrayéndose,

                        quiero ver a la cólera tirándoos de las cejas,

                        la cólera me nubla todas las cosas dentro del corazón

                        sintiendo el martillazo del hambre en el ombligo,

viendo a mi hermana helarse mientras lava la ropa…

 

…algo le habréis hecho los católicos…

Sijé.-           No creo en los hombres que prefieren la cólera a la serenidad.

Neruda.-           Yo creo que usted no cree en los hombres. Punto. Ni los acepta como son. Por eso necesita creer en algo superior.

Sijé.-           Yo creo que hablar de teología es algo que supera sus menguadas fuerzas. Así que déjelo…

Neruda.-           Lo que usted diga, joven maestro.

Ella.-           (Entrando) ¿Pero se puede saber qúe pasa aquí?

Neruda.-           El cara de oveja piensa que corrompí a nuestro querido cara de papa…

Ella.-           La gente habla, Pablo, que digan lo que quieran…

Sijé.-           ¿Con quién habla ahora?

Neruda.-           Con alguien invisible… Con la Poesía misma, otra gran corrupta…

Sijé.-           Señor Neruda, deje de hacer el payaso, por favor…

Neruda.-           Este joven exige siempre que dejemos de hacer cosas… es muy curioso…

Capítulo III

-Madrid- (Marzo, 1935)

Miguel.-           ¡José! Bienvenido a Madrid, ¡qué alegría verte! ¿Cómo estas? ¿Qué tal el viaje!?

Sijé.-           Hola.

Miguel.-           ¿Quién era ese?

Sijé.-           Nadie. Uno que venía en el mismo tren, un fantasma de esos de ahora, republicano de salón… y además, con una cara de cabra…

Miguel.-           ¿Tenía cara de cabra?

Neruda.-           ¡Eh..! ¿Yo…?

Josefina.-           Jé, jé, jé… yo creo que un poco sí, la verdad… no se lo tome a mal, como estaban siempre con lo de la cara de esto y de lo otro… pero es un poco de cabra, sí…

Neruda.-           Gracias, señora… pues estamos apañados…

Sijé.-           Una cara de cabra impresionante.

Miguel.-           Pues vaya una pareja que habréis hecho…

Sijé.-           Ya ves…

Miguel.-           ¿No me das un abrazo?

Sijé.-           Creí que esa expresión de cariño ya no iba contigo ahora que te has dado a la cólera y la lucha…

Miguel.- ¡Siempre con tus prisas!

Sijé.- ¿Para qué perder el tiempo con rodeos? He venido a ver al Miguel que yo conozco, con el que puedo hablar de todo. Si estoy con un desconocido que exige protocolo, dímelo.

Miguel.- Ya veo que estás muy enfadado.

Sijé.- ¡Claro que estoy muy enfadado…!

¡Dame un abrazo! (…)

Y ahora escucha: ¿has perdido la cabeza?

Miguel.- ¿Por qué?

Sijé.- ¡Por todo! ¿Desde cuándo incitas al los trabajadores a asesinar a sus patrones? ¿Desde cuándo te avergüenzas de escribir en El Gallo Crisis sin decírmelo? ¿Desde cuándo es mejor ese Neruda que Góngora o Quevedo? ¿Desde cuándo no me escribes como dios manda?

Miguel.- Bueno, bueno… es cierto que he cambiado.

Sijé.- No. Te han cambiado. Tú no eres así.

Miguel.- Bueno, ni yo mismo sé cómo soy, así que no lo vas a saber tú.

Sijé.- ¡Claro que lo sé! Yo te veo desde fuera, y te estás equivocando.

Miguel.- ¿Has leído de la represión de los mineros de Asturias?

Sijé.- La solución no es incitar a la violencia.

Miguel.- No incito a nada, es sólo teatro.

Sijé.- Pero malo, muy malo. El auto era bueno, estaba elaborado. Te costó escribirlo… Pero esto es malo, muy malo, malísimo: obvio, fácil, tendencioso, vulgar. Desprovisto de luz y de inteligencia.

Miguel.- No sé, puede ser. Estoy empezando.

Sijé.- ¿A qué?

Miguel.- Hay tantas cosas más en el mundo que nuestra pequeña Orihuela y sus curas…

Sijé.- Y Neruda te las está enseñando.

Miguel.- ¡Y dale! ¡Siempre quieren todos guiarme, explicarme, interpretarme las cosas…! Puedo aprenderlas por mi cuenta, porque hasta hoy no he hecho otra cosa. Yo no he tenido colegio, ni universidad como tú.

Sijé.- No me vengas con lloros. A lo mejor tú tienes algo que yo no tengo y que te envidio. Pero yo no me quejo.

Miguel.- ¿El qué?

Sijé.- Olvídalo. Miguel, te estás dejando llevar por el camino más fácil, está desapareciendo tu persona, tu voluntad, tu lucha…

Miguel.- ¡No entiendo por qué todo ha de ser sacrificio y sufrimiento! A ti te gusta flagelarte. A mí no.

Sijé.- No puedes tirar por la borda todos estos años de pensamiento y de trabajo. ¡No puede estar todo equivocado!

Miguel.- El pensamiento, la doctrina, eran tuyos. Los versos eran míos. Y la lucha no es sólo con uno mismo. La justicia no la concede dios desde lo alto, hay que buscarla. Eso sí es una lucha de hombres, y no de… iluminados.

Sijé.- ¡Yo no soy un iluminado! Pero pienso y defiendo mis razones.

Miguel.- Y yo las mías, y por fin estoy encontrando una gente, un ambiente donde tiene sentido lo que hago, y nuevos puntos de vista para explicar tantas cosas que la doctrina católica, y en este país, no quiere que se expliquen.

Sijé.- ¿Como qué?

Miguel.- Como que el ascetismo es un concepto individual, pero socialmente hay que luchar por las cosas. Es muy fácil ser asceta teniendo dinero para libros y universidades, y sin tener que salir a picar piedra de madrugada…!

Sijé.- ¿¡Lo dices por mí!?

Miguel.- No por ti, pero sí por tu clase, tu clase media rural que está en Babia.

Sijé.- ¡Maldita sea! ¿No se te habrá ocurrido afiliarte al partido comunista!?

