La isla de San Borondón

 (espectáculo infantil para dos actores y ocho marionetas)

de Julio Salvatierra

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Personajes del mundo real

Cecilio, el abuelo, hombre mayor tirando a viejo, algo ilustrado pero cascarrabias. Unos 60 años. Fue utópico en su juventud y ahora es más descreído, pero le es imposible llegar a cínico, aunque se jacte de ello. Sus aficiones siempre han sido pescar y leer, porque los viajes ya los hacía por motivos de trabajo, y nunca le disgustó llegar a otras tierras y otras gentes. De hecho ahora lo echa de menos. Jefe de calderas en una naviera mercante, ha recorrido mucho mundo navegando, hasta que lo jubilaron a los 55 años. Desde entonces vive en las islas, su tierra natal, y, viudo, se ha resignado a hacer de abuelo, pues desde que su trabajadora hija única se separó, sobre él ha recaído parte de la educación de su nieta. No le gusta haber tenido sólo una hija. Y no le gusta que ésta le haya dado sólo una nieta, ni que ahora viva sola, como él, y en cierto modo se culpa a sí mismo por no haber sido capaz de generar más vida a su alrededor. Sin embargo en su fondo aún le queda capacidad para reírse de sí mismo y disfrutar de los buenos momentos. No es mal tipo. Quiere a su nieta muchísimo, pero no es hombre que tenga facilidad con los niños, sobre todo los pequeños y del sexo contrario, así que hasta ahora no ha conseguido nunca sentirse seguro en su compañía.

Claudia, la nieta, niña de 9 años, muy soñadora y aficionada a la lectura. Solitaria, madura para su edad en lógica y pensamiento, pero inmadura en otros aspectos: tiene miedo a la oscuridad y le cuesta hacer amigos, aunque sueña con ellos. Y, además, tiene bastante carácter. Entre sus compañeros destaca por haber leído mucho y tener mucha imaginación para proponer juegos, aunque no le es fácil encontrar con quién jugarlos. Con su abuelo tiene frecuentes discusiones, pues ambos tienen un carácter bastante fuerte y, aunque lo quiere, todavía no han sido capaces de tender un puente que una sus dos universos.

Personajes de la isla.

Todos los personajes de la isla son animales y trabajan por parejas, salvo Nicolás, que está sólo. Toda la isla y sus personajes tienen lejanas referencias a Alicia en el país de las Maravillas.

Nicolás. Único personaje en la isla que está sólo, se muestra infeliz y sueña con cambiar y viajar. Alter ego de Claudia. Físicamente es una mezcla de musaraña (la musaraña canaria) y suricato.

Los dos vigías: Honduras y Fragoso. Encargados del control de accesos de la Isla de San Borondón. Calmados, serenos. Fuertes. Equipo formado por un búho chico (Honduras) y un perro guardián (Fragoso).

Los dos guías: Sí y No. Pareja de monorranas (peculiar híbrido anfibio-arborícola de la isla) guardianes y encargados de guiar a los que vienen a la isla, para que encuentren -o no- lo que buscan, según sea aquello. Dialécticos. Divertidos.

 

Los dos sabios. También llamado Los Dos Dragos: Idaira y Bentaor. Dragos siameses, unidos por sus troncos, con dos cabezas animales de lagarto canario. Son sabios, con unas enormes raíces que les permiten absorber conocimientos de toda la inmensa tierra. Algo impresionantes, pero sorprendentemente sencillos y cordiales en el trato.

El Pez-tortuga. Es un animal doble. Dicho de otro modo, dos en uno. O sea, dos animales que coexisten juntos. Gracias a una extraña evolución simbiótica un pez y una tortuga viven juntos. El caparazón superior de la tortuga (de nombre Salobre) es cóncavo como una piscina y cuando sale del mar va lleno de agua, y ahí viaja el pez (Tarajal), como pez en el ídem. Cuando están en el océano, el pez, más rápido, guía a la tortuga para encontrar su comida. La tortuga sólo come algas del fondo marino y plancton, pero le gusta tomar el sol. El pez sólo come alpiste, pero le gusta nadar. No podrían vivir el uno sin el otro, aunque tienen frecuentes discusiones. Miedosos. Curiosos y sofisticados. Conservadores. Ecológicos.

La isla de San Borondón

 

Escena 0

Sobre un muelle que se adentra en el agua, en el escenario, comienza a hacerse la luz. La platea está aún medio iluminada. El abuelo Cecilio, sobre el embarcadero, está pescando. Quizás canturrea.

La luz del público sigue bajando, oímos el mar, el sonido de las islas. Una niña de las que está sentada entre el público se levanta y señala a Cecilio. Es Claudia, diez años después.

 

Claudia.- (Al público) Ese de ahí es mi abuelo, se llama Cecilio y está pescando porque lo que más le gusta es pescar, aunque yo no lo entiendo porque a mí pescar no me gusta nada y en cambio me encanta hablar con los peces, y no es que esté loca… (Mientras Claudia habla el abuelo pesca un pez y lo mete en la cesta) Mi abuelo, y todo el mundo, la verdad, siempre ha dicho que los peces no hablan, pero yo creo que sí, lo que pasa es que para oírlos hay que escucharlos con atención, y eso sí que es difícil. Y por eso estoy aquí, para contaros una historia que me sucedió hace mucho tiempo, cuando yo era más pequeña, y es la historia de mi viaje a la isla de San Borondón. San Borondón es una isla misteriosa, a la que no todo el mundo puede llegar, y allí conocí a los monorranas, y a Honduras, la lechuza y al perro Fragoso y a otros animales raros…

(Se oye detenerse un coche y una voz de mujer que grita)

Voz Off.- Papá, papá, tengo muchísima prisa y me tienes que ayudar, por favor…

(El abuelo reacciona)

Claudia.-Esa es la voz de mi madre, que siempre iba con prisas, porque trabajaba mucho y vivíamos las dos solas…

Voz Off.- Papá, lo siento, me tengo que ir todo el día fuera, ha surgido de repente y no encuentro con quién dejar a Claudia…

(El abuelo comienza a levantarse)

Claudia.- Esa Claudia soy yo, pero entonces era mucho más pequeña, y la verdad es que no me gustaba nada que me dejara con mi abuelo…

Voz Off.- Anda, Claudia, ve con el abuelo…

Claudia.- Ni menos aburrirme pescando…

Voz Off.- ¡Anda, ve a ver lo que ha pescado…! ¡Claudia! ¿No me oyes?

Claudia.- Y creo que ahora me toca a mí entrar en la historia…

(El abuelo sale y Claudia entra en escena)

Voz Off.- ¡Pero ten cuidado no te caigas…! Papá, volveré de madrugada, ¡si tuvieras móvil te hubiera avisado, pero eres tan cabezota…!

Escena 1

(Claudia camina por el muelle cabizbaja, con su pequeño anorak rojo y se queda mirando la caña y el mar, con una expresión enrevesada. En ese momento la cesta de pescador comienza a moverse con los saltos que, suponemos, el pez agonizante da en su interior. Claudia mira la cesta durante un rato, y de repente se lanza sobre la cesta, la abre, coge al pez y lo tira al agua. Oímos el coche arrancar y alejarse. El abuelo entra de nuevo, evidentemente contrariado, andando por el muelle. A medio camino ve la cesta vacía)

Cecilio.- ¿¡Pero qué has hecho, insensata!?

Claudia.- Es que…

Cecilio.- ¡Es que ¿qué?!

Claudia.- …es que me daba mucha pena…

Cecilio.- ¡Pero qué pena ni qué niño muerto! ¡No hay que tener pena de los pescados que uno pesca honradamente, y sobre todo si son para comer, y ese era nuestra comida de hoy!

Claudia.- (Al borde de las lágrimas) Ya, pero… pero es que estaba dando saltos porque se ahoga-ga-ba! (llora)

Cecilio.- (Enfadado sin poder hacerlo) ¡Pero niña! ¡Pero Claudia…! ¡Encima que me tiras el pez al agua ahora te pones a llorar!? ¡Pues sí que estamos bien! ¡El que tendría que estar llorando soy yo, no tú, no comprendes?!

Claudia.- (llorando) ¿Y tú, po-or qué?

Cecilio.- Pues porque era el pez más grande que he pescado nunca, y porque a los peces hay que respetarlos, pero no hay que tenerles pena, ¡tu abuelo sí que debería darte pena, que se ha quedado sin comida!

(Claudia le da la espalda al abuelo y se aleja unos pasos)

Cecilio.- (Esforzándose en ser un buen abuelo) Anda, ven, siéntate, que te voy a enseñar a pescar… (Saca otra pequeña caña y otro sedal. Claudia se aleja otro paso) Pero sin hacer daño a los peces. Lo pescas, saludas al pez y lo devuelves al agua, y el pez se va contento. Aunque a fin de cuentas los peces no hablan ni piensan…

Claudia.- (Tras una pausa en que medita sus posibilidades de acción) Sí que hablan. Yo tengo un amigo que habla con los peces.

Cecilio.- (Queriendo ser simpático) ¡Qué tontería! Eso no puede ser.

Claudia.- ¡Pues es! Mi amigo habla con los peces, o por lo menos con uno.

Cecilio.- Vaya. ¿Y es de tu colegio ese amigo?

Claudia.- No, en mi colegio no tengo amigos así.

Cecilio.- Amigos que hablen con los peces no hay muchos, eso es verdad.

Claudia.- No es eso, es que los de mi colegio no saben jugar conmigo.

Cecilio.- (Sin poderlo evitar) Será que no quieren jugar contigo porque en cuanto se descuidan les tiras sus mejores juguetes al agua.

Claudia.- (Sin reparar en la ironía) No, es que no nos entendemos.

Cecilio.- Vaya, y ese amigo pescadófono quién es. El de los peces.

