La primera palabra

 

Ciertas teorías acerca de la estructura molecular de la materia señalan marcadas coincidencias entre la ordenación atómica de las moléculas constitutivas de la materia orgánica y determinados patrones repetitivos que se hallan en el origen fonético de los lenguajes animales. Tanto es así que Sir Henry Percival, Ph.D., llega a afirmar que, una vez formado el átomo del carbono, la aparición del lenguaje era sólo cuestión de tiempo.

Desde luego en aquellos momentos nadie pensaba en perder el tiempo charlando, preocupados como estábamos en esquivar los plegamientos del carbonífero. Nos llegaban noticias terribles de familias enteras desaparecidas de la noche a la mañana. Incluso de regiones completas que, de un día para otro, ya no estaban. Ibas a buscarles a la llanura donde vivían desde hacía generaciones, y ya no había llanura. En su lugar te encontrabas con el Himalaya y un corro de lugareños con la boca abierta, mirándolo; y de la familia, claro, vaya usted a saber, porque los sherpas aún no habían hecho su aparición y nadie se atrevía a ir a buscarlos. O viceversa: montañeses de toda la vida que de repente se despertaban flotando en medio del océano, con su montaña sumergida a cuatro mil metros por debajo de ellos, y sin sextante. Sólo los vascos estaban tan tranquilos porque, aunque su región también subía y bajaba como una montaña rusa, ellos se habían agarrado a las peñas con uñas y dientes y no las soltaban ni un momento, ni dejaron que se hundiera en el mar, como estuvo a punto de suceder, aunque todavía nadie sabe cómo lo hicieron. Pero los vascos ya venían siendo caso aparte desde el Precámbrico.

El caso es, como decía, que no eran momentos como para pensar en ponerse a conversar porque, además, en las breves pausas que nos dejaban los plegamientos había que ocuparse de la explosión demográfica. A cada momento surgían nuevas especies, cada una más diferente que la otra. Donde antes había aletas ahora eran alas, o manos, o anillos o colas o patas. Como ustedes comprenderán, y dado que el lenguaje no existía, teníamos que comunicarnos por gestos y todos estos cambios súbitos de anatomía no ayudaban en nada. De hecho antes he contado que nos llegaban las noticias más terribles desde las cuatro esquinas del mundo, pero ya se imaginarán que para enterarnos de que algo había sucedido tenía que llegar hasta nuestra casa algún testigo directo del hecho para contarlo. O, al menos, alguien que hubiera visto el relato gestual de lo ocurrido, realizado bien por un testigo directo o bien por alguien que a su vez lo hubiera visto contar a otro, y así sucesivamente.

Pero claro, el lenguaje gestual tenía sus limitaciones, y más con aquel paisanaje. Imagínense a un plantígrado bilateral intentando transmitir lo que hubiera buenamente entendido del relato de un molusco radiado… Efectivamente, no era fácil. Aunque hay que admitir que entonces la gente tenía mucha mejor voluntad que ahora, y se esforzaba, de modo que las sesiones de transmisión de noticias duraban hasta altas horas de la madrugada. Y aunque al final a menudo nadie se enteraba de nada, la verdad es que nos lo pasábamos bien y también se favorecía la explosión demográfica, cosa que en el fondo a todos nos gustaba, aunque nos preocupase un poco que las cosas fueran demasiado rápido.

En honor a la verdad, hay que decir que también había sesiones de noticias que no resultaban tan amistosas, dado el aspecto a veces inesperado y sorprendente, o incluso terrorífico, que podían adoptar los mensajeros que pasaban por casa contando los últimos chismes. Recuerdo el relato que un tiranosaurio rex -al que veíamos por primera vez- intentó hacer de lo que yo entendí que fue el hundimiento de la Fosa de las Marianas, un acontecimiento ciertamente dramático. Todos mis primos y la mayoría de mis vecinos huyeron aterrorizados en cuanto el relator empezó a gesticular.