Miguel.- ¡Qué dices! Pero si algún día decidiera hacerlo, sería porque lo crea justo. Y pasaré por encima de lo que sea. Pasaré por encima de ti si es necesario.

(…)

Sijé.- Eres el cabrero más burro que conozco.

Miguel.- Y tú el empollón más tonto que he visto nunca.

Sijé.- Ahora vas a ser tú el iluminado.

Miguel.- Desde luego no paro de darle vueltas a la cabeza. O casi. Madrid no te deja parar, todo son prisas y cosas. El trabajo en Espasa escribiendo de toreros está bien, aunque me aburre. Pero esta vez he conocido a mucha gente estupenda…. sobre todo Neruda y su nueva mujer, Delia, que aunque tú no lo creas, son maravillosos… pero siento que tengo que encontrar una voz que sea sólo mía, mezcla de Orihuela y de Madrid, del mundo…

Sijé.- Ya. Dime una cosa, ¿tienes alguna amiga aquí, en este mundo tan fascinante…?

Miguel.- No. O sí. No lo sé.

Sijé.- Pues vas para atrás como los cangrejos.

Miguel.- ¡No! He conocido a una mujer maravillosa. No sabía que existieran mujeres así. A veces hasta dudo si es real, o es una imaginación mía… ¡A Josefina no puedo hablarle de mis versos! O sí puedo, pero siento que no me entiende del todo.

Sijé.- A Josefina no necesitas hablarle de tus versos.

Miguel.- Yo sí lo necesito. La gente está cambiando, en Orihuela no se enteran, pero aquí sí. Y ella sí me entiende. Me entiende tanto que a veces me da miedo.

Sijé.- ¿Puedo preguntarte cómo se llama?

Miguel.- No. No puedes. Porque no lo sé.

Sijé.- Ya. ¿Y quieres que me lo crea?

Miguel.- En serio… es un juego entre nosotros. No sabemos nuestros nombres…

Sijé.- Eso es ridículo. Tú verás lo que haces. Pero te estás alejando de todos los que te quieren ¿Qué piensas hacer con Josefina?

Miguel.- Iré a verla en Agosto, cuando esté en Orihuela. Le he escrito entre líneas…

Josefina.-[8] No es que me haya engañado contigo, Josefina; la que tal vez se ha engañado eres tú; esto te lo digo no como un reproche a ti, sino a mí mismo; me parece que no soy el hombre que tú necesitas.(…) Yo quisiera, Josefina, que no sufrieras tanto por mí, que te olvidaras un poquito de mí: no creo que te sea difícil. Te permito hasta que se te arrime alguien; de lo contrario veo que vas a sufrir mucho, porque vas a estar sola mientras yo no vaya, que Dios sabe cuándo será…

Neruda.- Unas entre líneas muy claritas…

Ella.- Calla…

Miguel.- ¡Josefina!

(Al acercarse le da la mano)

Josefina.- ¿Ya no me quieres?

Miguel.- Mujer… sí que te quiero. Pero no pienso casarme.

Josefina.- Pues entonces te pido que me devuelvas mis cartas y las fotografías. Envíamelas a casa. Adiós.

Miguel.- ¡Espera, mujer, Josefina…!

Josefina.- No intentes verme más… Adiós.

Miguel.- ¡Espera!

Josefina.- ¿Qué hay que esperar? Ya está todo dicho. Y lo que no se ha dicho, mejor será que no se diga, ¿no te parece?

Miguel.- ¿Así, sin más?

Josefina.- Yo no sé quién te piensas que soy yo, ni lo que soy capaz de hacer. Pero creo que estás muy equivocado. No sé a quién tendrás por ahí, ni quiero saberlo. Si prefieres a alguien que sepa de versos y esas cosas, allá tú. De mí ya sabes lo hay. Yo te he querido y te quiero, pero no voy a andar a tus expensas como una tonta. Adiós.

Neruda.- Pues… carácter sí que tenía.

Ella.- Era la pieza que encajaba en el hueco de Miguel.

Un hueco que no era suyo, y a la vez lo definía.

Neruda.- ¡Pero qué bonito…!

Ella.- Serás idiota…

Neruda.- Perdón… bueno: y luego Miguel se fue a ver el mar…

Miguel.- [9]           Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,

                        que son dos hormigueros solitarios,

                        y son mis manos sin las tuyas varios

                        intratables espinos a manojos.

 

                        No me encuentro los labios sin tus rojos,

                        que me llenan de dulces campanarios,

                        sin ti mis pensamientos son calvarios

                        criando cardos y agostando hinojos.

 

                        No sé qué es de mi oreja sin tu acento,

                        ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,

                        y mi voz sin tu trato se afemina.

 

                        Los olores persigo de tu viento

                        y la olvidada imagen de tu huella,

que en ti principia, amor, y en mí termina.

Bueno, no es gran cosa. Tampoco está mal.

Ella.- ¿Para quién lo has escrito?

Miguel.- Para una mujer que no existe, creo. Sólo se todo de ella, pero no puedo nombrarla.

Ella.- ¿Lo sabes todo de ella, en serio?

Miguel.- Lo más importante al menos.

Ella.- ¿Y qué es?

Miguel.- Que no me necesita. Ni a mí ni a nadie. Es autosuficiente. Y una gran mentirosa. Pero la quiero…

Ella.- ¿Y qué nombre le pondrías hoy a esa arpía?

Miguel.- Poesía.

Ella.- Tonto. Mira el mar.

Miguel.- Me lo estoy bebiendo. Me hará falta.

Ella.- Vuelves a Madrid.

Miguel.- Si. Treinta toreros me esperan para que los saque en andas.

Ella.- ¿Te has cansado de escribir versos?

Miguel.- ¿Yo? No. Apenas he empezado. Pero es bueno saber con quien tienes que vértelas. Hace años mi mejor amigo me preguntó por qué escribía versos. Y todavía no he podido responderle…

Ella.- Yo creo que la poesía no está lejos de la filosofía. Ambas juegan con las palabras y las ideas, buscando un orden…

Miguel.- Para mi, escribir a veces es sublime como un mar, y a veces un trabajo cualquiera como limpiar boñiga de un corral. Pero lo que más me gusta es sentir que voy puliendo mis armas de trabajo. Como un leñador cuida su hacha, yo voy puliendo la madera de mi palabra, para que me responda, para sentirla suave bajo la palma. Y con ella construyo cosas, estructuras, torres y edificios. Pero de palabras.

