El primer absoluto

La evolución del Universo, según explica el Dr. Naam Aste (M.B.A), de la Universidad de Murmansk, tiene un curso progresivamente acelerado: nueve mil millones de años de evolución física desde el Big Bang a los planetas. Tres mil millones de años de evolución química hasta los seres pluricelulares, y en mil millones de años la genética formó la vida que hoy conocemos. En apenas doscientos mil años de vertiginosa evolución cultural, algunas formas de vida recién llegadas comienzan ya a influir decisivamente sobre la biosfera de su propio planeta, si bien aún no sabemos con qué fin.

 

Es verdad -dijo Qfwfq mirando las montañas nevadas-, las épocas de calma y de tranquilidad se habían acabado, pero en aquél momento, ¿saben?, nos pareció de perlas. La tierra entera hervía de vida, pero llevaba hirviendo igual -célula más, célula menos- una barbaridad de tiempo y nadie se acordaba de cuando había empezado (salvo, naturalmente, el viejo tío Enr[Q]e). Así que a nosotros toda aquella hirviente ebullición nos parecía más bien la del caldero de la abuela. Porque, claro, tras pasarnos la infancia contemplando cómo un paramecio tardaba doscientos millones de años en transformarse en ameba (¡una velocidad del demonio!, nos decía siempre el tío Enr[Q]e mientras se despiojaba), es natural que aquello nos resultara un poco cargante y estuviéramos deseando algo de acción.

Eso de la vida estaba muy bien, pero nadie le veía muy claramente el objetivo, la dirección o el sentido (lo que algunos, luego, dieron en llamar pomposamente el absoluto), así que, realmente, llevábamos eones apostando sobre qué especie triunfaría y sería capaz de llevarse el gato al agua, descubriéndolo. Es cierto que nosotros, algunas veces, más que nada por hacernos los interesantes, volvíamos corriendo a casa gritando y dando aullidos de terror –¡hay un nuevo dinosaurio diez veces más grande que el Triceratops!¿Y? -preguntaba nuestro padre sin levantar los ojos de una piña, de la que laboriosamente iba extrayendo piñones y comiéndoselos. Y nosotros nos quedábamos mirándole, algo enfadados, pero oscuramente comprendíamos que tenía razón: ¿y…?

Sin embargo esa cierta comprensión de algo que no comprendíamos del todo aumentaba nuestra inquietud. E incluso provocaba en algunos la sensación de que, finalmente, algo estaba a punto de suceder, aunque a la vez nos exasperaba aún más porque no sabíamos el qué… total, que nuestra vida entonces era una continua desazón.

Nuestra familia se había instalado, por fin, tras mucho vagabundear, en los árboles más grandes de uno de los bosques de la zona templada. Y allí pasábamos los días, trepados en las ramas, reunidos en grupitos, como racimos, chillando, acicalándonos y rascándonos educadamente nuestras partes, cada clan en un volumen cuidadosamente delimitado de aquel universo arbóreo. El tío Enr[Q]e y mi padre en lo más alto, y por debajo, repartidos según su valía, el resto de los grupos. Yo ocupaba una horquilla bastante buena, junto con mi madre, dos hermanastros y tres primos carnales. Y desde ahí lo mirábamos todo con nuestra mirada inquisitiva.

Y quizás era esa misma avidez de respuestas la que entonces no nos dejaba darnos cuenta de que no eran éstas, precisamente, lo importante. Pero en fin, de cualquier forma, en lo que sí estábamos todos de acuerdo es en que, fuera lo que fuera lo que fuera a suceder, ahí fuera, desde luego sería cosa de los monos.

Desde hacía un tiempo estaban por todas partes. Saltiteaban entre los árboles con toda desfachatez, invadían los nichos de los vecinos sin ningún respeto (los ecológicos), desequilibraban ecosistemas con la misma facilidad con que otros estornudaban y, sobre todo, eran irritantemente chismosos e inquietos. Se diría que les sobraba el tiempo para entretenerse mirando todo lo que hacían los otros que, como individuos responsables que eran, iban sólo a lo suyo, llenos de una respetable indiferencia por todo lo demás. Pero es que los monos, además, una vez habían sacado sus conclusiones sobre los otros, en lugar de volver a sus tareas y dejarlos en paz, aún les faltaba el tiempo para chincharlos y, valiéndose de aquellas ociosas observaciones, enredar las cosas aún más.