Con todo esto, comprenderán que, en el fondo, la idea que nos hacíamos de lo que estaba pasando en el mundo era bastante imprecisa, pero, como por un lado no éramos conscientes de ello y, por el otro, teníamos todo el tiempo ocupado intentando comprender lo que se nos decía por gestos, no le dábamos mayor importancia, aunque evidentemente todo esto tenía consecuencias en la supervivencia de las familias. En más de una ocasión poblaciones enteras fueron enterradas bajo un geosinclinal mientras intentaban comprender lo que el vecino les decía por gestos, y que era justamente que huyeran porque el plegamiento estaba al caer, nunca mejor dicho.

Pero así estaban todas las cosas en aquella época, encerradas en ese mutismo misterioso, y en cierto modo mágico, hasta que llegó Carlota.

Carlota era hija de una espécimen muy particular (paleontólogos hubo, luego, que incluso les atribuyeron genes vascos, pero nunca quedó claro), representante de una de aquellas nuevas especies que no paraban de brotar por todos lados, sorprendiéndonos a todos con sus nuevos y a veces impresionantes aspectos. En esto de las mutaciones no había reglas y en aquella época la naturaleza ensayaba los diseños más inverosímiles sin cortarse ni un pelo. Pero como todo el mundo estaba al corriente, nadie se extrañaba de ver las pintas de los nuevos moradores que iban colonizando el planeta. Aunque también hay que decir que muchos de estos nuevos diseños eran efímeros y no duraban más que unas pocas generaciones antes de extinguirse o de mutar en otros nuevos, sin que nadie nunca acertara a predecir con excesiva exactitud lo que iba a pasar. Imagínense la de apuestas que se cruzaron en aquella época. Todo el mundo se las daba de experto: este sí que sí, se oía decir, con gestos de suficiencia, cada dos por tres. O bien: las lleva claras, este, ni de coña. Pero la verdad es que casi siempre fallaban las predicciones. Había diseños por los que nadie daba un duro y que hoy todavía andan por ahí, y diseños a los que todos consideraban perfectos y que se extinguieron antes de decir amén.

Sin embargo el aspecto de la madre de Carlota, y el de Carlota misma, era un aspecto controvertido. Esto no quiere decir que fuera un mal aspecto, ni mucho menos. En general todo el mundo las consideraba unos prototipos elegantes, incluso sofisticados, y alababan su equilibrio morfológico general y una cierta armonía primordial que emanaba de la totalidad de ellas mismas, globalmente consideradas.

Pero la cuestión era justamente que la particularidad que más apreciaban los partidarios de esta nueva especie, de las cuales ellas dos (y Paulo) eran los primeros ejemplares conocidos -o por lo menos de los que nosotros tuviéramos constancia-, era una especie de suavidad natural, una capacidad como de estar sin haberse puesto, como de ser llamativas sin llamar para nada la atención. Es decir, en una época de agitación y cambios bruscos donde, de un padre con agallas te aparecía un anfibio pulmonado, así, de sopetón, ellas representaban, en cierto modo, la superioridad del fondo frente a la forma, la continuidad (no se sabía bien de qué, pero no importaba), el savoir-faire, por decirlo así, en un mundo en el que aún no se sabía hacer casi nada.

Pero claro, esta característica era demasiado sutil, demasiado poco llamativa (aparentemente), para ser apreciada por todo el mundo y por ello las opiniones del vecindario se dividieron rápidamente en dos bandos: los seguidores acérrimos –¡son la simplicidad, la esencia!– y los detractores a muerte –¡son un bluf, no tienen garra! Los primeros opinaban que era justamente la ausencia de crestas, de plumíferos collares, de excrecencias sorprendentes lo que las dotaba de una hipnótica estampa, mientras que los segundos, quizás más conservadores, veían en este despojamiento la renuncia a un mundo donde el gesto y lo visualmente llamativo representaban la riqueza.

Yo debo confesar que desde el inicio milité sin reservas en el primero de los grupos. Desde el momento en que vi por primera vez aparecer a la madre de Carlota por detrás de unos frondosos helechos sentí un cosquilleo que me erizó todas las escamas del lomo -¡era tan diferente, y a la vez tan cercana! Desde aquel momento confieso que me sentí hipnotizado por aquella manera suya de dar el todo con nada, por aquella levedad profunda, por aquel continuismo revolucionario.