Ella.- Y de ideas. Por cierto, eso del leñador creo que se lo he oído a Neruda también…

Miguel.- ¡Qué mala eres! Te odio.

Ella.- ¿Y cómo está Sijé? Últimamente no andabais muy bien, te oí decir.

Miguel.- Lo encuentro demasiado intolerante. Siempre me ha dado miedo esa prisa ardiente que lleva en la sangre. Parece que el tiempo se le escapa. Supongo que él piensa que yo también me he vuelto intransigente, y comunista incluso. A veces uno se muestra más obcecado justo con la gente que quiere, no se por qué… pero últimamente no lo aguanto.

Ella.- ¿Y Josefina?

Miguel.- ¿Y este interrogatorio?

Ella.- Intento beberte también. Como tú al mar. Con tus pescados y tus erizos dentro. Me hará falta.

Miguel.- Mentirosa. Tú tienes demasiadas distracciones allí donde estás como para pensar en mí.

Ella.- Tú me distraes de las distracciones y me devuelves siempre a lo principal.

Miguel.- No puedo contigo. De Josefina no sé nada. Se acabó nuestra relación. Ella sólo entiende lo de…

Ella.- …hombre y mujer amigos, o acaban novios o enemigos, ya lo sé, me lo dijiste. ¿Y tú?

Miguel.- Yo ya no sé nada. Todo está patas arriba. Me siento como un papel en blanco. Todo lo que tenía se ha borrado. Ya no sé nada, salvo cuatro cosas, y una de ellas es sólo este azul y esta luz del mar, y de las islas. Pero de todas formas, tú y yo no somos amigos. Sólo estamos jugando a un juego, ¿no? Así que no hay peligro…

Ella.- Siempre hay peligro, es lo mejor del juego.

Miguel.- ¿Y tú a dónde irás?

Ella.- Como siempre: volveré a mi circunstancia: a mis meditabundos paisajes, a mis palabras de colores… pero pasaré pronto por Madrid. Te avisaré.

Miguel.- Eso no me vale. Tú sabes dónde estoy. ¿Dónde te puedo llamar yo, compañera?

Ella.- No me puedes llamar, poeta mío, ¿no te acuerdas?

Miguel.- Entonces vente conmigo para que no tenga que llamarte.

Ella.- No puedo.

Miguel.- Este juego empieza a tornarse un solitario…

Ella.- ¿Por qué dices eso?

Miguel.- No sé si puedo estar a tus expensas como un tonto.

Ella.- Creo que ese verso no me gusta.

Miguel.- A mí tampoco, pero a lo mejor no es cuestión de las palabras.

Pablo.- [10] (…) Vuela un presentimiento de heridas sobre todos,

llega una tempestad atronadora

de ceños como yugos peligrosos,

se aproximan miradas catastróficas,

pies desbocados, manos encrespadas,

hachas amanecidas goteando relente.

Vienen talando, golpeando, ansiando…

Josefina.- Perdone, perdone… señor embajador…

Pablo.- ¿Sí? Dígame, Josefina.

Josefina.- ¿Eso que está recitando lo escribió también mi marido?

Pablo.- Sí, señora.

Josefina.- Pues no me gusta. ¿No…? No me parece que tengan buen sonido esos versos… ¿a usted qué le parece?

Sijé.- ¡Ja! A ver, Neruda, responda…

Pablo.- Hombre… mujer… la situación era muy difícil entonces, así que los versos también salían difíciles…

Sijé.- Patético. No le hagas caso, Josefina, esos versos sonaban mal, y olían peor.

Josefina.- Yo no sé… claro, a lo mejor el Embajador tiene razón… pero es que a mí… algunos de los que me escribió para mi, sabe, de los últimos, eran también en situaciones difíciles, muy difíciles… pero esos sí que eran hermosos, y todo el mundo lo dice…

Pablo.- Ya. Su hombre era mucho hombre, Josefina. Era un gran poeta y siempre estaba aprendiendo y probando cosas nuevas. Y eso es lo principal. Aunque algunos quisieran ponerle reglas a la curiosidad.

Sijé.- Pecado original, como cualquiera sabe…

Josefina.- Sí, sí… Pero dígame, señor Neruda…

Sijé.- Josefina, pregúntame a mí las cosas de Miguel, ¡no a este arribista!

Josefina.- Pero Pepito, es que tú falleciste mucho antes. El embajador vivió hasta mil novecientos sesenta… setenta… ¿cuándo falleció usted?

Neruda.- El veintitrés de septiembre de mil novecientos setenta y tres. Me acuerdo como si fuera ayer.

Josefina.- ¿Ves? El sabe mucho más de lo que pasó luego, y por el extranjero, que tú, que te fuiste… en el treinta y cinco. Y como aquí en España no se podía saber nada, porque no estaba bien visto, pues por eso le pregunto…

Sijé.- Santa paciencia…

Josefina.- Dígame: ¿es cierto que Miguel, luego… por ahí fuera… fue de verdad tan importante como dicen?

Pablo.- … … ¡Sí! Para mucha gente lo sigue siendo. Hay Universidades, calles, plazas con su nombre…

Josefina.- Ya, ya… claro. Si ya lo sabía, pero nunca tuve mucho tiempo para viajar…

Pablo.- Claro…

Josefina.- Pero perdón, le he interrumpido, siga, siga…

Sijé.- Adelante, siga con su obra corruptora, Neruda.

Pablo.- ¿Sabe lo que le digo, Sijé?. A Miguel le corrompió su propia poesía. Porque la poesía verdadera… -usted no lo sabe porque como poeta es un cero a la izquierda-. La poesía, aunque es una gran comediante, no le deja a uno en paz con sus propias mentiras. Y así no hay manera. Así acabamos todos más corruptos, es decir, menos correctos, que Judas -que aparte de todo es de las pocas figuras verdaderas y humanas en toda esa leyenda. Y eso es lo que a usted le duele.

Sijé.- No me impresiona. La verdad es un ejercicio de fe.

Neruda.- Será posible… Bueno: pues luego Miguel volvió a Madrid…

Miguel.- ¡Pablo, Pablo! León Felipe nos ha invitado a un acto organizado por las FAI…

Pablo.- ¡Qué horror! Menos mal que oficialmente yo no puedo ir.