Claudia.- Se llama Nicolás, y vive en San Borondón.

Cecilio.- ¿En San Borondón?

Claudia.- Sí, es una isla que está para allá (Señala decidida hacia el fondo del escenario) Dice mamá que tú has viajado mucho, así que supongo que la conocerás.

Cecilio.- (No sabe bien qué decir, y al final dice) Sí, la conozco, pero esa isla es sólo una leyenda, Claudia, si tu amigo te ha dicho que vive allí, te está engañando. Las leyendas…

Claudia.- ¡Mi amigo no me engaña! ¡y además yo he estado en esa isla, porque fue allí donde lo conocí! ¡Y por eso se que existe!

Cecilio.- Bueno… seguro que tu amigo te ha gastado una broma, y vive en La Palma donde hay un pueblecito que…

Claudia.- ¡NO ES NINGUNA BROMA! ¡Y yo he estado en San Borondón, y además voy a volver! Pero tú no me crees porque en el fondo te da igual todo, como dice mi madre. Y a mí no me gusta pescar, y ya te lo dije una vez, y tú siempre te olvidas, así que ya no quiero estar aquí!

(Claudia se da la vuelta y se aleja decidida por el muelle, hacia la orilla. El abuelo se levanta precipitadamente pero resbala y casi se le cae la pequeña caña al agua)

Cecilio.- ¡Espera! ¡Claudia! ¡Espera! (Se enreda con el sedal y se clava el anzuelo en un dedo)

Cecilio.- ¡Maldita sea! ¡Espera! ¡Claudia! ¡Espera! (Tropieza con la cesta vacía y casi se rompe la crisma)

Cecilio.- ¡Demonios! ¡Espera! ¡Claudia! ¡Espera!

(La niña ha visto de reojo las desgracias de su abuelo y no puede evitar reírse, pero disimula cuando él se acerca, como si siguiera enfadada. Finalmente Cecilio llega junto a ella sin romperse una pierna)

Cecilio.- Claudia, escúchame, a mí no me da igual todo, y menos lo que tú me dices y lo que haces, pero a veces se me olvidan las cosas, porque soy muy mayor y despistado y… soy un viejo estúpido. Siento no haberme acordado de que no te gustaba pescar. De verdad. Te lo digo en serio.

Claudia.- (Dudando) ¿Entonces ahora ya sí crees que tengo un amigo en San Borondón?

Cecilio.- (Descolocado, suspira) Me gustaría creerte, pero es que yo he viajado mucho por todo el mar, ¿sabes?, y nunca he visto esa isla.

Claudia.- Pero está aquí al lado, aunque no es fácil llegar. Si quieres te cuento cómo lo hice yo, y cómo conocí a Nicolás.

Cecilio.- (Cecilio mira su caña enhiesta, que aguarda la visita de algún nuevo pez, y vuelve a suspirar) Bueno, cuéntamelo.

Claudia.- Fue un día que mamá me dejó contigo para que me cuidases pero tú te pusiste a pescar y no me hiciste ningún caso.

Cecilio.- ¡Yo nunca he hecho eso!

Claudia.- (Se ríe) ¡Vaya que sí! Y fue hace poco, aquel día que me perdí y luego creíste que me había caído al agua y hasta llamaste a la policía, ¿no te acuerdas?

Cecilio.- Ah, ese día, sí, ¿pero no se lo dijiste a tu madre, verdad?

Claudia.- No. Pero no me había caído al agua, si no que me había ido a San Borondón.

Cecilio.- Pero vamos a ver: ¿cómo me dices que te fuiste a San Borondón si luego te encontramos dormida debajo del muelle, dentro de ese viejo bote?

Claudia.- Pero claro, ahí fue donde volví cuando se acabó el viaje.

Cecilio.- (Meneando la cabeza) Ya, ya…

Claudia.- No crees nada de lo que te cuento, ¿verdad?

Cecilio.- Pero si todavía no has empezado a contar nada, anda, sigue.

(Claudia se sube al viejo bote que se intuye tras el muelle -no tiene por qué verse completo)

Claudia.- Pues aquél día yo me subí a este pequeño bote, el bote se deslizó al agua y empezó a flotar y entonces, de repente, me deslumbró una gran luz muy brillante…

Escena 2

(El fanal del faro destella cegando al público y la iluminación cambia. Aparece un pequeño bote con la pequeña Claudia subida dentro, surcando las olas. El abuelo queda a un lado, tenuemente iluminado. La actriz, al tiempo que maneja su marioneta, continúa con su relato)

Miré y vi que era la luz del faro, que se acababa de encender, y el bote empezó a moverse como si tiraran de él, hasta que llegamos a unos arrecifes donde el mar rugía como si fuera un monstruo…

Cecilio.- Las olas en los arrecifes son muy peligrosas.

Claudia.- ¡Qué me vas a contar: son peligrosísimas! (La pequeña Claudia casi es arrojada del bote por la fuerza de las olas)

Cecilio.- Y hay que maniobrar siguiendo el compás del mar para pasar las rocas.

Claudia.- Eso fue lo que hice, dándole a los remos.

Cecilio.- Buena chica, ¿y pasaste los arrecifes?

Claudia.- Los pasé, llegué a la orilla, arrastré el bote sobre la arena y cuando me volví, me di de narices con los guardianes de la isla, que eran un perro enorme y una lechuza, que me miraban.

(Sucede tal y como describe)

Cecilio.- Ah, caramba.

Escena 3

Honduras.- Hola, niña,

Fragoso.- Bien dicho, pero yo añadiría ¿cómo estás?, si no te importa.

Honduras.- (Mirando a Fragoso) Bueno… (a Claudia) Hola, niña, ¿cómo estás si no te importa?

Claudia.- Bien, gracias, y no me importa…

Honduras.- Pues anda que a mí. Yo ya me había dado cuenta de que estabas perfectamente, pero éste siempre quiere que hagamos preguntas inútiles.

Fragoso.- Se llaman preguntas de cortesía.

Honduras.- ¡La eficacia es la mayor cortesía, perrillo faldero!

Fragoso.- Hm…

Honduras.- ¿Hm, qué?

Fragoso.- Hm, hm.

Honduras.- ¡Hm! Al grano (A Claudia) ¿Quién eres y qué quieres?

Fragoso.- Por favor.

Honduras.- (¡Hm…!)

Claudia.- Me llamo Claudia.

Honduras.- ¿Y qué quieres?

Claudia.- No se… me subí a un bote y he llegado a esta isla, no se bien cómo. Mi abuelo está en la inopia, del otro lado, pescando, como siempre. (Honduras y Fragoso cuchichean)

Cecilio.- ¿Eso les dijiste?

Claudia.- ¡Sí, abuelo, pero no vale interrumpir, estoy en medio de la historia!

Honduras.- O sea, que no sabes para qué has venido a la isla de San Borondón.

Claudia.- No sabía ni que existiera una isla con ese nombre tan raro.

Honduras.- Entonces bienvenida. Voy a llamar a los monorranas. Eres un caso de lo más habitual.

(La lechuza se va volando)

Fragoso.- No te enfades con ella. Es muy cascarrabias pero en el fondo es una buena lechuza. Lo que pasa es que a San Borondón llegan todos los que no saben lo que quieren.

Claudia.- Pero a lo mejor es yo no quiero nada…

Fragoso.- Uy, malo. Los que dicen eso son los que están peor.

Cecilio.- ¿Eso te dijeron?

Claudia.- ¡Que te calles, abuelo! (A Fragoso) A lo mejor lo que yo quiero ahora es volverme a mi casa…

Fragoso.- Ya, pero me temo que una vez en la isla volver ya no es tan fácil.

Claudia.- Ah. ¿Y tú quién eres?

Fragoso.- Yo me llamo Fragoso, y soy un perro y junto con Honduras, que es esa lechuza cascarrabias, somos los vigilantes de la playa, perdón, de la isla.

Claudia.- ¿Y ahora qué va a pasar?

Fragoso.- Espera aquí, y enseguida vendrán los dos monorranas, mezcla de mono y de rana, para llevarte hasta Los Dos Sabios, que te ayudarán con tu problema. Y no tengas miedo. (Sale Fragoso)

Claudia.- Pero si yo no tengo ningún problema… ni tampoco miedo… bueno, igual un poco sí…

(La pequeña Claudia vagabundea por la playa solitaria tarareando alguna cancioncilla)

 

Escena 4

(Al cabo de un rato) Aquí no viene nadie y se está nublando. Yo creo que me voy a ir, ya vendré otro día. (La pequeña Claudia intenta empujar el bote al agua, pero el bote no se mueve ni un milímetro) ¡Carricoche, antes no pesaba tanto…!

Cecilio.- Claro, la marea había bajado.

Claudia.- ¡Pues no, abuelo! Lo que pasaba es que era un bote mágico, pero yo aún no lo sabía.

Cecilio.- Ah.

Claudia.- Y no me interrumpas, más, por favor. Voy a intentarlo empujando con todas mis fuerzas. (Lo hace. En ese momento aparecen Sí y No, de un salto)

No.- No, yo que tú no lo intentaría.

Sí.- Sí, el bote sólo zarpa cuando él quiere.

Claudia.- Ah. Hola, debéis ser los guías, los monorratas…

No.- ¡No!

Sí.- ¡Los monorranas!

Claudia.- Eso. Soy Claudia.

Sí y No.- No, si ya lo sabemos.

Claudia.- ¿Y no me vais a decir cómo os llamáis?

Sí.- Yo Sí.

No.- Yo No.

Claudia.- (A No) Pues tú eres un maleducado, perdona.

No.- No… yo: No, y él: Sí.

Claudia.- No, él no y tú si

No.- No, él: Sí, y yo: No.

Claudia.- ¿Pero cómo que no? Tú eres el maleducado por no decirme tu nombre, ¿no te parece?

