Reseña de «La era de la revancha», de Andrea Rizzi (ensayo)

Para Rizzi, a la revancha, en cuya época estamos entrando, la definen dos cosas fundamentalmente: el nuevo equilibrio geopolítico y la vuelta de los populismos nacionalistas occidentales que ya creíamos superados. El cambio de eje geopolítico vas más allá, según el autor, del posible movimiento de los marcos geográficos de poder e influencia mundial: se trataría de un cambio de valores que buscar sepultar “el universalismo” de los derechos humanos y la democracia en favor de la reinstauración de las soberanías estatales como centro absoluto de las relaciones y del derecho internacional.

El autor es consciente de que el orden mundial que pretenderían impugnar los regímenes autoritarios (China, Rusia, Corea del Norte, Irán, Bielorrusia…) es un orden “profundamente defectuoso bajo el cual se han cometido abusos atroces”. No obstante considera que el posible giro dominante de China y Rusia es una amenaza escalofriante para los derechos humanos y la democracia a nivel global.

Junto a este cambio de eje geopolítico, en Occidente sufrimos una oleada de movimientos que no ocultan su “desprecio por las instituciones democráticas y una reactividad agresiva ante las profundas injusticias, reales o imaginarias, del sistema actual”.  Obviamente, Donald Trump encabeza la lista de estos procesos, pero dicha lista es larga.

Ambos elementos están relacionados y su génesis ha sido paulatina. Pero destaca dos elementos. El primero es la globalización, con su  Gran Convergencia a nivel internacional-geopolítico[1] y con el aumento de la desigualdad interna en países desarrollados, que ha provocado una precarización de las clases medias, en la que intervienen la presión fiscal y la deslocalización industrial con pérdida y abaratamiento del empleo. El segundo es la revolución tecnológica, que aumenta aún más la pérdida de empleo, por un lado, y provoca el surgimiento de nuevos poderes mediáticos, por otro. Las grandes empresas y conglomerados tecnológicos, en un momento de crecimiento descontrolado y falto de regulación, proporcionan un entorno propicio para el avance del populismo, así como de la vigilancia masiva y las posibilidades de manipulación.

Rizzi desarrolla con fluidez todos estos elementos, poniéndolos en relación con los instintos básicos del hombre, a partir de las palabras de Dante en su Divina Comedia y también de las reflexiones de Ítalo Calvino en su Ciudades Invisibles (reconozco que con esto me ha ganado, Calvino es uno de mis referentes). Y relaciona todo ello también con la reciente historia mundial y el anhelo de pasados supuestamente gloriosos: el siglo XX fue “el siglo de la humillación” china; en los 90 se produjo la pérdida del imperio de la URSS. Incluso el lema de Trump, ante la sensación de pérdida de su hegemonía, es make America big again.

El análisis comienza en 2001, fecha en la que ocurren diversos hechos significativos: la resaca estadounidense por los atentados de las Torres Gemelas; la entrada de China en la OMC; la quiebra del gigante energético Enron, que anuncia la próxima crisis del 2008, paradigma de un capitalismo desregulado y fuera de control; la retirada de Bush del tratado de misiles Antibalísticos y la hegemonía incontrolada de EEUU, que comienza una ruptura desigual, y humillante a los ojos de la antigua gran potencia rival, Rusia.

A partir de ese momento propone que el péndulo de la historia comienza su retorno a una era en la que el autoritarismo de las potencias asiáticas puede llegar a encontrar sintonía ideológica, paradójicamente, en el ultra conservadurismo nacionalista occidental.

Todo el ensayo está dedicado al análisis de esta situación y se divide en tres partes. La primera analiza los problemas y responsabilidades occidentales. En la segunda, las reivindicaciones de oriente, fundamentalmente China, Rusia y Oriente Próximo. Y en la tercera, los anhelos de un sur global: India, América Latina y África.

Aportando abundante información y un análisis que intenta no ser demasiado conformista con el falso paradigma del Occidente bueno, señala los peligros y las dificultades a las que nos enfrentamos en esta época, en la que fuerzas muy poderosas amenazan de nuevo un pensamiento demócrata y universalista, provocando una verdadera metamorfosis internacional, nacional e individual.

Dentro de una visión realista, y por tanto inquietante, el ensayo acaba llamando a la búsqueda del cuarto punto cardinal faltante: un norte moral que nos ayude a ser conscientes y a combatir la polarización inherente al concepto de revancha. Tanto a nivel internacional, preservando el multilateralismo; como a niveles individual y nacional, luchando contra el partidismo, la desinformación y la intoxicación ventajista de la vida pública. Nos anima a evitar los cierres de filas, las líneas rojas y a espolear el debate crítico. Huyendo, eso sí, del conformismo, el nihilismo y la indiferencia. Se trata de cultivar un pensamiento magnánimo, muy alejado de la pusilanimidad y de la desafección.

Me ha parecido un libro brillante, interesante, culto y cautivador para los que busquen entender el presente. Quizás idealista en esa llamada a la acción individual. Pero posiblemente certero en su absoluta necesidad.

Una última reflexión personal

Sin llegar al grado de opinión, solo al de intuición vagamente informada, yo haría una reserva en cuanto a la identificación de China con Rusia, que en cierto modo en el libro son vistos como elementos parejos de una misma amenaza. El autor sabe que son distintos, por supuesto, pero quizás por una lógica de bloques, tiende a equiparar sus intereses y posibles comportamientos, a raíz de los encuentros y sinergias recientes de Putin y Xi. Pero al igual que con la India, China, aunque amiga, es también competidora de Rusia a nivel de potencia regional. Quizás el escenario sea distinto al que protagonizó EEUU tras la segunda guerra mundial, potencia que geográficamente apenas tenía fronteras terrestre compartidas salvo con Canadá y México, que no eran rivales. Quizás a China le interese, en su necesario pivotamiento regional, hacer valer su apoyo (y su comercio, no lo olvidemos) con el resto del mundo, incluyendo el occidente desarrollado. En ese equilibrio que China debe alcanzar (externo e interno) la proximidad de gigantes como Rusia o India, plantean un escenario mucho más dudoso en cuanto a la dirección de su acción política. Por otro lado, la política exterior china, ha sido muy diferente de la occidental a lo largo de la historia. Quizás ese sentimiento secular de «no necesitar al resto de países» permita el desarrollo –en el mundo– de nuevas formas de hegemonía comercial o económica que puedan distanciarse del poderío militar violento. Posiblemente es más un deseo que otra cosa. Aunque los ciclos históricos y los movimientos pendulares son realidades detectables, tampoco deja de ser cierto que el tiempo es un vector histórico de sentido único. Nada está escrito y el establecimiento de buenas relaciones basadas en la lealtad y el mutuo beneficio con China u otros países emergentes, cuestionadores de la hegemonía del Tío Sam, no tiene por qué ser moralmente más reprobable o problemático que la relaciones establecidas en su día, como el propio Rizzi señala, con el EEUU que apoyó a Videla, a Pinochet, que invadió Vietnam, Afganistán o Irak, con tan deplorables resultados. La política exterior occidental no ha sido nunca, por desgracia, un buen ejemplo a seguir.


[1] La Gran Divergencia es como se conoce al proceso histórico, a partir de la Revolución Industrial, donde Europa y Norteamérica se distanciaron a nivel de poder e influencia con el resto del mundo, especialmente Asia.

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