Y sí, no me avergüenza decirlo: entonces yo ya era mono, como toda mi familia. Y a mucha honra: éramos simplemente lo que había que ser en aquellas circunstancias, y más gente como nosotros, echada para adelante. Pero también tengo que decir que, cuidado, ya desde el inicio hubo monos y monos. Y nuestra familia pertenecía por derecho propio -y que cada uno piense lo que quiera- a la rama de los monos con futuro, con perspectivas. Porque, bueno, primates, lo que se dice primates, había muchos: colas prensiles, pies de seis dedos, manos con dos pulgares, pieles peludas, lanudas, secas, ojos laterales, membranas voladoras, gargantas silbadoras, denticiones bicuspídeas, monocoronales… buáh, un verdadero exceso de formas bajo el simple concepto mono, pero así era la vida entonces. Y sin embargo, dentro de toda aquella confusión, estaba claro que había un grupo que poco a poco iba significándose, aunque no sabíamos por qué y nunca lo supimos, hasta que llegó Pablo.

Recordar aquellos tiempos, felices e inconscientes, me sume en una cierta melancolía, que aún hoy no acierto a explicarme muy bien, pero sigo intentándolo.

Pablo venía de una familia de monos muy particulares, por lo visto unos primos my lejanos de una rama materna recién llegada del norte… nunca me enteré muy bien, aquellas cosas de la familia me desbordaban. Y, además, siendo tan joven como era entonces -más aún que ahora-, no prestaba demasiada atención a las genealogías de mis mayores. Pero el caso es que, al parecer, también tenían perspectivas

Porque claro, mucho se ha elucubrado después sobre qué característica fue la fundamental para sustentar nuestras expectativas y desencadenar el Cambio: que si el pulgar, que si la capacidad craneal, que si la bipedestación, que si la inmadurez del neonato… pero yo no recuerdo nada de eso. Lo único que recuerdo es a mi padre preguntando: –¿y?, ante la noticia de la llegada de un nuevo y gigantesco dinosaurio, gesto que ya entonces me pareció muy notable. Pero, en todo caso, debo admitir que tampoco en los primeros momentos me preocupé de indagar más, fascinado como estaba por aquel pequeño que acababa de conocer… y sí, bueno, es cierto, ya es hora de decirlo: fascinado también por su madre.

Y es que yo desde siempre he sido un enamoradizo, los que me conocen ya lo saben. –¡Otra vez no, Qfwfq! -gritaba mi madre cada vez que me descubría prendado de una hembra nueva y fascinante. O -¿pero y la sauria del prado, ya la has olvidado?!– me decía, refiriéndose a una antigua novia que a ella le gustaba mucho. Y nuestro día a día transcurría así, entre cariñosos reproches, hasta que los conocí a ellos.

Pablo era hijo de una mona con una forma de ser de mona distinta a todas las demás formas de serlo. No se bien cómo decirlo: de alguna forma era más mona que ninguna otra de las monas que hubiera conocido hasta entonces. Y, sin embargo, su forma de ser le llevaba la contraria a la forma de ser de todos los monos conocidos, de ambos sexos, siendo muy diferente a ellos sin dejar al mismo tiempo de ser la más mona -incluso diría monísima, si se me permite la expresión- con toda su fuerza y su convicción. Esto luego se llamó personalidad, y tuvo mucho predicamento, pero claro, al principio era una lata, pues en lugar de actuar de una forma comprensible -es decir, previsible-, nunca sabías por dónde te iba a salir aquella mona tan mona, y andabas en ascuas todo el rato.