No.- No, te digo que soy No, y lo que me parece es que eres un poco tonta.

Claudia.- ¡Pero bueno! ¡Sí que eres un maleducado, sí!

No.- ¡Que no! ¡Que soy No! ¡Yo soy No y él es Sí! Yo: No, él: Sí ¡Yo: No! ¡Él: Sí!

Claudia.- …ah! ¿Queréis decir que tú te llamas No, y que él se llama Sí?

No.- ¡Por fin!

Sí.- Lo ha entendido más rápido que el último que vino por aquí, eh. ¿Será porque ser mujer?

No.- ¿Me dices a mí?

Sí.- Si.

No.- Pues no, yo no lo veo así, Sí, ¿qué tiene que ver ser mujer?

Sí.- Las mujeres, No, suelen ser más observadoras que los hombres.

No.- No, Sí, eso lo dices para caerle bien a ella.

Sí.- Sí, es cierto lo que dices, No, pero tampoco es mentira lo que digo.

Claudia.- ¡Un momento! Me estáis haciendo un lío…

Sí.- Si, a todos les pasa.

No.- Pero no es grave, ya te acostumbrarás. Vamos.

Claudia.- ¿A dónde?

Sí y No.- Somos los dos guías que, por encargo de los dos guardianes, guían a los visitantes ante los dos Sabios.

Claudia.- Dos guías, dos guardianes, dos sabios… ¿es que aquí va todo por parejas? ¿No hay nadie que esté sólo?

Si y No.- Bueno…

Sí.- Sí…

No.- No…

Sí.- Es decir, sí hay uno.

No.- Pero no es importante, es uno que no es muy normal.

Sí.- Sí es normal, pero es un poco raro.

No.- No, no es raro, pero es muy poco normal.

Sí.- Pues eso es lo que yo he dicho, pero al revés.

No.- No, tú lo que quieres es llevarme la contraria…

Si.- ¡Pero si eres tú el que me contradice todo el tiempo…!

Claudia.- ¡Por favor! Me estáis volviendo a liar otra vez.

Sí.- ¿Sí? Lo sentimos.

No.- No. No lo sentimos nada, pero nos da mucha pena.

Sí.- ¿Ves? Ya empiezas otra vez…

Claudia.- ¡No, por favor! Yo creo que los dos tenéis razón.

(Sí y No se miran)

Sí.- Sí, es posible.

No.- No es imposible.

Claudia.- ¡! Bueno, ¿no nos íbamos?

Sí.- Si, vamos, No, es por ahí. (señala al interior de la isla)

No.- No: Si, es por ahí (señala al mar)

Sí.- No: eso, No, es el mar.

No.- Ah, sí, vamos por ahí, tienes razón, Sí, pero sólo por esta vez.

(Comienzan a andar los tres. Tal vez la luz se va abriendo a su paso?)

Claudia.- ¿Está cerca a donde vamos?

Sí.- Aquí al lado.

No.- Lejísimos.

Claudia.- Pues vaya guías que estáis hechos.

Sí.- Sí, pero nos divertimos mucho, ¿verdad?

No.- No, pero no lo pasamos nada mal.

Sí.- En la isla todo el mundo se lo pasa bien.

No.- No hay nadie en la isla que esté sólo.

Claudia.- Salvo ese que es un poco raro.

Sí.- Sí, Nicolás se llama.

No.- Pero ese no cuenta.

Sí.- Sí, cuenta, pero menos, porque sólo cuenta por uno.

Claudia.- Pues a mí me gustaría conocerle.

No.- No creo que lo hagas.

Sí.- Sí, es un tímido que nunca se deja ver.

(Llegan a una bifurcación)

Claudia.- ¿Y ahora? ¿Por dónde?

(Sí y No señalan cada uno para un lado, y empiezan a caminar por ellos)

Claudia.- ¡Eh, que yo no puedo seguiros por dos caminos opuestos!

Sí.- Por cualquiera de los caminos se puede llegar.

No.- Con tal de que camines el tiempo suficiente.

Claudia.- ¿Pero cuál es el más corto? Yo tengo que volver antes de que mi abuelo se de cuenta de que me he ido, aunque sabiendo cómo es seguro que aún tengo para rato.

Abuelo.- ¡Claudia! (la pequeña Claudia le hace un gesto de que se calle)

Sí y No.- Ah, pues el más corto yo creo que es ese (señalan ambos en las direcciones opuestas a las de antes, y se enzarzan a discutir: “no si si no oye tú óyeme tu mejor es por ahí no es por allí por el viejo roble y luego subiendo no tras el rododendro pillas la trocha y que no que si que no que si…)

Claudia.- ¡Un momento! Tenéis que poneros de acuerdo o si no yo no sigo. (Los dos monorranas cuchichean)

No.- No sigas. Ya estamos de acuerdo, y por primera vez.

Sí.- Sí, espéranos aquí.

No.- Vamos a ver cuál es el camino más corto.

Sí.- Y volvemos enseguida.

No.- No te muevas de aquí.

Sí.- Si te mueves te perderás.

No.- Y esta isla no permite que nadie esté perdido.

Si.- ¡No quiero ni pensar en qué pasaría si te perdieras!

No.- ¡Sería lamentable! Sobre todo para ti.

(Se van)

Claudia.- No tardéis mucho… (La pequeña Claudia deambula por el pequeño claro del bosque en el que la han dejado)

 

Escena 5

(Nicolás, o su sombra, cruza rápidamente la luz. Claudia se sobresalta)

Claudia.- ¿¡Quién está ahí!? (Tal vez el cruce se repite alguna vez más, hasta que Nicolás junta fuerzas para decidirse a asomarse, y ambos se miran durante unos instantes. Se caen bien)

Claudia.- Hola, yo soy Claudia.

Nicolás.- Hola.

Claudia.- ¿Tú te llamas Nicolás?

Nicolás.- (Mueve la cabeza afirmativamente) ¿Cómo lo sabes?

Claudia.- Me lo han dicho Sí y No, los dos guías.

Nicolás.- Ah. (La musaraña explora todo en torno a Claudia, como buscando algo)

Claudia.- ¿Qué haces?

Nicolás.- Busco. ¿Y tu compañero?

Claudia.- ¿Qué compañero?

Nicolás.- ¿No tienes a otro?

Claudia.- ¿Cómo a otro? ¿Un hermanito?

Nicolás.- No, a uno que vaya siempre contigo, un socio, un compadre, un colega, un compinche, un camarada… (Nicolás, como buena musaraña, no puede quedarse quieta mucho tiempo, y mientras habla se mueve de aquí para allá, con su peculiar forma de moverse)

Claudia.- ¡Ah! ¿Cómo un amigo?

Nicolás.- Algo así.

Claudia.- (Piensa) Eh… pues no.

Nicolás.- ¿¡No!? ¡Corchopópolis!

Claudia.- ¿¡Corchoqué!?

Nicolás.- ¿Estas sola?

Claudia.- Sí…

Nicolás.- ¿¡Qué?!

Claudia.- Ni siquiera mi abuelo me hace mucho caso, y mi madre trabaja mucho.

Nicolás.- ¿Pero de dónde sales tú?

Claudia.- Acabo de llegar a la isla.

Nicolás.- ¿Vienes de fuera?

Claudia.- Sí, pero de otra isla.

Nicolás.- ¡¿Qué?! ¿Pero es que hay más islas fuera?

Claudia.- ¡Uf! El Hierro, Tenerife, Gran Canaria, La Palma, Lanzarote, Fuerte ventura, La Gomera… la tira, y luego hay otras por el mundo, pero menos importantes.

Nicolás.- ¡Quiero ir a La Tira! ¡Me gusta el nombre: la isla de La Tira!

Claudia.- ¡Que no! La tira no es una isla, son muchas, son ¡la tira! de islas…

Nicolás.- Pues quiero ir a todas. ¿Tú te vendrías conmigo?

Claudia.- No se… a lo mejor…

Nicolás.- ¡Bien! (La musaraña empieza a dar saltos y volteretas sobre si misma)

Claudia.- ¿Pero qué haces!?

Nicolás.- Es que estoy contento. Siempre había estado sólo, porque aquí van todos por parejas y es muy aburrido.

Claudia.- Yo también estoy contenta, aunque me parece que estás un poco loco.

Nicolás.- (Haciendo musarañadas) ¡Mucholoco, loquipoqui, loquibandio y loquisalto! (De un salto se le sube a Claudia a la cabeza. Juegan).

(De repente)

Nicolás.- ¡Recarpincho! ¡Salobre…! Me había olvidado por completo de él.

Claudia.- ¿Quién es Salobre?

Nicolás.- El pez-tortuga, bueno, la parte pez, necesita su alpiste y yo tenía que llevárselo.

Claudia.- ¡Pero los peces no comen alpiste!

Nicolás.- Este sí, es lo único que come, y además le encanta, o eso dice.

Claudia.- Oye, Nicolás, y ¿tú qué eres?

Nicolás.- Yo soy una musaraña, y soy única y poco conocida, ¡pero soy la mejor musaraña de todas las musarañas que hay aquí!

Claudia.- Yo he pensado mucho en las musarañas, ¿sabes?

Nicolás.- ¿Sí? Me alegro, pero ahora tenemos que irnos, si no Salobre se va a morir de hambre. (Hacen ademán de irse)

Claudia.- ¡No, espera! Yo no puedo moverme de aquí.

Nicolás.- ¿Por qué?

Claudia.- Sí y No dijeron que no me fuera de este sitio, porque si no me perdería.

Nicolás.- Pero si estás conmigo no estás perdida.

Claudia.- No se… decían que era muy peligroso, y además tengo que ir a ver a los Dos Sabios.

Nicolás.- Ah… Pues yo creo que es mejor que no los veas ahora, ¿sabes?