A pesar de toda aquella división de opiniones, nuestro vecindario era un vecindario tranquilo, donde las familias se toleraban bajo la máxima universal del yo no quiero líos, y se dejaban vivir mutuamente sin demasiados roces, salvo los habituales, así que la madre de Carlota se instaló en las inmediaciones, en un prado verde y, al día siguiente, cuando comprobó que el vecindario era bastante pacífico, trajo a su progenie, formada por dos jovencísimos ejemplares, un varón algo mayor, al que, creo que lo dije antes, llamaba Paulo, y por la propia Carlota.

Siempre que podía me escapaba de mi charca -en la medida en que mis responsabilidades me lo permitían- y me acercaba a mirar lo que hacían. Para disimular, normalmente entablaba conversación, por gestos, naturalmente, y les contaba las últimas noticias que habíamos recibido, con algún retraso, sobre la preocupante orogénesis herciniana o la subducción de la placa arábiga. Creo que me entendían bastante bien -en aquella época me preciaba de mis talentos gesticulatorios- y me esforzaba en ser claro, a la par que ameno y simpático. La madre correspondía a mi charla de una forma amable, y en algún momento me pareció notar que hasta cariñosa, lo que me llenaba de felicidad, aunque en general era de naturaleza más bien reservada. El único que era algo más parlanchín -siempre por gestos- era Paulo, aunque debido a su corta edad las conversaciones que se podían mantener con él tampoco eran demasiado profundas.

Sin embargo, cuando hablaba con ellos la que me inquietaba, y a la vez me fascinaba, era Carlota. Ya tenía la edad en que otros críos se lanzaban a gesticular como locos, probando este o aquél movimiento, un determinado vaivén con la patita, una cierta inclinación de cabeza. Pero ella nada. Cuando le gesticulabas algo te miraba muy seria, con gesto de comprenderte aún más de lo que tú te comprendías a ti mismo, es decir, como si fuera mucho más allá que tú y estuviera pensando pero ¿no te das cuenta de que lo que acabas de decir cae por su propio peso, alma de cántaro? Debo confesar que me tenía fascinado, aunque intuyo que esta fascinación tenía también que ver con otra de otra índole que empezaba a sentir por su madre.

Pero el caso es que, siendo un vecindario comunicativo -por desgracia debo admitir que en determinados momentos se le podría incluso aplicar el calificativo de chismoso-, y siendo los recién llegados en cierta forma tan notables (ya que fue a partir entonces cuando el debate entre la levedad y la gravedad adquirió proporciones serias), era inevitable que se suscitaran verdaderas corrientes de opinión en torno al más nimio de los detalles que rodeaban a esta familia.

Así, para los detractores, la tardanza en la gesticulación comunicativa de Carlota indicaba, sin duda, que la mutación que había dado lugar a aquella familia especial no era de las de esta sí que sí, si no de las de ni de coña. Y vaticinaban, entre desagradables risitas sarcásticas, su poco prometedora carrera en medio de aquella voraz expansión demográfica y biológica en que vivíamos. Los defensores de la familia, por el contrario, estaban divididos entre los que, algo avergonzados por el indolente (en apariencia) mutismo de Carlota -en una familia a la que se suponía la punta de lanza de la nueva evolución-, preferían argumentar vagamente que, en el fondo, comunicarse no era tan importante (una línea argumental hoy claramente en descrédito); y los que, como yo, defendían ardientemente a Carlota, esgrimiendo la convicción, simplemente, de que ya se comunicaría cuando le viniera en gana, y atacando de paso a los conservadores con el poco diplomático argumento (yo todavía era bastante joven, todo hay que decirlo) de que total, para comunicarse con ellos es normal que no se tuviera ninguna prisa.

Estando así las cosas una tarde comenzó el gran plegamiento alpino. Primero fue cosa de poco, algún temblor aquí y allá, un montecito que se levanta, una pequeña falla que, además, nos venía bien para sentarnos mientras gesticulábamos, contándonos noticias, en aquellas largas veladas. Incluso nos daba la risa al sentir las pequeñas agitaciones telúricas, y sobre todo a Carlota que, para nuestra sorpresa, en cuanto sentía las primeras sacudidas comenzaba a sonreírse con toda la cara, reafirmando la opinión de los que creíamos que su personalidad aún tenía mucho que revelar. En aquellas noches, por cierto, yo siempre intentaba situarme cerca de su madre, por ver de impresionarla de alguna manera, aunque es cierto que mis escamas y la conciencia de mi aire algo retro me cohibían un poco frente a su (para mi) deslumbrante placidez.