Miguel.- ¿Por qué? Creí que admirabas a los anarquistas.

Pablo.- En poesía sí.

Miguel.- Pero son las fuerzas más libres y renovadoras de este país.

Pablo.- Sí. Lo van a pintar todo de rojo y de negro y va a quedar precioso.

Miguel.- No te entiendo.

Pablo.- Los anarquistas son encantadores, generalmente. Como individuos. Muy pintorescos. Pero, por su misma esencia, no saben, ni quieren organizarse. ¿Por qué perdió la izquierda las últimas elecciones? ¿Por qué está la derecha hoy en el gobierno? Por la abstención de la CNT, enfurruñada. Y ahora, o se consigue la unión de las fuerzas en ese Frente Popular, o no se yo que pasará en las próximas. Y les va a costar a los comunistas controlarlos…

Miguel.- Pero en Asturias la CNT ha conseguido una movilización como nunca antes.

Pablo.- Sí, porque se unieron a la UGT, y aún así lo único que han conseguido es dar armas al gobierno de Lerroux para paralizar la Reforma Agraria y retroceder. No, Miguel… hay que organizarse. En estos momentos en tu país la situación es mucho más delicada de lo que te imaginas. Hay que ir con mucho cuidado y escoger un camino. Yo mismo me encuentro en esa encrucijada…

Miguel.- ¿Te vas a afiliar al Partido Comunista?

Pablo.- Es posible. Son los únicos que parecen capaces de organizarse para luchar por algunas ideas progresistas.

Miguel.- Ya…

Pablo.- Pero no te preocupes… Y no me tomes como ejemplo o tu amigo Sijé dirá que te corrompo.

Miguel.- ¡Cojones! ¡Sijé tampoco es mi padre!

Pablo.- Lo siento.

Miguel.- Hace mucho que no le veo ni le hablo. Es más terco que una mula. Aunque a lo mejor yo lo soy más… Tengo una carta hace un mes sin responder, pero mi mejor amigo ahora me resulta un extraño… quiero hablar con él… él era el único que creía en mis posibilidades como poeta cuando estaba todavía con las cabras. Era más cabezón… Sin él no estaría yo aquí… pero… no consigo superar la brecha que se está abriendo entre nosotros…

Pablo.- Perdóname, Miguel, era una broma.

Miguel.- Lo siento, yo también. Te hice caso y no he aprendido diplomacia. Pero tampoco nada más, por lo visto.

Pablo.- ¿Qué te preocupa?

Miguel.- Todo, y nada. Esta vida aquí en Madrid, ¿para qué sirve? Creo que estoy como el ruiseñor que se te murió, Pablo, en una jaula y no me hallo. Cada día reconozco que aquí no habemos más que mentirosos, envidiosos e idiotas -y no lo digo por ti. Soy yo el primero. Estoy desalentado, inquieto, triste… ¡No sé…! Pablo, quiero que algo me suceda, algo grande,

o tal vez deba irme a mi tierra,

donde conozco al sol y a las ovejas…

Me construiría un huerto allí,

con corral y con higueras,

volvería a mis amigos,

a la distancia y la sierra…

sólo que solo en mi cuarto…

¿quién acompañaría a esta fiera…?

Pablo.- A ti no te pasa nada; Miguel.

Miguel.- ¿No?

Pablo.- Sólo te hace falta una buena compañera, y tiempo…

Miguel.- Tú eres un sabio. Y yo el más burro de los cabreros… Tal vez nunca he sabido ver nada, aunque lo tuviera delante…

Ella.- ¡Miguel…!

Miguel.- ¿Qué haces aquí?

Ella.- Me dijeron que estarías aquí. Traigo malas noticias. Ha salido en un periódico. Tu amigo Ramón Sijé ha muerto.

Capítulo IV

-Guerra-           (Madrid, Noviembre 1936)

Sijé.- [11]           No perdono a la muerte enamorada

no perdono a la vida desatenta,

                        no perdono a la tierra ni a la nada.

                        A las pálidas almas de la rosas

                        del almendro de nata te requiero,

                        que tenemos que hablar de muchas cosas,

                        compañero del alma, compañero.

Josefina.- Y entonces el viento de la guerra se lo llevó todo por delante, mezclando las cosas en una gran confusión. Miguel, todavía triste por la muerte de Pepito Marín, su amigo, escribió a mi padre cinco meses antes de la rebelión militar, en febrero del 36…

Miguel.- [12] (…) Yo le agradecería que usted viera si es posible hacer lo que sería mi mayor deseo que hiciera, y es esto: si cree que Josefina todavía puede tenerme algún afecto y no está comprometida con ningún otro hombre, vea la manera de hablarle sencillamente y decirle si está dispuesta a continuar su amistad de mujer conmigo…

Josefina.- Luego me escribió a mí. Y nos reconciliamos. Yo no había dejado de quererle, aunque sentía mucho que hubiera habido esa mancha en nuestro amor. Él decía que así estábamos más seguros de nuestro cariño. A partir de entonces empezaron sus cartas afirmativas y de mucho entusiasmo, con los encabezamientos que en vez del lugar en que estuviera, ponía “locura”, “amor” y “querer”…

Miguel.- [13] El palomar de las cartas

abre su imposible vuelo

desde las trémulas mesas

donde se apoya el recuerdo,

la gravedad de la ausencia,

el corazón, el silencio.

Oigo un latido de cartas

navegando hacia su centro

Donde voy, con las mujeres

y con los hombres me encuentro,

malheridos por la ausencia

desgastados por el tiempo.

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté,

escríbeme a la tierra,

que yo te escribiré…

Pablo.- El tiempo y la vida van haciendo su trabajo, no hay duda. Ahora tienes voz, y es sólo tuya, Miguel.

Miguel.- Y sin embargo no fui capaz de hablar con Ramón Sijé. Me guardé la última carta. ¿Tú crees que las palabras sirven para algo?

Pablo.- Hace tiempo yo creía que las palabras vivían por sí mismas, y que eran unas grandes embaucadoras. Palabras, palabras, palabras… Pero hoy creo que sólo son portadoras de contenidos que sí importan… y por los que hay que luchar.

Miguel.- Me voy.

Pablo.- ¿Vuelves a las trincheras?