Claudia.- ¿Por qué?

Nicolás.- Porque no.

Claudia.- ¿Pero por qué no?

Nicolás.- ¡Pues por eso!

Claudia.- ¿Por qué?

Nicolás.- ¡Porque no!

Claudia.- ¡Pero eso no es una razón!

Nicolás.- ¿Ah, no?

Claudia.- No.

Nicolás.- (Señalándola) Eso tampoco es una razón.

Claudia.- En esta isla son todos un poco raros.

Nicolás.- Es que los que vienen a la isla, después de hablar con esos sabios se marchan y nunca vuelven.

Claudia.- ¿Ah, si?

Nicolás.- Claro, ellos les dicen lo que han venido a buscar, y se van a buscarlo y luego adiós.

Claudia.- Pero yo quiero conocer al pez que habla…

Nicolás.- ¡Claro, por eso! Vente conmigo, ya irás a ver a los Sabios otro día. (Claudia duda, pero al final se decide)

Claudia.- ¡Vamos! (Ambos salen corriendo, Nicolás se le sube de un salto al hombro de Claudia)

Nicolás.- Si no te importa… como tú tienes esas piernazas tan largas, así iremos más rápido. (Salen)

Escena 6

(Tras unos instantes Sí y No reaparecen en la encrucijada, y comienzan a llamar a Claudia)

No.- ¡No está!

Sí.- No es que no esté, es que se ha ido.

No.- ¡Es lo mismo que yo acabo de decir!

Sí.- ¿Sí?

No.- Claro, hay que dar la alarma.

Sí.- Mejor damos la alerta.

No.- Buena idea. (Tiran de la cuerda que da la alarma de la isla, y una sirena comienza a sonar y todas las luces a destellar. Sí y No salen dando saltos y gritando: ¡alarma, alarma! ¡Alerta, alerta…!)

(En otro lado, junto a la playa y al bote varado, reaparecen Claudia y Nicolás sorprendidos por la barahúnda)

Claudia.- ¡¿Qué pasa!?

Nicolás.- Han dado la alarma, seguro que es porque no te han encontrado. Tienes que esconderte.

(Corretean buscando dónde y Claudia acaba escondiéndose dentro del bote y Nicolás se queda agazapado detrás de él. La alarma sigue sonando y la luz comienza a bajar)

Claudia.- ¿Y ahora qué está pasando?

Nicolás.- ¡La isla se está cerrando! Cuando se da la alarma la isla entera se sumerge en el mar y desaparece!

Claudia.- ¿Y qué hacemos?!

Nicolás.- No te preocupes: quédate en el bote y volverás a tu casa sin problemas… ¡pero tienes que volver!

Claudia.- ¡Si no se cómo volver!

Nicolás.- El bote que viene a la isla zarpa justo cuando se encienden los faros… ¡te estaré esperando! (El bote comienza a flotar alejándose de Nicolás, mientras la luz continúa bajando)

Claudia.- ¡Lo intentaré…!

Nicolás.- ¡Prométemelo…!

Claudia.- ¡Te prometo que lo intentaré con todas mis fuerzaas…!

(La luz desaparece tragándose al pequeño bote y a la musaraña, y lentamente vuelve la luz de la realidad)

 

Escena 7

(La actriz se levanta junto al abuelo, al inicio del muelle)

Claudia.- Y en el bote me dormí, y cuando desperté estaba debajo del embarcadero, y aquél policía de bigote me enfocaba con una linterna, y luego tú me abrazaste… y eso fue todo.

Cecilio.- Es la historia más bonita que he oído nunca, Claudia.

Claudia.- ¡No es una historia, abuelo, es verdad!

Cecilio.- Claro, lo que digo es que es una verdad muy historiada, ¿no comprendes? (En ese momento la caña se cimbrea como cuando un pez acaba de picar) ¡Mira! ¡Acaba de picar uno! (El abuelo sale corriendo por el muelle hasta su caña, forcejea un poco y acaba sacando del agua a otro pez. La nieta lo mira desde lejos con cara algo enfadada)

Cecilio.- ¡Ven, Claudia, mira! (Claudia dice que no con la cabeza)

Cecilio.- ¡Ven, te prometo que enseguida lo devuelvo al agua, pero ven a verlo! ¡Por favor! (Claudia se acerca. El abuelo tiene al pez entre sus manos y lo mira con atención) ¡Qué pez más raro…!

Claudia.- ¿Qué le pasa?

Cecilio.- (Cada vez más asombrado) Te juro que en toda mi vida de marino jamás había visto un pez como éste.

Claudia.- Es muy bonito.

Cecilio.- Sí, pero también muy raro…

Claudia.- Tíralo ya al agua, no le gusta estar fuera.

Cecilio.- Voy, pero déjame que lo vea un segundo. (Lo mira por todas partes)

Claudia.- Tíralo ya, abuelo, que no puede respirar.

Cecilio.- Sí, pero mira estas aletas, y esos ojos: jamás había visto mirar así a un pez, parece que nos estuviera viendo…

Claudia.- ¡Tíralo, abuelo! ¡A lo mejor es un pez que vino de San Borondón siguiendo al bote! (El abuelo sigue observándolo ensimismado, el pez colea y se retuerce) ¡Por favor, abuelo, me lo prometiste!

Cecilio.- Y lo que prometo lo cumplo, Claudia. Ahí va. ¡Adiós, pez! ¡Buena suerte! (Devuelve el pez al agua)

Claudia.- Seguro que era el pez que habla, el que me contó Nicolás.

Cecilio.- Yo no he oído que dijera nada. Los peces no hablan, querida nieta.

Claudia.- Aquí no, pero igual los de la isla sí.

Cecilio.- ¿Los de la isla de San Borondón?

Claudia.- Claro. (El abuelo se sonríe, mientras empieza a recoger sus aperos de pesca. Claudia lo mira) No te ha gustado ni te has creído nada de mi viaje, ¿verdad?

Cecilio.- (Se acerca y mirándola a los ojos le dice) Lo que me has contado de tu viaje me ha gustado muchísimo, Claudia, más de lo que te imaginas, y creo que te estás haciendo una niña muy mayor y muy inteligente y muy responsable, y eso me pone muy contento.

Claudia.- Pero no me crees.

Cecilio.- Escúchame, yo creo que San Borondón no existe, porque yo soy mucho mayor que tú y he oído historias sobre esa isla desde que era pequeño, porque es una gran leyenda y muy antigua, pero es sólo una leyenda. O, mejor dicho, una utopía. Y lo que pasa es que tú -y eso está bien- eres una niña con mucha imaginación.

(Claudia se queda pensativa, y el abuelo sigue recogiendo)

Claudia.- Abuelo, a lo mejor no es que yo tenga mucha imaginación, si no que tú, como ya eres muy mayor, ya tienes muy poca, ¿no?

(El abuelo acusa el golpe. Claudia recoge la cesta vacía y se la da)

Claudia.- Siento haberte tirado tu primer pez al agua.

(El abuelo le acaricia la cabeza, sin saber qué decir)

Claudia.- Oye, abuelo, ¿y qué es una autopía?

Cecilio.- (…) Nada, Claudia, cosas de viejos. (Se sienta mientras enrolla los sedales) A lo mejor tienes razón en eso de la imaginación, ¿sabes?

Claudia.- No se, yo todavía soy pequeña. (Cecilio acaba de recoger todo y se detiene)

Cecilio.- Oye, ¿tú amigo decía que los botes para la isla salían justo cuando se encendían los faros, no?

Claudia.- Sí, pero tú dices que todo eso me lo he inventado yo.

Cecilio.- Es verdad, pero como el faro está a punto de encenderse… ¿No quieres que demos un paseo en el bote?

Claudia.- (Sorprendida) ¿Para ir a la isla?

Cecilio.- O si al final no existe, pues al menos para dar un paseo…

Claudia.- (Excitada) ¿Y me ayudarás a encontrar de nuevo a Nicolás?

Cecilio.- No se si sabré hacerlo, hace mucho ya que este viejo… no viaja.

Claudia.- ¡Yo te guío y tú me ayudas!

Cecilio.- Bueno, pero me dejarás que te diga lo que pienso sin enfadarte, ¿vale?

Claudia.- Si no te pones muy pesado, sí.

Cecilio.- Bueno.

Claudia.- ¿Cuánto falta para que se encienda el faro?

(El abuelo consulta su reloj)

Cecilio.- Según mi reloj… exactamente ¡treinta segundos!

Claudia.- (Se lanza a correr hacia el bote) ¡Corre, abuelo, que no llegamos!

Cecilio.- ¡Vamos, vamos, todo el mundo al bote! (El abuelo se dirige más lentamente a la entrada del muelle, detrás del cual se intuye el bote. Claudia se sube de un salto)

Claudia.- ¡Corre, que no llegamos!

Cecilio.- Al golpito, al golpito. (El abuelo llega junto a Claudia con todas sus cosas en la mano)

Claudia.- Abuelo, creo que es mejor no llevar la caña…

Cecilio.- ¿Por qué?

Claudia.- Porque… a ver si se te va a caer al agua…

Cecilio.- ¿Y dónde la dejo?

Claudia.- Escóndela bajo el embarcadero, por aquí no pasa nunca nadie, ¡pero rápido!

Cecilio.- Bueno… (Esconde las cosas)

Claudia.- ¡Date prisa, sube, sube… ¿cuándo falta!?

Cecilio.- (Mira el reloj) ¡Cinco segundos! (Se sube al bote) Cuatro, tres, dos, uno… ¡Ya! (No sucede nada)

 

Escena 8

(Ambos miran al faro y en ese momento destella la luz cegadora del fanal, la iluminación cambia, ellos desaparecen y en su lugar aparece el diminuto bote, con los pequeños alter ego de Claudia y Cecilio surcando todo el escenario)

Claudia.- ¡Abuelo, qué rápido vamos!