Sin embargo lo que al principio parecía algo simpático en pocos días nos demostró que iba en serio. Los primeros temblores juguetones poco a poco subieron de intensidad hasta que se nos borró la sonrisa de la cara (Carlota fue la última en ponerse seria, en esta ocasión). Y a partir de ahí se desató un verdadero cataclismo.

Las masas rocosas subían como ascensores, creando cordilleras inestables que se asentaban entre enormes derrumbamientos y lluvias de ceniza; las fallas se abrían en grandes desgarros desde lo más profundo de los cuales afloraban magmas ígneos que cristalizaban en valles humeantes. Toda la tierra vacilaba, las charcas y los humedales donde habíamos vivido desde siempre se desecaban en cuestión de minutos y nuevos ríos irrumpían desde los rojos fondos de la tierra entre nubes de vapor hirviente. En pocos días nuestro vecindario era irreconocible (lo que luego se conoció como monte Aneto había brotado en la charca de la abuela, y el Mont Blanc, por lo visto, en el backyard de mis primos).

Los que no habíamos sido arrastrados por alguno de los cataclismos, corríamos atolondradamente de un lado para otro intentando empacar nuestras cosas, reunir al máximo posible de la familia y decidir hacia dónde huir, cosa que no estaba nada clara, pues ya no se sabía dónde estaba el valle, ni la montaña, ni el mar, ni los caminos, ni la seguridad. Finalmente conseguimos reunirnos -lo que quedaba de mi gente y otros vecinos tan desorientados como nosotros- en un claro del terreno que aún permanecía horizontal, donde comenzamos a discutir por gestos la mejor ruta de escape. Pero yo estaba inquieto y no paraba de mirar a mi alrededor, hasta que no pude más. Abandoné la conferencia familiar y salí corriendo y no paré hasta llegar al prado. Y allí respiré.

Allí estaban, todavía. Carlota, en brazos de su progenitora, miraba con curiosidad una flor morada, como si todo aquello no fuera con ella. Paulo, más consciente, se agarraba asustado a las caderas de su madre que, de espaldas a mí, con gesto reconcentrado miraba el nuevo y desolador paisaje a su alrededor intentando decidir por dónde sacar a sus hijos de allí. Me acerqué y la toqué. Se revolvió con un salto felino (aunque los felinos aún no existían) y me lanzó una mirada, durante un segundo, que me traspasó, nunca la había visto así. Luego, al ver que era yo, se tranquilizó. –Ven, le dije por gestos, –Ven, y, mientras me seguía -Vamos a salir de aquí todos juntos, es más seguro.

En el cónclave seguían discutiendo acaloradamente. –Hay que ir hacia el oeste-, gesticulaba mi tío el mayor -el mar tiene que estar ahí, es la opción más probable. Sin embargo mis primos segundos movían denodadamente sus aletas y sus patas (según la rama de la familia) insistiendo en que la única vía de escape era hacia el sur, como siempre lo había sido en todas las glaciaciones y calamidades conocidas. Finalmente, y con bastante cabezonería por parte de mi tío, todo hay que decirlo, pues se consideraba el líder nato de la comitiva, el grupo decidió que bajaríamos hacia el sur para luego, una vez en terreno más llano, torcer hacia el oeste, buscando una tierra más tranquila. Y una vez puestos de acuerdo (de aquella manera nuestra un poco informal), todo el grupo comenzó a ponerse en movimiento.

 

Y fue entonces cuando Carlota habló. Por primera vez. Es decir, fue la primera vez que habló Carlota pero fue también la primera vez, al menos que supiéramos, que alguien habló en el mundo, lo cual, fuerza es admitirlo, no deja de tener su mérito.

Y lo que dijo, con la voz tierna pero perfectamente modulada de quien ya ha mantenido en secreto numerosos monólogos consigo misma, fue –yo quiero subir a ese monte de ahí, mientras señalaba con su mirada una alta meseta hacia el noreste, justo en el centro de la nueva región montañosa que acababa de formarse.