Miguel.- No. Se ve que se dieron cuenta que cavar no era lo mío. Ahora estoy en Alcalá de Henares, en el batallón de El Campesino, como comisario de cultura. ¡Tengo que enardecer a las tropas! Y ya tengo mi carnet. Y una sorpresa…

Pablo.- Yo tengo otra: parto esta noche para Valencia, y de ahí a París.

Miguel.- ¿Te vas!?

Pablo.- Sí. Me reclaman en Francia. Tengo que ir.

Miguel.- Vaya… Te voy a echar mucho de menos.

Pablo.- No te va a quedar tiempo. ¿Encontraste compañera?

Miguel.- Sí. Esa era mi sorpresa. Volví con la novia mía que tenía en Orihuela. Estoy feliz, aunque ella tiene mucho caráiter, como dicen allí…

Pablo.- ¿Josefina, se llamaba?

Miguel..- Sí. Nos casamos dentro de muy poco, en cuanto puede ir a verla.

Pablo.- Me alegro mucho por vosotros. Miguel. Lo de hoy es sólo un hasta pronto. Estoy seguro que nos volveremos a ver. Lucharé con vosotros desde lejos. Yo dejo aquí parte de mi corazón, ¿sabés? Bueno… y también todas mis máscaras, y mis libros… no dejes que los italianos ni los moros de Franco toquen nada…

Miguel.- Seré tajante con mis estrofas.

Pablo.- Hasta pronto. Y recuerda: se dice I love you. Mucha suerte…

Miguel.- Hasta pronto. Cuídate mucho, Pablo…

(Orihuela. Septiembre 1937)

Canción.- [14]           Hablo y el corazón me sale en el aliento.

                        Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.

                        Con espliego y resinas perfumo tu aposento.

                        Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía. (…)

 

Josefina.-           (cantando)…de uno en uno nacemos, lo quiere dios,

para que nos amemos, de dos en dos…

 

¡Josefina!

Josefina.- ¡Miguel!

Miguel.- Vengo sólo de paso, por esta noche. Un camión me ha dejado a pocos kilómetros y he venido andando…

Josefina.- Miguel…

Miguel.- ¿Cómo estás, esposa Josefina, guapa, morena, bonita?

Josefina.- Miguel…

Miguel.- Ahora la que me va a gastar el nombre eres tú…

Josefina.- ¡Es verdad! ¿Te acuerdas lo loco que estabas?

Miguel.- ¿Yo? No. Yo nunca he estado más loco que ahora, por mi morenita guapa. ¿Y nuestro niño?

Josefina.- Ahí anda, hoy ha estado muy tranquilo, pero ya se mueve que da gusto.

Miguel.- A ver… sí… sí… y además canta… ¡está cantando!

Josefina.- ¡Qué dices!

Miguel.- En serio, está cantando, a ver… sí… le oigo a través de la barriga… dice… de uno en uno nacemos, lo quiere dios / para que nos amemos de…¡ seis en

seis…!, ¡pero este niño va a ser un ácrata!

Josefina.- Tonto. ¿Qué es un ácrata?

Miguel.- Uno que quema a los curas y los conventos.

Josefina.- ¡Miguel!

Miguel.- ¡Perdón! Te juro que no he quemado todavía a ningún cura… aunque le quemé el otro día a una monja la sagrada cofia…!

Josefina.- Qué pesado. ¿Has corrido peligro?

Miguel.- No. Ni lo correré. Ahora vuelvo a Madrid, pero a una zona muy tranquila, donde no pasa nada de nada. Estamos todo el día en una piscina, tocándonos el mondongo.

Josefina.- Ya… Pero dicen que ahora que Franco ha llegado al mar, entrar en Madrid le será más fácil…

Miguel.- Que lo intente ese canijo retaco.

Josefina.- En serio, Miguel, podemos perder la guerra. ¿Qué haremos entonces?

Miguel.- ¡Ganaremos! No puede ser de otra manera. El pueblo no permitirá que lo atropellen esos cerdos. No te preocupes, Josefina, todo irá bien. Ven, venid, tengo una cosa que deciros a los dos, pero en secreto…

Sijé.- Escuche, cara de cabra, escuche: “Canción de la ametralladora”, Miguel Hernández…!

(…) Acaricio su lomo, [15]

de humeante crueldad.

Su mirada de cráter,

su pasión de volcán…”

¿¡Ve!? ¡Es imposible!, Neruda…

No se puede decir: !ay cigüeña que picas

en el viento del mal

fieramente, anhelando

su exterminio total!

¡Por favor…! Es horrible, y es todo culpa suya!

Neruda.- No. Es culpa de la guerra. Había que hacer propaganda de las armas republicanas… En su bando también se escribían cosas así…

Sijé.- ¡¡Yo no tengo bando!! ¡El individuo no puede transigir con determinadas exigencias de los bandos…!

Neruda.-           ¿Y en épocas de excepción?

Sijé.-           ¡Ahí menos que nunca…!

Neruda.-           O es usted un santo, o un ingenuo…

(Madrid. Julio 1938)

Ella.- Toda tu casa está destrozada…

Pablo.- Sí. Se han llevado mi frac, mis máscaras, mis cuchillos orientales… pero todo lo demás está en su sitio…

Ella.- La guerra es tan caprichosa como los sueños…

Pablo.- Aquí está, fiel a su palabra y puntual…

Ella.- Hola.

Miguel.- Hola, compañera. ¡Pablo! ¡Que alegría verte! ¡Qué alegría veros a los dos! Si no fuera por este poquito de metralla, parecería que nada había cambiado.

Neruda.- ¡Miguel! ¿Cómo estás? Del color de la tierra de España te veo.

Miguel.- Viajado, requemado, casado, parido, embarazado e ilusionado, cansado y contento de veros…

Neruda.- Toda una vida en dos años.

Miguel.- La guerra es una mala puta. Te consume y luego se la lleva otro. ¿Y vosotros, cómo estáis?

Ella.- Yo a punto de partir. Dirección Chile. ¿Te vienes?

Miguel.- No. Ya sé que soy ingenuo, pero todavía confío en que podemos ganar.

Neruda.- Miguel, si quieres quedarte hasta el final, hazlo. Yo también lo haría. Pero no cometas el error de abrigar falsas esperanzas.