Abuelo.-Es que yo siempre he remado muy bien, y agárrate, que vamos a pasar unos arrecifes… ¡allá vamos!

(El bote acelera y finalmente encalla. La pequeña luz de las marionetas desaparece)

 

Escena 9

(La luz de la isla de San Borondón nos revela a los dos actores en una orilla)

Claudia.- ¡Abuelo, hemos llegado!

Cecilio.- ¿Tú crees?

Claudia.- Claro, ¡mira! Ahí vienen los dos guardianes…

(Aparecen Fragoso y Honduras, esta última muy enfadada)

Claudia.- ¡Hola!

Honduras.­- ¡Ni hola ni nada! ¡Niña perversa y maléfica! ¡Arriba las manos! ¡Peligro público! ¡Sinvergüenza!

Fragoso.- ¡No exageres, Honduras!

Honduras.- ¡Exagerar! ¡Ayer se escapó y se armó una buena por su culpa! Creo que eres la niña más mala que he conocido nunca.

Fragoso.- Además de la única. (A Claudia) No te asustes, ya sabes como es…

Honduras.- ¡Pero y tú no la defiendas, chucho pulgoso! ¡Hubo que sumergir toda la isla por su culpa!

Fragoso.- Bueno, así se lava un poco. (A Claudia) Pero la verdad es que está prohibido escaparse de los guías, y aquí eso se considera una falta muy grave.

Honduras.- (Fijándose en el abuelo) ¿Y éste quien es?

Fragoso.- Por favor.

Claudia.- Es mi abuelo Cecilio.

Fragoso.- Buenos días, señor Cecilio.

Cecilio.- Buenos días.

Honduras.- Pues yo creo que son malos, fíjese, porque no se permite entrar a la isla a los que ya han cometido una falta grave. Y la tuya es muy grave (señala a Claudia), así que me temo que tendréis que volveros por donde habéis venido.

Claudia.- ¡Pero yo tengo que ver a Nicolás!

Honduras.- Lo siento, Claudia. (Claudia mira a Fragoso)

Fragoso.- Me temo que tiene razón, así son las reglas…

Honduras.- Y aquí reglas hay pocas pero, las que hay, al pie de la letra.

Claudia.- (Sin saber qué decir, al borde de las lágrimas) Pero es que se lo prometí…

Honduras.- No debes prometer lo que no sabes si podrás cumplir.

Cecilio.- Pero ella no sabía nada, señora lechuza…

Hondura.- ¡Se lo dijimos bien clarito, y los guías se lo volvieron a decir! ¡¡Y me llamo Honduras, señor Viejo!!

Cecilio.- Perdón, señora Honduras, pero todo castigo negativo debe tener una alternativa positiva, eso lo dirán sus reglas, ¿verdad?

Honduras.- No se pase de listo, señor Cecilio, en nuestras reglas no dice nada de eso.

Fragoso.- No, pero es cierto que todo expulsado de la isla puede volver a entrar si consigue superar la prueba de las tres preguntas llave. ¿No es así?

Honduras.- …Psí… (A Fragoso, en privado) Pero esta niña no va a saber responder.

Fragoso.- ¡Pero déjale intentarlo!

Honduras.- Bueno, Claudia, ¿quieres arriesgarte a responder a las tres preguntas llave?

Claudia.- ¡Sí…! ¿…son muy difíciles?

Honduras.- Decídelo tú misma, aquí va la primera, pero sólo tienes una oportunidad: ¿qué dos seres, animales o vegetales, componen la pareja de los dos vigilantes de la playa, perdón, de los vigilantes de esta isla?

Claudia.- ¡Esos sois vosotros! ¡Esa pregunta es muy fácil! Sois un perro y una lechuza.

Fragoso.- ¡Correcto!

Honduras.- Bueno, habría que especificar que tú eres un dogo canario y yo un búho chico, y no una lechuza, pero por ser la primera, se lo paso.

Fragoso.- ¡Segunda!

Honduras.- ¿Qué dos seres, animales o vegetales, se mezclan en la pareja que hace de guías oficiales de esta isla?

Claudia.- ¡Esos son Sí y No! También es muy fácil: son una mezcla de monos y de ranas.

Fragoso.- ¡Correcto!

Cecilio.- Muy bien, Claudia.

Honduras.- Y aquí va la tercera y última: ¿qué dos seres, animales o vegetales, se mezclan, a partes iguales, en la pareja de los Dos Sabios que gobiernan esta isla?

Claudia.- …pero si nunca los he visto…

(…)

Honduras.- Por eso es imposible que respondas bien a esta pregunta. Lo siento, Claudia, pero si no te atreves a responder, debéis iros.

Claudia.- Podrían ser…

Honduras.- Recuerda que sólo tienes una oportunidad. Si fallas, adiós.

Claudia.- Hay millones de animales y plantas que podrían ser… (Se sienta toda abatida)

Cecilio.- (Disimuladamente se acerca a su oído) Claudia, diles que…

Honduras.- ¡NADIE PUEDE AYUDARLE! Lo dicen nuestras reglas bien clarito, señor Cecilio, ¿verdad, Fragoso?

Fragoso.- Sí… (Saca el manual de la isla y lee) “nadie, ni humano ni animal, podrá darle la solución a las preguntas, ni de palabra ni por escrito.” Eso dice.

Cecilio.- “Ni de palabra ni por escrito”, pero no dice nada de por gestos, ¿verdad?

Honduras.- (A Fragoso) ¿Dice ahí algo de decírselo por gestos?

Fragoso.- (Consultando el San Borondon’s handbook, 2nd Edition. Oxford) ¡No, no dice nada de decírselo por gestos!

Cecilio.- Y las normas se siguen al pie de la letra, ¿no?

Honduras.- Pero eso es algo irregular…

Fragoso.- Puede intentarlo, señor Cecilio…

Honduras.- (A Fragoso) ¡Perro blandengue! (A Cecilio) Pero le advierto que desde este momento no puede decir ni una palabra, ni mover los labios, ¿está claro? (Cecilio afirma con la cabeza, cierra fuerte la boca y le hace un gesto a Claudia para que le atienda) Y además tiene dos minutos para hacerlo, no nos vamos a pasar todo el día aquí.

Claudia.- (Abatida) ¡Pero abuelo, ¿qué haces?! Si tú tampoco lo sabes… (A Fragoso) Si él ni siquiera creía en esta isla, ni en Nicolás… ni en nada…

(El abuelo, por gestos, intenta decirle “confía en mí”. Pero Claudia no entiende nada, no confía en él y no quiere concentrarse. El abuelo insiste, le levanta la barbilla para que le mire, y se golpea el corazón con gesto “hondo”)

Claudia.- ¿Qué pasa? ¿Te duele el corazón? ¿Te va a dar un ataque ahora, encima?

(El abuelo se desespera. La mira con intensidad y le hace gestos de que le mire)

Claudia.- ¿Los ojos? ¿No ves bien? ¿Se te han olvidado las gafas!?

(El abuelo se levanta desesperado, y le hace un gesto imperioso de que le mire, y comienza a hacer como un pájaro que vuela. Claudia, asombrada de ver a su abuelo hacer el ridículo de esa forma, cosa nunca por ella vista, comienza a interesarse…) (el texto a continuación es sólo una idea de las muchas posibles que, en cualquier montaje escénico, podrán salir jugando a este viejo juego)

Claudia.- Estás muy feo con la boca así… Bueno… ¿Un pájaro? (más o menos[1]) ¿un águila? (el abuelo le pide más nombres) ¿un pelícano? ¿una lechuza? ¿un canario? (más grande) ¿una gaviota? (más fea) ¿un buitre? (más fea y más grande) ¿un dinosaurio volador? (más terrible) ¿un, un, un, un… binter canarias? (no, no, también anda) ¿Un pingüino? ¿Una gallina? (no, no, vuela, anda y es grande) ¡un avestruz? no el avestruz no vuela… una ardilla voladora (¡no! hecha fuego por la boca) … ¿le huele el aliento? (más terrible) ¿es asqueroso, insoportable, mi profesor de matemáticas…? (no, vuela y hecha fuego por la boca) mi profesor de matemáticas volando durante el recreo… no… ¡un dragón! (¡sí, sí, sí! Gesto de ok, ok. Ahora para. Repite) ¿Qué? Ah, un dragón, sí, un dragón, ok, ok, ese gesto nunca te ha gustado, abuelo, decías que era muy feo y muy yankee, me extraña verte haciéndolo… (silencio, seguimos) Que me calle que seguimos (repite), un dragón (ok) ok, un dragón (ok, y gesto de cortarse el dedo pulgar) Un dragón sin dedos.. (no, repite corta el dedo) ok sin dedo, un dragón tonto (no, no, ok) Dragón (corta el dedo) fuera los yankees (¡no, no, no!!) pero tú siempre decías “fuera los yankees de Torrejón, ¿no?…” (¡ya, para! Concéntrate) Me concentro (repite) Dragón… (¡para! Repite) Drag (¡para!) ón (Repite) Dragó (¡¡para!!) n… (Repite) Dragó (¡Para, ok! Repite) Dragó (¡Sí, sí, ok!) Dragó? (el acento antes) ¿Antes del dragón? (No, repite) Dragó (El golpe antes) ¡Ah, Drago! (¡Sí, sí, sí!!!!) Sí, si, mamá me habló una vez de un Drago… ¿pero qué es un Drago…? (gesto de árbol) ¡Un árbol! (Sí) ¿Entonces es un Drago? (¡Sí, sí, sí! La primera) El primer ser es un drago (le lanza un beso) Un animal que besa (no, yo a ti) Tú me besas (gesto de abrazo) Ah, tú me quieres, abuelo, yo también a ti, pero venga, el segundo (Sí, vamos con el segundo…)

Honduras.- Le quedan sólo 5 segundos, es imposible, cuatro, tres, dos, uno…

Claudia.- (Mientras Honduras cuenta el abuelo se echa al suelo y hace de lagarto) ¡Un lagarto! (¡Sí, sí, sí!) (A Honduras y Fragoso) ¡Los dos sabios son una mezcla de drago y de lagarto!