 

Igual que nadie había dicho nada nunca, nadie había oído nunca nada que hubiera sido dicho. Entonces, ¿cómo era posible que yo comprendiera lo que Carlota acababa de decir?

Miré asombrado a su madre, que ahora sonreía agradablemente sorprendida, contemplando a su hija con ese arrobo que sólo en algunas ocasiones -aquellas eran épocas difíciles- había conseguido percibir en su mirada.

Miré también al resto de mi gente, que empezaba a encaminarse hacia el sur, ya con ese desentenderse de todo lo que se queda atrás que a veces tiene el que ya se piensa emigrante -aunque hay que recordar, en su honor, que tampoco era el momento más adecuado para charlas infantiles. Intenté detener a alguno preguntándoles, por gestos –¿habéis oído eso?-, pero no me hicieron caso.

Yo no sabía entonces -y aún ahora sigo sin saberlo- por medio de qué misteriosa resonancia, ejercida sobre la base misma de alguna materia nuestra, había conseguido la voz de Carlota hacerse comprensible en mi cabeza, pero el caso es que la había entendido. Y al entenderla se había abierto en mi cerebro, como fulminado por un rayo, la perspectiva de todo un nuevo mundo que apenas alcanzaba a imaginar. Entendía que de repente había algo llamado lenguaje, y que era algo precioso, más alto, en cierto modo, que las montañas y más sombrío que los valles. Un lenguaje que entendía, y que me nacería de adentro y que, quizás, con el tiempo, me permitiría volar sin alas, nadar sin aletas y comunicarme, en silencio, desde la distancia. Un lenguaje que quizás estaba a mi alcance, gracias a ella, aunque ahora yo, menos evolucionado, aún no lo pudiera hablar. Pero en cambio me reía. ¡Hablan! ¡Esto es nuevo! ¡Ya lo sabía yo! ¡Si estas sí que sí! Gesticulaba como un loco, y me volvía a reír, intentando que mi gente comprendiera la deslumbrante maravilla de la que acabábamos de ser testigos, pero al parecer nadie se había percatado. Sólo mi tío se detuvo un segundo y me dijo por gestos, –Qfwfq, ayuda a tu abuela.

Efectivamente se había organizado ya una larga fila de parientes y vecinos, cubiertos de ceniza, arrastrando hatillos de cosas, algunos heridos, formando ya una estampa que fue luego muy repetida, pero de cuya calidad trágica no estaba yo en condiciones de apercibirme en aquel momento, y que lentamente comenzaba a dirigirse hacia el sur. Así que sin dejar de sonreír me dispuse a echarle una pata a mi abuela cuando de repente vi que la madre de Carlota se había cargado a su hija sobre la espalda y, agarrando a Paulo con una de sus mucho más modernas extremidades, emprendía el camino del noreste, sin mirar atrás.

¡No, no! ¡No es por ahí! ¡Ahí es peligroso! – quería gritarles, pero aún no sabía ni hablar. Intenté correr hacia ellos, pero mi abuela ya se había apoyado en mí enlazándome con uno de sus ancianos tentáculos (mi familia, aunque no tan moderna como otras, también había evolucionado lo suyo).

¿Qué podía hacer? Mi abuela -que había sido dañada por la orogénesis del Aneto, no lo olvidemos- me necesitaba, igual que el resto de mi familia. Y quizás ella necesitara reencontrar a los de su especie, si es que había más, y no a mí, para llevar adelante su particular evolución…

Me detuve, incapaz de decidir. Y vi como se alejaban contra el telón de fondo de las nuevas cordilleras. Paulo, adaptable como él sólo, había comprendido en un minuto que si lo que ahora tocaba era hablar, él el primero, y mientras se alejaban oí que preguntaba –¿mamá, falta mucho?

Los vi desaparecer detrás de la primera loma con un desgarro en el estómago.

Y luego pasó el tiempo. Hoy ya doy conferencias, participo en debates via satélite y tengo un personal recorder en el cajón de la mesa de la oficina. Pero me he comprado unos crampones y me he hecho amigo de los sherpas, y ahora subo a los montes más altos, y desde allí, subyugado por la belleza de las cumbres y los valles la busco, siempre, y los llamo, a grito pelado, con toda la fuerza de mi voz.

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