Miguel.- A veces pienso que ese es mi trabajo…

Neruda.- Bien. Pero escúchame: si las cosas fueran mal -e irán- no te quedes en España, los que han hecho lo que tú serán los más perseguidos. Habla con mi embajada, su nuevo ocupante tiene que atenderte.

Miguel.- ¡Parecéis pájaros de mal agüero!

Neruda.- Sí. Pero somos ruiseñores, ya lo sabes…

Miguel.- Bueno. Gracias, Pablo. No por mí, pero ahora tengo polluelos…

Neruda.- No lo olvides. Por favor. Voy a ver si encuentro mis papeles.

Miguel.- ¿Qué has hecho todo este tiempo?

Ella.- No tanto como tú. Acabé unas cosas, empecé otras, enseño, trabajo, pienso… Y en esta época tan dura eso parece un lujo innecesario.

Miguel.- Si piensas lo correcto, no…

…¡era una broma!

Ella.- ¡Sigues igual! Me habías asustado… he leído cosas tuyas en revistas… y en opinión de muchos, sobre todo tu amigo Altolaguirre, son demasiado panfletarios. Tanto que dejan de ser poemas.

Miguel.- Lo sé, me lo ha dicho él mismo, y es muy posible que sea cierto.

Ella.- Tú no eres como esos versos. Miguel… ¡no te traiciones!

Miguel.- Yo era sincero cuando los escribía. Y no me arrepiento.

Ella.- Lo sé, y eso es lo que me asusta de esta guerra. La razón pura ya no basta para descubrir los caminos. No basta con decir: era necesario… Cada vez pienso más en una razón poética, apasionada, que pertenece sólo a cada persona, sin tribus ni consignas… Y esa razón hay que descubrirla, y seguirla hasta el fin… sólo así el individuo le da sentido a la sociedad…

Miguel.- Sigues tan independiente… Yo ahora estoy escribiendo de otra forma. Y también estoy cansado de luchas, de consignas y palabras.

Ella.- ¿Y de vivir?

Miguel.- ¡No! Sólo de vivir no estoy cansado. Lo que ocurre es que no puedo dejar de escribir versos… Y no se por qué, pero si no escribiera, nada tendría sentido…

Ella.- Tú has nacido para buscar sentidos. No te rindas.

Miguel.- Espera que lo apunto… perdón. Ya te dije que estoy cansado de tener que poner en palabras lo que no entiendo…

Ella.- Bueno… ¿cómo es tu hijo?

Miguel.- Tiene seis meses, y es lo más grande que me ha ocurrido nunca… y a su madre he acabado por quererla como a él… nos casamos por lo civil hace año y medio…

Ella.- Me alegro mucho por ti, poeta.

Miguel.- Y tú… ¿estás muy sola?

Ella.- ¿…yo? Yo nunca estoy sola, ya lo sabes.

Miguel.- Si. Y a la vez siempre lo estás.

Ella.- Soy bruja.

Miguel.- Lagarto, lagarto…

Ella.- Cada uno tiene su razón, y ha de seguirla, ya lo sabes. Tú a tu poesía, yo a mi filosofía.

Miguel.- Te prometo intentar no volver a escribir ningún panfleto, amiga mía…

Neruda.- (Leyendo) [16]

“Español, al rescate

de todo lo perdido.

¡Venceré! has de gritar sobre cada momento

para no ser vencido…”

Ella.- ¡Muy oportuno, Pablo…!

Neruda.- ¿Si…? Bueno, parece que no es el momento. (Pero a mí me gusta… eh…) Vámonos.

Miguel.- ¿Y tus papeles y tus libros?

Neruda.- Nada. Sólo me llevo éste. Me voy como he venido. Una parte de mi vida se muere en esta casa. Andando.

Capítulo V

-Cárcel-

Josefina.- Pero Miguel no anduvo. En vez de ponerse a salvo cuando acabó la guerra, vino a buscarme, a mí y a su segundo hijo, Manuel Miguel, porque el primero había muerto de una afección intestinal, o infección, que nunca he sabido si son lo mismo… Algunos luego dijeron que aquel médico no era bueno, claro que entonces no estaba la sanidad como ahora, y había más miseria y más ignorancia… pero a mi me quedó la duda siempre… Bueno, digo que vino a Cox, el pueblo donde yo estaba cuando se perdió la guerra (y digo perdió por Miguel, porque yo, la verdad, a Franco, luego, pues no lo vi tan mal como decía él… aunque un poco retaco sí que era…) Y cuando vio lo que pasaba en el país, y el miedo que había, intentó escaparse por el peor paso, por Portugal, fíjate, donde al otro lado estaba Salazar, que era otro amigo dictador del nuestro, pero peor. Y lo cogieron por donde Rosal de la Frontera, y luego lo enviaron a una cárcel que se llamaba Torrijos, de Madrid, porque en las prisiones militares no cabían ya los presos, y allí estuvo cuatro meses, y luego salió, y con los años se pelearon mucho los que estudiaban a mi marido, como si fuera un insecto… porque nadie sabía bien por qué lo soltaron…

Sijé.- Lo soltaron porque medió el director de la editorial donde trabajó Miguel, mostrando el Auto de Fe que había escrito cuando estaba conmigo, en Orihuela…

Neruda.- No, señor Sijé… Todo parece indicar que fue por unas gestiones que hicimos en París la mujer de Alberti y yo, con un cardenal francés al que le pedimos que intercediera…

Sijé.- Eso querría usted, para apuntarse otro tanto. Pero realmente usted no hizo nada por ayudarle, ni a él ni a su familia, salvo escribir versos…

Neruda.- ¡Eso no es cierto! Lo soltaron porque Mª Teresa León y yo hablamos con Monseñor Baudrillart…

Sijé.- ¡Tonterías! Fue por reconocimiento a su trayectoria católica…

Neruda.- ¡¿Qué trayectoria católica, señor Sijé?! ¡Qué estupidez! Miguel se hizo comunista durante la guerra…

Sijé.- ¡No es verdad! ¡Nunca se encontró su carnet del Partido! ¿No es cierto, Josefina?

Neruda.- ¡Y si lo soltaron fue porque nosotros nos mantenemos unidos!

Sijé.- ¡Fue porque también en ese gobierno había hombres de buena voluntad!