Fragoso.- ¡Uáu! ¡Acertaste! ¡Enhorabuena! Podéis pasar.

Honduras.- Hm, bueno, en fin, esto, no se, yo, no debería, es irregular, pero, en fin…

Fragoso.- ¡Que paséis, ya, hombre!

Honduras.- Bueno, enseguida vendrán los guías para llevaros ante los dos Sabios, pero si esta vez te vuelves a escapar (a Claudia) ya nunca más podrás volver a entrar. ¿Está claro?

Claudia.- Si.

(Se van Honduras y Fragoso)

Claudia.- Abuelo, ¿cómo sabías cómo eran los Dos Sabios?

Cecilio.- Más sabe el viejo por viejo que por sabio.

Escena 10

Cecilio.- Llega gente.

(Entran Sí y No)

Claudia.- Son Sí y No… ¡hola!

Sí.- Hola, vaya la que organizaste el otro día, Claudia!

No.- No organizó nada, si no que lo lió todo, más bien.

Sí.- Es lo mismo.

No.- No, aunque sí que es igual.

Cecilio.- Vosotros debéis ser Sí y No. (Uno afirma y otro niega)

Sí.- Y tú eres Cecilio, el abuelo de Claudia.

No.- ¡No! Al revés: Claudia es la nieta de Cecilio.

Sí.- …¿tú crees?

No.- No, pero estoy casi convencido.

Sí.- Entonces te creo, pero tenemos que irnos, los dos Sabios os esperan.

(Se ponen en marcha)

Claudia.- Pero yo tengo que ver a Nicolás, se lo prometí.

No.- No creo que pueda ser.

Sí.- Sí, esa musaraña ya ha armado mucho lío, es mejor que no la vuelvas a ver.

No.- Además, los Sabios os esperan.

Claudia.- (Claudia se detiene) Pero yo no he venido para ver a esos Sabios, ¡yo he vuelto para ver a Nicolás!

No.- ¡¿No quieres ver a los Dos Sabios?! (Claudia hace un gesto de que le importa una higa ver a los Dos Sabios)

Sí.- Eso suena muy grave, ¿no?

No.- ¿Me dices a mí?

Cecilio.- No es que no quiera verlos (le da con el codo a Claudia como diciendo “déjame a mí”) Es que ella le prometió a Nicolás que volvería a verlo, y lo que uno promete ha de cumplirlo, aunque cumplirlo incumpla, parcialmente, la imparcial regla de los Sabios, ¿no os parece?

(Sí y No se miran confundidos)

No.- (A Sí) Tú primero…

Sí.- Yo pienso que se ha de cumplir lo que debe cumplirse, eso está claro.

No.- ¡No señor, Sí! ¡No hay que incumplir lo que no debe incumplirse! ¡Eso por encima de todo!

Cecilio.- Yo creo que Sí tiene razón…

No.- ¡En absoluto! Es importante cumplir, dice él, pero más importante es no incumplir, porque incumplir es más feo que cumplir…

Cecilio.- Ahí le has dado, No, y lo digo como un cumplido.

No.- (A Sí) ¿¡Ves!?

Sí.- ¡No veo nada! Lo que yo digo es que si incumpliendo eres feo y cumpliendo guapo, ¿qué es mejor, ser guapo o ser feo?

Cecilio.- Hombre, visto así, ¿no…?

No.- Yo no veo nada, y lo que creo es que Sí me está llamando feo…

(El abuelo le hace un gesto a Claudia de que le siga en silencio, y se va apartando con cuidado de los guías, que cada vez se enzarzan más en su discusión…)

Sí.- No digo que seas feo y lo cumplo, y por eso yo soy más guapo

No.- Pero incumples en llamarme guapo, por lo que yo cumplo llamándote adefesio.

Sí.- Los adefesios incumplen muchas reglas, ¿estas seguro de lo que dices?

No.- No es que esté seguro, es que no tengo dudas, querido Sí

Sí.- No soy tu querido Sí, si no que yo, No, te aprecio mucho…

(Durante toda esta discusión u otra similar, el abuelo saca una hoja de papel y escribe)

Claudia.- (En voz baja) ¿Qué haces abuelo?

Cecilio.- (Ídem) Les dejo una nota: “Volvemos enseguida y entonces os acompañaremos a ver a los Sabios. No os vayáis o, si decidís iros, esperadnos aquí”. Por si acaso, aunque yo creo que esos dos tienen para toda la tarde. Vamos…

(Cecilio y Claudia se alejan con sigilo, y los Monorranas desaparecen de la vista mientras siguen discutiendo).

 

Escena 11

( Abuelo y nieta caminan un pequeño trecho y se encuentran con Nicolás y el Pez-Tortuga)

Claudia.- ¡Nicolás!

Nicolás.- ¡Échale mojo! ¡Claudia! (Va corriendo hacia ellos) ¡Sabía que lo lograrías!

Claudia.- ¡Casi no lo consigo! ¡Honduras y Fragoso no querían dejarnos pasar! ¡Y Sí y No tampoco querían dejarnos ir!

Nicolás.- ¡Claro, se formó una buena cuando te fuiste!

Claudia.- ¡Pero ya estoy aquí!

Nicolás.- ¡Este es el pez-tortuga! ¡Te lo voy a presentar! (Ve al abuelo y se detiene, preocupado) ¿Y él quién es?

Claudia.- ¡Ah, es sólo mi abuelo Cecilio! Pero él no juega nunca conmigo, aunque hoy me ha ayudado para que pudiera venir a verte, ¿verdad, abuelo?

Cecilio.- Así es, me temo.

Claudia.- ¿No me vas a presentar al pez-tortuga, locopitres!?

Nicolás.- ¡Claro, majareta, ven, (se acercan hasta donde está la tortuga instalada, tomando el sol) esta es Tarajal, la tortuga más vieja y más lista del mundo!

Claudia.- Hola, Tarajal, yo soy Claudia.

Tarajal.- (Hablando muy lento) Encantada.

Nicolás.- Siempre habla así de lento.

Claudia.- (A Nicolás) Como mi abuelo, entonces (ambos se ríen).

Nicolás.- Y éste es Salobre, el compañero de Tarajal. (El pez que nada en el caparazón cóncavo de la tortuga saca su bigotuda cabeza y saluda)

Salobre.- Hola a toda la compañía, os invitaría a compartir mi alpiste, pero no creo que os guste mucho. (Se sumerge de nuevo)

Claudia.- ¡Ves como habla, abuelo!

Cecilio.- Alto y claro.

Claudia.- Es que mi abuelo decía que los peces no hablaban.

Salobre.- (Sacando la cabeza) Y no lo hacen fuera de esta isla, en eso lleva razón. ¡Ni aunque los pesquen! (Se sumerge)

Claudia.- ¿Ves, abuelo!? No hay que pescar a los peces.

Salobre.- (Sacando la cabeza) Eso no es verdad, Claudia, también nosotros nos comemos a otros peces…

Claudia.- Tú, además de alpiste, ¿comes a otros peces?

Salobre.- Si… (le hace un gesto a Claudia de que se acerque, Claudia apoya la mano sobre el borde del caparazón de Tarajal. Salobre sigue con misterio) Y a veces también comemos… ¡dedos! (y súbitamente hace como que le da un mordisco a la mano de Claudia. Ésta se lleva un susto morrocotudo)

Claudia.- ¡¡¡Aaah!!!

Salobre.- ¡Ha, ha, ha…!

Nicolás.- ¡¿Te ha mordido?!

Claudia.- No, ¡sólo me ha dado un susto!

Tarajal.- Salobre es un bromista.

Salobre.- Sí, a mí no me gustan los dedos de niño, pero tengo una prima que es piraña y le encantan los dedos gordos de los bañistas…

Tarajal.- Bueno, Nicolás, ¿por qué no vas y le enseñas la pared de las mil voces?

Nicolás.- ¡Sí! ¡Es un sitio increíble! ¿Vamos?

Claudia.- (Al abuelo) ¿Puedo?

Cecilio.- Ve con Nicolás, pero tened cuidado.

(Cecilio se sienta junto a Tarajal. Claudia y Nicolás se alejan.)

Cecilio.- Encantado de volver a verte, Tarajal. (…)

Tarajal.- Cuánto tiempo, Cecilio.

(La luz desaparece o se atenúa sobre ellos y sigue a Claudia y Nicolás, que van corriendo y jugando: Nicolás se sube a la cabeza de Claudia)

Nicolás.- ¡Con permiso! ¡Uy qué vistas que se ven desde aquí!

Claudia.- (Se detiene bruscamente y Nicolás se cae) ¡Ahora me toca a mí! (Claudia salta a su vez por encima de él y sale corriendo)

Nicolás.- (Sale tras ella y de un salto se le sube a la cintura) ¡Vas muy lenta! (Empieza a hacerle cosquillas y caen los dos al suelo y se hacen cosquillas mutuamente, jugando y riendo. Nicolás se zafa, porque las cosquillas le hacen morirse de risa y huye) ¡A ver si me coges tú!

(Claudia sale tras de Nicolás y en su persecución cruzan por delante del abuelo, que sentado, conversa con Tarajal y Salobre como viejos amigos. Claudia se detiene a mirarlos, extrañada. Ellos siguen con su charla sin reparar en ella.)

Tarajal.- Cada vez viene menos gente a San Borondón.

Salobre.- Prefieren Cancún.

