Es necesaria la desgana
la pereza,
el tirarse así
como una almohada,
o como un fardo
sobre la cama
y que el futuro se te atonte
y se te duerma…
para que los ojos se abran,
y desde la neblina
de la idiotez profunda
en que vivimos realmente,
ver la luz que, a veces,
como un rayo se abre paso entre las nubes.
Comprender, justamente,
que toda la limpidez
que anuncia la mañana
viene del lóbrego cielo previamente,
de las horas sucias trituradas por los humos
y los retazos del tiempo malvendido,
en los que el corazón
no llegó a ver las pantorrillas
de la vida,
que cruzaban deprisa
el umbral de la puerta que da al campo.
Desde esta horizontal así
tendida,
puedo ganarle en ronroneidad al gato
y desbordarme más que el mar
sin miedo a que mi humedad
te sepa a frío.
Puedo divagar mil formas de la nube rocío
e impregnarte
sin miedo a que el jadeo suene a cosa fea.
Puedo ser fluido seco y peludo como manta,
para envolverte en el color naranja
de ese momento del otoño
en la ventana,
donde todo es como debiera.
De ese momento en el que estamos
siempre, tú y yo,
a poco que rasquemos el verano, el invierno, la primavera.

Como necesito algo de calma en una época agitada, rescato un poema antiguo en donde se añora la contemplación, la pausa, la pereza. Esos momentos en que la inacción nos permite descubrir la realidad de saber cuánto llevamos dentro.