Josefina.- No. No… no fue por nada de eso. Fue porque del puesto de policía de Rosal mandaron su expediente al Estado Mayor, pero no a la prisión de Torrijos… claro: es que entonces no había fotocopias, y mientras los señores militares preparaban el consejo de guerra, los de la cárcel, que era civil, lo soltaron, y cuando los soldados fueron a por él para que fuera al juicio, pues en la prisión les dijeron, “uy, pero si ya no está. Lo hemos soltado, porque todos decían que era buena persona”, y se quedaron tan panchos, y menos mal, porque en esa salida pudo tocarle los dientes que le habían salido a su hijo, y pasarme parte del manuscrito de su último libro, el Cancionero, con muchos poemas para él, y para mí, y que todos dicen que era el mejor… Fue sólo por eso, papeleo…

Ella.- Pero en vez de huir de España entonces, como todos le aconsejaron, Miguel volvió a por su mujer y su hijo… Y lo detuvieron en Orihuela, gentes que sí le conocían…

Josefina.- Le habían condenado a muerte. Pero unos amigos suyos consiguieron la reducción a treinta años… e incluso dicen que le ofrecieron el indulto si se adhería al nuevo régimen…

Ella.- Miguel enfermó en la prisión de Palencia, pero la tuberculosis aguda le estalló en la de Alicante, en Noviembre del cuarenta y uno.

Capítulo VI

-Final-

Reformatorio de Adultos de Alicante. Pesadilla.

4 Marzo 1942

Miguel.- ¡Pablo, Pablo! Mira. He escrito este poema para ti. Léelo. Es sobre Franco. Se titula: Desde mi altura…

Neruda.- ¡Pero Miguel, ¿te vas a ponera ahora a escribirle loas a Franco?

Miguel.- Es que así puedo estar con mi hijo.

Neruda.- No, Miguel, no… No puedes hacer eso, ¿no lo comprendes?

Miguel.- ¿Por qué no?

Neruda.- ¿A ti te gustaría ser un cobarde?

Miguel.- ¡No, Pablo, no lo has entendido! Precisamente el miedo a que me llamen cobarde es lo que me impide cuidar y defender a mi hijo. Hay que ser un valiente para saber escoger el valor que hace más falta…

Neruda.- No te reconozco, Miguel… ¿Vas a tirar todos tus años de lucha, y todos tus poemas por la borda…?

Miguel.- Flotarán los que valgan, y los que no que se hundan. Yo fui sincero al escribirlos. Ahora soy sincero al vivir. Necesito vivir, Pablo. Más que nadie. Necesito alzar a mi hijo y explicarle muchas cosas. Y si tengo que escribir loas al más canijo de los hombres, las escribo. Ya encontraré el medio de seguir diciendo lo que pienso.

Neruda.- Tú verás lo que haces. Piensa y decide. Pero tú no eres tú. Tú eres un símbolo. Si te rindes, contigo se rinde toda una manera de ver el mundo… y no puedes hacer eso. (Sale)

Sijé.- ¡Claro que puede, cara de cabra! Eso se llama resignación. ¡Muy bien, Miguel! Estaba seguro que volverías… ¿se lo has dicho ya al vicario?

Miguel.- ¡Ramón! Santurrón, que alegría verte. Mira, para ti he escrito este otro poema. Es sobre la guerra. Se llama: Hasta dios tenía un bando, me cago en dios… Hay que escoger, Ramón. No puedo aceptar lo que me propone el Vicario.

Sijé.- ¡…Pero si acabas de decirle a Neruda que aceptabas!

Miguel.- ¿Si…? ¡No! ¡No! ¡Tú estás soñando! ¡Neruda está en París, salvando exiliados! Y yo me muero por salir de aquí, pero no podría fingir con esta gente. Prefiero morirme antes que aceptar una sóla de sus ideas.

Sijé.- ¡No, no, no! Eso es absurdo, Miguel. Nadie tiene toda la razón. Tú también has ido demasiado lejos. Pero debes resignarte a la derrota y empezar a construir en la nueva circunstancia, junto la gente que te necesita.

Miguel.- ¿Lo dices por mi mujer y mi hijo?

Sijé.- Por ejemplo.

Miguel.- ¿¡Pero a qué precio quieres que haga eso!? ¿Qué crees que le podría explicar a mi hijo cuando crezca? A lo mejor no puedo dejarle nada, pero esa nada es más hermosa que cualquier todo.

Sijé.- Eso son palabras, Miguel.

Miguel.- ¿Y qué? Las que me han traído hasta aquí. Las que me han enseñado a pensar. Las que tú querías que dominase. Le dejaré palabras. Pero de las que significan cosas.

Sijé.- Tú sabes que no valen nada comparadas con una presencia…

Miguel.- ¿¡Pero y qué quieres que haga!?

Sijé.- Que pienses y decidas. (Sale)

Miguel.- ¡Que piense y decida! Amiga, amiga, amiga… ven: ¿cómo te llamas?

Ella.- No puedo decírtelo, Miguel: nuestro juego perdería su sentido.

Miguel.- Estoy harto de juegos de palabras.

Ella.- ¿Pero no era eso lo que querías dejarle a tu hijo?

Miguel.- No… yo quiero dejarle tantas cosas… montes, risas, frutas y un camino… pero ya no sé ponerles nombre…

Ella.- Si no te rindes, Miguel, encontraremos algún nombre… pero tienes que decidirte y ser consecuente… (sale)

Miguel.- No te vayas… no quiero decidirme… no te vayas…

Josefina.- Estoy aquí. Estoy aquí…

Miguel.- ¡Josefina!

Josefina.- ¿a qué no quieres decidirte?

Miguel.- Nada… los sueños acuden a la fiebre… Josefina guapa…

Josefina.- Sigues ardiendo…

Miguel.- Me da fiebre comer. Dile a tu tía que prefiero las magdalenas poco dulces.

Josefina.- Se lo diré, y mañana te las traigo… El padre Vendrell me ha dicho que has aceptado que celebremos la ceremónia mañana…

Miguel.- Eso le he dicho…

Josefina.- ¿Es por voluntad tuya?

Miguel.- No. Pero creo que no me queda otro remedio…

Josefina.- No hables así.