Cecilio.- San Borondón también cambia.

(Nicolás se ha parado al ver que Claudia ya no le perseguía, y la llama).

Nicolás.- ¡Eh, Claudiola! ¡Estoy aquí! ¡Ña, ña, ñá, ña, ñá, ña!

Claudia.- ¡Te voy hacer cosquillas hasta que se te caigan los bigotes! (Siguen corriendo, se alejan. Claudia lo atrapa y vuelven a rodar por el suelo. Más risas.)

Nicolás.- ¡Espera, espera, espera! (Se levanta) Mira, esta es la pared de las mil voces. Verás: es algo increíble. (Nicolás grita) ¡Hola!

Eco, off.- ¡Hola, ola, ola…!

Claudia.- ¡Buáh! ¡Que tontería! Esto es sólo un eco y yo ya lo he visto mil veces. (Grita) ¡Soy el eco y soy tonto!

Eco, off.- ¡Más tonta eres tú, tonta eres tú, tonta eres tú…!

Nicolás.- (Se parte de risa) ¿Ves? Este no tiene nada de tonto.

Claudia.- (Sin creérselo aún, grita) ¿¡Qué has dicho?!

Eco, off.- ¡Que eres un bicho, eres un bicho, eres un bicho…!

Claudia.- ¡Es increíble! ¿Y si se le preguntan cosas responde?

Nicolás.- Depende de si está de buen humor o no, ahora no se si te querrá responder… oye, ¿por qué no le preguntas si te puedes quedar a vivir aquí conmigo en la isla?

Claudia.- ¿Tú querrías?

Nicolás.- Claro, nos lo íbamos a pasar muy bien juntos, ¿no quieres?

Claudia.- …Si… pero no se si mi madre me dejaría…

Nicolás.- Pregúntaselo…

Claudia.- Bueno: ¿¡dice Nicolás que si me puedo quedar en San Borondón?!

Eco, off.- ¡Qué tontorrón, que tontorrón, que tontorrón…!

(Claudia y Nicolás se miran sin saber cómo entender la cosa)

Claudia.- ¡¿Qué has querido decir?!

Eco, off.- ¡Que os tenéis que ir, os tenéis que ir, os tenéis que ir…!

Nicolás.- Yo creo que está de mal humor.

Claudia.­- Yo también. ¿¡Y no sería mejor que te vinieras tú a vivir conmigo a mi casa!? A mi madre no creo que le importara, ocupas poco.

Nicolás.- (Encantado con la idea) ¿¡Sí!? ¿¡Tú crees que podría!?

Claudia.- Yo creo que lo mejor es ir y preguntárselo al abuelo.

Nicolás.- ¡Vamos!

(Se acercan de nuevo al grupo de viejos, que siguen hablando)

Tarajal.- Pues no creas, que los Dos Sabios están pensando poner adsl en la isla.

Salobre.- Con conexión transoceánica.

Cecilio.- ¡Qué me dices!

(Claudia y Nicolás se acercan)

Claudia.- Abuelo, ¿tú crees que Nicolás podría venirse a vivir con nosotros a casa?

Cecilio.- Bueno, lo primero sería ver si Nicolás quiere.

Nicolás.- Sí, quiero.

Cecilio.- Lo segundo ver si tu madre quiere.

Claudia.- Bueno, si ella no quisiera, podría vivir en tu casa, ¿no? y yo iría a visitaros todos los días.

Cecilio.- Ah, caramba, veo que lo tienes todo pensado… (sin saber qué más decir)

Tarajal.- Pero lo tercero y más importante es que le preguntéis a los Dos Sabios si Nicolás puede salir de la isla, porque tal vez eso no sea posible.

Salobre.- Si, además, creo que llevan ya un buen rato esperándoos.

Cecilio.- Eso es cierto. (A Claudia) ¿Vamos a preguntárselo?

Claudia.- Si.

Cecilio.- En marcha, entonces. Adiós, Salobre…

Salobre.- Adiós.

Cecilio.- Adiós, Tarajal, ha sido un placer hablar contigo.

Tarajal.- Lo mismo digo. A ver si vuelves más a menudo.

Cecilio.- Adiós.

Tarajal.- Hasta pronto. (Viejo cabezota)

Claudia.- Adiós. (Se ponen los tres en marcha. El pez-tortuga desaparece)

Escena 12

Claudia.- ¿Tú qué crees que dirán los Dos Sabios?

Nicolás.- No lo se, a veces dicen cosas que no entiendo muy bien…

Claudia.- Como todos en esta isla.

Nicolás.- Pero todos respetan mucho lo que dicen.

Claudia.- ¿Y por qué son mitad árbol y mitad lagarto… es raro, ¿no?

Cecilio.- Es que los lagartos lo ven todo a ras de suelo, y los árboles tienen las copas muy altas.

Claudia.- ¿Y?

Nicolás.- Y eso. No se, se lo oí decir una vez a Honduras, la lechuza. No lo entiendo, pero como ella es sabia…

Claudia.- (A Nicolás) Mi abuelo debe ser un poco sabio también, porque a veces tampoco se le entiende nada…

(Llegan delante del Drago de dos cabezas. A Nicolás le impone un poco, y se esconde detrás de Claudia, que a su vez se esconde detrás de Cecilio)

Cecilio.- Buenas tardes, soy Cecilio, abuelo de Claudia.

(Las dos cabezas del Dragarto saludan)

Idaira.- Buenas tardes, yo soy Idaira.

Bentaor.- Y yo soy Bentaor. Os esperábamos.

Idaira.- Y desde hacía ya un tiempo, por cierto.

Cecilio.- Sí, os pido perdón, es culpa mía. Yo hice que nos desviáramos del camino que marcaban Si y No para que Claudia pudiera ver a Nicolás.

Bentaor.- Lo sabemos. Pero no vemos a Claudia.

(Claudia temerosamente se asoma hasta ponerse en frente de las dos cabezas, que le miran detenidamente)

Claudia.- Estoy aquí. Hola. (Las cabezas saludan)

Idaira.- Tampoco vemos a Nicolás, aunque sabemos que también está ahí.

(Nicolás se asoma también, con algo de temor)

Nicolás.- Hola.

Claudia.- Hemos venido para haceros una pregunta.

Cecilio.- (A Claudia) ¡Claudia, espera…!

Idaira.- (A Cecilio) No, déjale preguntar, ella es la que ha iniciado este viaje a San Borondón. ¿Qué pregunta es esa?

Claudia.- Queríamos saber si Nicolás se puede venir a vivir conmigo a mi casa.

(El Dragarto se agita y las dos cabezas conferencian una con otra)

Bentaor.- Tu pregunta nos confirma lo que ya imaginábamos, Claudia.

Idaira.- Hemos observado tus andanzas por la isla.

Bentaor.- Y ya sabemos cuál es el motivo de tu viaje a la isla.

Claudia.- Pero a mí eso no me interesa: lo que quiero es que Nicolás se venga conmigo, si puede ser…

Idaira.- Ya, pero todos vienen a San Borondón cuando necesitan algo que no tienen, aunque muchas veces no sepan lo que es.

Claudia.- Que ya lo se, pero eso no me interesa, con perdón, lo que yo quiero…

Bentaor.- ¡Claudia, no nos enfades! Las normas dicen que es al llegar aquí, junto a nosotros, cuando la gente comprende qué es lo no tiene, y tu…

Claudia.- Ya, pero…

Cecilio.- ¡Claudia, shh!

Idaira.- ¡Y tú, pequeña e impaciente Claudia, lo que más necesitas es un amigo!

Bentaor.- Aunque sea pequeño, pero amigo.

Claudia.- ¡Nos ha fastidiado! ¡Eso es lo que yo decía! ¡Y como ahora ya tengo a Nicolás por eso quería que se viniera a casa conmigo! Para estar juntos. ¿Puede?

Nicolás.- Es cierto, yo pienso igual. Yo quiero ir.

(Ambas cabezas conferencian durante unos instantes)

Claudia.- Estos sabios le dan muchas vueltas a todo, ¿no?

Nicolás.- Un poco.

Bentaor.- Lo que nos pedís es, por desgracia, imposible.

Claudia.- ¿Por qué?!

Idaira.- Los que nos visitáis venís sólo de paso, San Borondón es un sueño que existe mientras estáis aquí, y luego se desvanece hasta que lo necesitáis de nuevo.

Bentaor.- Y los que vivimos en esta isla no podemos vivir fuera de ella.

Nicolás.- ¡Pero eso no es justo! ¡Yo quiero ir!

Idaira.- Es imposible, Nicolás, y no depende de nosotros.

Nicolás.- ¡Eso no es justo! (Nicolás sale corriendo y desaparece)

Idaira.- ¡Espera, Nicolás…!

Bentaor.- (A Idaira) Dentro de un tiempo lo entenderá…

Cecilio.- Voy a buscarle (Sale corriendo detrás de la musaraña)

Claudia.- Pero, entonces, al menos… ¿podré venir a verle?

Bentaor.- No lo se. Una vez que has venido no se puede volver hasta que pasa un tiempo.

Idaira.- Y volver a San Borondón dentro de unos años no te será nada fácil. A tu abuelo le ha costado mucho.

Bentaor.- Sin embargo ahora que sabes qué es lo que te falta, podrás encontrarlo, tal vez no esté tan lejos.

(Vuelve Cecilio, con la mano en la espalda)

Cecilio.- Ay, mi hernia, esa musaraña corre demasiado. (A Claudia) No ha habido manera, se ha ido.

Idaira.- Y vosotros también debéis iros.

Bentaor.- Mucha suerte, pequeña Claudia.

Claudia.- Pero yo quiero quedarme…

Cecilio.- Dame la mano.

Claudia.- ¡Nicolás! (Intenta salir corriendo. Cecilio la abraza) ¡No quiero irme!

