Este verano (agosto 2025) he podido viajar a Groenlandia. Las razones del viaje serían largas de contar y no es el lugar. Pero lo que importa es que me he enamorado de este dificilísimo país. Sus más de dos millones de kilómetros cuadrados de los que el 80% está cubierto por el hielo, solo dejan un ribete de tierra rocosa en todo su perímetro, con una orografía de mil demonios. O de mil ángeles, para los que nos gusta la naturaleza, el hielo, los fiordos y los caminos que dejan huella en el recuerdo y en el alma. En otro momento tendré que escribir sobre esta increíble geografía que nos enfrenta a la realidad última de planeta –como cuerpo astronómico– que a veces olvidamos que define a nuestro hogar, esta Tierra tan sufrida y tan maravillosa.
Ahora solo quiero hablar de las Tierras Raras, ya que las salidas de madre de Donald Trump las han puesto sobre la mesa. Las Tierras Raras propiamente dichas son un grupo de metales como el Escandio, el Itrio, y aquellos que en la Tabla Periódica se encuentran en el grupo de los lantánidos. Pero realmente lo que la Administración Trump, la Comisión Europea, y cualquier gobierno de un país con un mínimo peso geoestratégico denomina Materias Primas Críticas (CRM, in english), engloban a las Tierras Raras y a bastantes más elementos químicos, minerales o materiales. La lista de ellos, para Europa, está aquí. El número 14 de esos materiales, que son cuellos de botella para las industrias actuales, es el Galio. Los últimos informes de varias influyentes empresas dedicadas a la prospeción minera y geológica han mejorado MUCHO las expectativas de hallarlos en cantidad en Groenlandia. De ahí el interés norteamericano, que se suma al hecho de que el gran productor actual de Tierras Raras y de muchas otras CRI, es China. País que, de hecho y sin las alharacas mediáticas que le encantan al rubio con cara de hamburguesa, también está intentando aumentar sus influencias económicas en Groenlandia.
En el caso groenlandés no solo cuenta la posible riqueza minera en CRI (algunos informes señalan que podría igualar a la de China), sino la particular política del gobierno de la isla en los últimos años. Con sus apenas 500.000 habitantes y un entorno natural difícil de entender para los que vivimos cómodamente en las zonas templadas del planeta, Groenlandia no parece tener demasiado interés en convertirse en una potencia minera. Ya lo demostró hace unos años, prohibiendo las extracciones de uranio, del que también es rica.
Y es perfectamente comprensible para el que conozca el país, ya que la minería, que debería primero eliminar el hielo para llegar a las rocas donde se oculta la riqueza, devastaría amplias zonas de un ecosistema único en el mundo. Por no hablar de los hábitos y la cultura local.
También es verdad, como argumento opuesto, que Groenlandia es uno de los países más caros que existen, ya que (casi) todo debe traerse por avión o por barco, y también existe una cierta opinión interna a favor de un desarrollismo más acentuado. Pero entendamos bien de qué desarrollo estamos hablando: no nos referimos a campos de golf y elegantes áreas urbanas. La carretera más larga que existe en Groenlandia tiene 4 kilómetros, y la construyeron los estadounidenses durante la segunda guerra mundial para comunicar su aeropuerto de apoyo a las tropas de Normandía, con el hospital de campaña que también construyeron allí (y que luego desmantelaron hasta los cimientos). Hoy por hoy está abandonda, es poco transitable y apenas la usan las dos empresas de viajes de aventuras, para acercar a los aventureros a las cabeceras de algunos trekkings memorables (todavía, a pesar del ritmo galopante de retroceso de los glaciares).
No deja de ser una paradójica contradicción que la necesidad humana de encontrar Tierras Raras vaya a contribuir a la destrucción de Tierras Extraordinarias, como es este país. A no ser que encontremos la manera de hacerlo de una forma menos destructiva. O encontremos estos materiales en otra parte: en otro planeta.
«El panorama que trazó el profesor era como su cara, deprimente. La crisis de los minerales, iniciada en el siglo XXI por las tecnologías electrónica, magnética y de semiconductores empeoraba, a pesar del férreo reciclaje que imponía United World. Las reservas se agotaban y comenzaba a ser más rentable su búsqueda en el sistema solar. Según Kimleyson, todo dependía de eso: la medicina, las comunicaciones, la carrera espacial… La misma energía de fusión, que había traído un nivel inédito de bienestar, necesitaba de varios metales raros. La única esperanza, según él, eran los satélites y los cinturones de asteroides, así como los planetas rocosos: Mercurio, Venus, Marte.
—Nuestra principal misión es hacer viables esos recursos. No hay nada más importante. —Demian levantó la mano ante la desesperación de Fernán.»…
Extracto de «El mundo de las seis ruedas», de Julio Salvatierra, escrito en 2020, publicado en noviembre 2025