Miguel.- Lo que para mí es una gran pena, para tí es una alegría… pero no importa, morenita guapa… es una excusa para verte, aunque sea en nuestra boda…

Josefina.- Miguel…

Miguel.- Ya ves: a estas alturas somos todavía una pareja de tórtolos…

Josefina.- Miguel… si tú no quieres, yo tampoco…

Miguel.- …lo que yo más quiero es a esta niña hermosa…

Josefina.- Tengo que irme. Pero recuerda lo que te he dicho…

Miguel.- Adios, Josefina… ¿sabes lo que voya a hacer esta tarde?

Josefina.- ¿El qué?

Miguel.- Acordarme de lo que me has dicho y soñar contigo… Dale muchos besos a Manolillo. Muchos…

Josefina.- Se los daré… Hasta mañana…

Sijé.- Pst, Miguel…

Miguel.- ¿Otra vez estás de vuelta? Te veo insistente… o tal vez es que no me queda mucho tiempo. Pero no me dejas en paz con tus prisas

Sijé.- Pues no. Y no he venido sólo.

Neruda.- Hola, Miguel.

Ella.- Hola, poeta.

Miguel.- Vaya, mis tres fantasmas preferidos… hoy quería soñar con Josefina… pero habeis venido para que me decida, supongo…

Sijé.- No, no… Hemos venido sólo a despedirnos…

Miguel.- ¿A despediros?

Neruda.- Sí.

Miguel.- ¿…Me muero?

Ella.- Sí.

Neruda.- Así que ya no tienes que decidir nada…

Ella.- Tu decisión la tomó el tiempo, que no para…

Sijé.- Bueno… y tambien tú, con tu actitud, la verdad, porque siempre has sido un poco cabezón…

Miguel.- Pero… yo no quiero morirme… ¿todavía puedo cambiar…?

Neruda.- No. Se te ha pasado el momento de cambiar, y hace ya mucho. Pero tomaste una buena decisión. La correcta.

Sijé.- Dejémoslo en la suya: la decisión de Miguel. Yo no se si ha sido la correcta.

Neruda.- Bien, cara de oveja. Dices bien, por una vez: fue tu decisión, simplemente. Pero yo la apruebo.

Ella.- No te olvidaremos, Miguel. ..

Miguel.- Pero esperad, yo no quiero morirme todavía…

Neruda.- Lo mismo dije yo en el setenta y tres, pero no hubo manera…

Ella.- Has dejado mucha vida en tus versos… algo es algo…

Miguel.- No es bastante… esperad.

Sijé.- No tenemos tiempo. Ya ves… siempre con mis prisas. Adios, Miguel, compañero…

Miguel.- Esperad, José…!

Ella.- Adios, poeta mío…

Miguel.- Espera… aún no me has dicho tu nombre…

Neruda.- Adios, amigo…

Miguel.- Pablo… esperad… esperad… ¡esperad! (salen)

Josefina.- Nos casamos por Iglesia el 4 de Marzo en la enfermería. ..

Miguel.- ¡Josefina…!

Josefina.- Había un gran silencio…

Miguel.- ¡Josefina, no me oyes…!?

Josefina.- Sólo estábamos nosotros, el padre de la prisión, y dos presos de testigos.

Miguel.- ¡Escúchame, Josefina! ¡Por dios! …mi hijo heredará de su padre, no dinero; sino la honra de nuestro cariño y nuestra vida puestos a su servicio del modo más hermoso…

Josefina.- Después de acabar nos dejaron unos minutos solos, pero teníamos un nudo en la garganta y no dijimos nada y yo me fui llorando.

Miguel.- Cuídalo… que coma, que beba, y que espere, y que resista y sea valiente… Y tú, cuidate, mi morenita guapa.

Josefina.- Unos días mas tarde llegó la autorización para llevarlo al sanatorio, pero ya no se le podía mover, aunque él insistía todavía. Al día siguiente fui y al ponerle la bolsa en la taquilla me la rechazaron mirándome. Y yo me fui sin preguntar nada. No tenía valor de que me aseguraran su muerte.

Canción.- [17]           Pintada, no vacía:

                        pintada está mi casa

                        del color de las grandes

                        pasiones y desgracias.

                       

                        Regresará del llanto

                        adonde fue llevada

                        con su desierta mesa,

                        con su ruinosa cama.

                       

                        Florecerán los besos

                        sobre las almohadas.

                        El odio se amortigua

                        detrás de la ventana.

                       

                        Será la garra suave.

 

                        Dejadme la esperanza.

Notas
[1] El niño de la noche. “Ciclo de Cancionero y Romancero de Ausencias: Otros poemas (II), nº 132”.

Todos los poemas, estrofas o prosas originales del poeta que aparezcan en la obra irán referenciados respecto a la edición de sus Obras Completas, Espasa Calpe, 2ª Ed. 1993, a cargo de A. Sánchez Vidal y J.C. Rovira, y C. Alemany

[2] Carta. “El hombre acecha. nº 10”

[3] Aprendiz de chivo. “Poemas sueltos I. nº 13”.

[4] Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo. Poemas sueltos II. Sonetos del ciclo de El silbo vulnerado. nº 236

[5] Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío. “Ciclo del Cancionero y Romacero de ausencias. Otros poemas (II). nº 129

[6] Silbo de afirmación en la aldea. “Ciclo de Poemas Sueltos (II), nº 133”.

[7] Sonreídme. “Ciclo de Poemas Sueltos (III), nº 4”.

[8] Prosas y correspondencias (Vol. III). 1935. A Josefina Manresa, nº 13 (“Primeros de Julio de 1935”)

[9] Mis ojos sin tus ojos no son ojos. Poemas Sueltos (II) (7, Imagen de tu huella), nº 253

[10] Alba de hachas. Poemas Sueltos (III), nº 3.

[11] Elegía. El rayo que no cesa. nº 29

[12] Prosas y correspondencias (Vol. III). 1936. A Manuel Manresa (“Madrid, 1 de Febrero de 1936”)

[13] Carta. El hombre acecha. nº 10

[14] Hijo de la luz y de la sombra. Cancionero y Romancero de Ausencias. nº 61

[15] Canción de la ametralladora. Poemas sueltos (IV). nº 10

[16] Euzkadi. Viento del pueblo. nº 24

[17] Canción última. El hombre acecha. nº 19. Extracto.

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