Bentaor e Idaira.- Que encuentres tú también lo que buscas, Cecilio…

(La luz baja, el bote vuelve a cruzar con los dos pequeños títeres).

 

Escena 13

(Vuelve la luz real y abuelo y nieta reaparecen en el bote tras el embarcadero. Ya anochece)

Claudia.- (Está llorando) No-o es justo… Tiene razón Nicolá-as. El está sólo, y… y…

Cecilio.- ¿Y tú también, quieres decir, Claudia?

Claudia.- Y… para qué encuentro un a-amigo si luego no-o puedo estar con él… vaya po-orquería de isla, ¿no-o?

Nicolás(Marioneta).- (De algún lugar escondido Cecilio hace aparecer a Nicolás, y lo acciona él, hablando con la voz de la propia musaraña) Corchopópolis, qué sitio tan raro, huele distinto, pero también a mar…

Claudia.- ¡¿Nicolás!?

Nicolás(M).- ¡Claudia!!

Claudia.- ¡Nicolás! (Se abalanza sobre él y le abraza fuerte)

Nicolás(M).- ¿Pero qué te pasa, locapitres!? ¿Has estado llorando?

Claudia.- ¿Pero cómo te han dejado salir de la isla?

Nicolás(M).- No me han dejado, pero el viejo este tiene unos bolsillos muy grandes, pero creo a condición de vivir en la casa de tu abuelo, y no contigo, me dejarán quedarme, al menos por un tiempo.

Claudia.- ¡Abuelo!

Cecilio.- Me temo que ahora vas a tener que venir a verme más a menudo…

Nicolás(M).- (A Cecilio) ¿Voy a tener que vivir contigo? (A Claudia, en voz baja) ¿Pero la casa del viejo Cecilio debe ser muy aburrida, no?

Claudia.- ¡Bueno…! Lo malo es cuando le da por pescar.

Nicolás(M).- ¿Ah, si? Ya le enseñaré yo una forma divertida de pescar. Y a ti también, si quieres.

Claudia.- ¿Cual?

Nicolás(M).- La pesca submarina.

Claudia.- ¿Sí?

Nicolás(M).- Si. Y espero que me enseñaréis bien toda la isla.

Claudia.- (Al abuelo) ¿Si…?

Cecilio.- Claro, lo llevaremos de visita a muchos sitios.

(Se oye llegar a la madre, ruido del coche, y luz de los faros)

Claudia.- ¡Mamá! ¡Es mamá! (Sale corriendo) ¡Mamá, tienes que conocer a Nicolás! ¡Y el abuelo, bueno…! ¡Si supieras todo lo que ha pasado!

Cecilio.- Y tú qué dices, Nicolás, ¿San Borondón existe?

Nicolás(M).- ¡Pero bueno…! ¿Tú qué crees?

(El abuelo se dirige a donde antes escondió sus cañas, las saca y sale mientras le explica a Nicolás cómo se pesca. Claudia reaparece junto al público, como al inicio de la función)

 

Claudia.- Y así fue como en aquella isla me hice amiga de mi abuelo Cecilio, y de Nicolás… y de las musarañas en general, e incluso me empezó a gustar ir de pesca con mi abuelo, sobre todo buceando, aunque aún ahora me siguen dando pena los peces. Y por eso a veces me subo en los botes varados, a la caída de la tarde, cuando se encienden los faros, y pienso en la isla de San Borondón.

(Mientras la luz baja vemos sobre el ciclorama, en un pequeño círculo como un faro, vemos las sombras de Si y a No discutiendo…)

Sí.- Sí, mi querido No, yo nunca he tenido la razón.

No.- Pues yo tampoco, querido Sí.

Sí.- No, No, tú eras el que tenía la razón.

No.- No, eras tú.

Sí.- Eras tú.

No.- No, mi razón siempre será la tuya.

Sí.- No, igual que yo, pero tú, con tal de llevarme la contraria…

(Y el círculo se cierra sobre la palabra FIN)


 


Texto del autor de la obra ante el pedido, una vez,

de un texto, dirigido a los profesores, para una ficha pedagógica.

Hasta hoy en mi experiencia vital siempre he catalogado el verbo soñar como verbo bueno. Sin embargo ha habido algunas veces en que me he descubierto, en cierto modo, paralizado por esos sueños. En algunos momentos mis sueños han servido de vía de escape ante problemas de la vida que requerían una acción práctica, una toma de decisiones complicada o cuya solución entrañaba enfrentarme a una situación de conflicto con otros seres humanos.

Por otro lado siempre he pensado que hay sueños y sueños. Hay fantasías que expresan o simbolizan procesos mentales positivos -como la curiosidad, el espíritu de colaboración humano, la competencia con uno mismo que no nace de una baja autoestima-, y que pueden conducir a la acción y a la mejor comprensión del entorno. Y hay otros sueños que representan la huída, el miedo a lo desconocido o a lo amenazante y que conducen al retraimiento y la inhibición.

Y yo diría que esta bipolaridad de la fantasía humana se aplica tanto al ser humano individual como al social. Hay fantasías sociales positivas y negativas, aunque es muy difícil, en el complejo entramado del imaginario de una sociedad, deslindar los elementos positivos de los negativos en las formulaciones que nos explican el mundo. Esto es especialmente interesante referido a las leyendas y mitos que toda sociedad atesora en su acervo cultural, desde los grandes corpus legendarios que dan origen a las religiones hasta las leyendas e historias propias de la literatura, específicamente infantil o no. Pero también tenemos ejemplos más cercanos, como la reciente tendencia al resurgimiento de sectas y seudo religiones o las periódicas inflaciones de temas ocultistas y esotéricos que experimenta nuestra sociedad.

Podríamos, desde luego, plantearnos incluso si es posible -o deseable- la disección fina de elementos teóricamente positivos y teóricamente negativos en las leyendas y creencias humanas. O si más bien tal disección es imposible, pues supondría diseccionar y separar los elementos fundamentales de la misma naturaleza humana. O si, aunque sea imposible, forma parte de esa naturaleza humana el intentarlo. Pero en cualquier caso este no es el tema de la obra teatral que nos ocupa.

La isla de San Borondón habla de la utopía, entendiendo la utopía como una forma de fantasía -sobre todo social, aunque no únicamente- que atesora elementos que se han configurado como positivos en el imaginario colectivo de una sociedad: el equilibrio en la igualdad de todos sus integrantes, la ayuda mutua, el fin del miedo, de la soledad, la satisfacción de la curiosidad (el saber), la realización del propio yo, en términos de poder simbólico, etc., etc. Pero también habla de la dificultad de un abuelo en acordar con su nieta qué es utopía y qué es realidad. De la dificultad de transmitir las utopías de una generación a otra. De hasta dónde creer. Y de hasta donde jugar. Porque la creencia compartida es la base del juego, y el juego es una de las principales armas de aprendizaje y socialización del niño (y del adulto).

Sinopsis de la obra

El abuelo Cecilio no sabe cómo explicarle a su nieta Claudia que la mágica isla de San Borondón es sólo una hermosa utopía, aunque ella afirma haberla visitado. Tampoco sabe muy bien cómo transmitirle qué es una utopía. Realmente el abuelo Cecilio no sabe hablar ni jugar con su nieta, ni ella con él, porque nunca han aprendido a hacerlo.

Sin embargo, hoy, Cecilio se decide a acompañarla en su viaje a la isla, para ayudarla a encontrar -entre otros muchos fantásticos personajes- a la musaraña Nicolás, el único amigo de la solitaria niña. ¿Qué ha ocurrido? ¿Será que han aprendido a soñar juntos? ¿O será que, después de todo, San Borondón existe…?

La isla de San Borondón es, para toda la familia, un viaje al mismo tiempo fantástico y real. Un viaje iniciático de una niña y un adulto que encuentran, en el mito de la octava isla canaria y en su peculiar y humorística fauna, pedazos de vida que aún nos siguen haciendo falta en esta época nuestra tan fascinante, tan tecnológica y tan apresurada.

En mi visión de la obra uno de los conflictos fundamentales es el del abuelo, que -aparte de no saber jugar con su nieta, o tal vez justamente por ello- no puede aceptar dar como verdadera una leyenda que él sabe positivamente que es sólo una leyenda.

Sin embargo el conflicto se resuelve a través de la propia inmersión del abuelo en ese juego-fantasía, con lo que él recupera una relación afectiva que en el fondo añoraba (la relación con su nieta) y a la vez le da a ella lo que esta andaba buscando: un amigo y compañero de juegos. Y al mismo tiempo comprende, o más bien recuerda, que el aprendizaje infantil -como posiblemente el mismo pensamiento humano- nace de, o, al menos, necesita de una suficiente atención afectiva.

A Claudia, como niña que es, no le plantea ningún problema conciliar el juego fantástico con la realidad. Ella sabe en todo momento que está jugando: lo que quiere es alguien que juegue con ella. Su problema es el de la soledad de una hija única e introvertida. Sin embargo, en el fondo, detecta que lo maravilloso que está sucediendo no es el hallazgo de la Isla de San Borondón, algo que no es importante porque no es real, si no que por primera vez ha encontrado a un compañero de juegos en su abuelo.

En la obra hay también otros personajes que pueden dar pie a reflexiones secundarias, como la de la relación con los animales y el medio, la integración de lo diferente o el juego verbal lógico -para niños más mayores- entre los monos Sí y No.

De cualquier forma espero no haber escrito una obra didáctica, ni creo que deba ser entendida como tal. Sin duda será mucho más interesante observar las diversas interpretaciones y sugerencias que provoque en los espectadores, tanto grandes como pequeños.

Julio Salvatierra

[1] Los textos (entre paréntesis y cursiva) indican más o menos el gesto que tiene que hacer el abuelo.

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