Pero también era sorprendente, jugoso, nuevo, fascinante… todo un reto. Así que ya en la primera tarde en que la vi, balanceándose al extremo de una rama, colgada de sus largos y -delicadamente- peludos brazos, se pudo oír la voz de mi madre retumbando por la bóveda arbórea: -¿¡ya estamos otra vez, Qfwfq?!

 

Pero yo ni respondí, embobado como estaba en la contemplación de la recién llegada. La luz de los últimos rayos del sol se filtraba entre las hojas de dos gigantescas secuoyas y recortaba, en un dorado contraluz, su grácil silueta acuclillada como sólo ella sabía acuclillarse, sobre una rama, mientras le desenredaba el pelo a su retoño.

Este último, por su parte, era un monito que desde el principio no dejó indiferente a nadie en el bosque. Vivaz, sociable, comunicativo, inquieto, siempre arriba y abajo por las ramas, con sus inexpertos bracitos, mirándolo todo y preguntando: –¿y por qué?, ¿y cuando?, ¿y quién?, ¿y cómo?, ¿y?, ¿y?, ¿y…? No se trataba de que lo preguntara ocasionalmente, en los preciosos momentos de calma e introspección que, muy raramente, nos brindaba el alocado ritmo de la colonia. No. Incluso en medio del pandemónium que desataba en el bosque la irrupción de uno de aquellos gigantescos dinosaurios carnívoros buscando comida; incluso en medio del pánico y de la desbandada general, lo veías intentando agarrarse al pelo erizado de su madre con toda la fuerza de sus manitas, con una cara de terror indescriptible pero sin dejar de preguntar ni por un segundo: –¡mamá ¿pero y quién es el dinosaurio?!, o –mamá, ¿¡pero por qué el dinosaurio se ha comido al tío Eu[S-e]bio??!!

Quizás hoy esto no se entienda muy bien, porque hoy la mayoría de las criaturas ya se comportan, más o menos, así. Pero en aquel entonces aquello era un comportamiento inusitado y, para muchos, bárbaro. Y hay que decir que poco a poco, conforme íbamos conociendo a Pablo, fuimos notando otras sutiles pero importantes particularidades de su forma de ser.

Así, por ejemplo, tras una buena comilona, lo normal desde la época de los micoplasmas era ayudar a la digestión con un buen sueñecito, y todos los pequeños del clan se dormían abrazados a sus madres tan ricamente tras un festín de hojas de acacia. Pero Pablo no. –Mami, ¿pero por que los dinosaurios no se comen las hojas de las acacias y sí a los hermanos de papá? -preguntaba, dándole tironcitos del pelo a su madre, que se esforzaba en inculcarle el amor a la siesta con el ejemplo y a la que contrariaba sobremanera no conseguirlo.

O, por el contrario, por las mañanas había que despertar trabajosamente a la mayoría de los pequeños zarandeando sus cuerpos soñolientos para que se reincorporaran a sus tareas (que eran básicamente jugar, buscar algo de comer y no caerse del árbol). Pablo, en cambio, apenas el primer atisbo de claridad que antecede al anuncio del alba comenzaba a intuirse, vagamente, entre las hojas ¡¡zas!!, ya estaba sentado en su rama. Con los ojos bien abiertos, medio dormido pero ya inquieto -con una inquietud desconocida para todos-, y preguntando, con su delicada y penetrante voz -mamá, ¿pero y cómo le caben tantos dientes en la boca, al dinosaurio? Y en aquellas plácidas y silenciosas horas del amanecer un estremecimiento recorría todo el bosque, signo quizás de que sus habitantes comenzaban a comprender que, para bien o para mal, algo debía estar sucediendo.

En resumen, se podría decir que las otras criaturas absorbían amable y estúpidamente las tradiciones familiares para transmitirlas de igual forma, pero, por el contrario, Pablo parecía diseñado para hacer añicos, minuciosamente, aquellas mismas tradiciones a base de preguntas incontestables. Y claro, era sólo cuestión de tiempo que se ganara la -digamos- cariñosa desconfianza de una gran parte de los miembros de la familia. En cuanto a mí, es cierto que resultaba agotador; que sus preguntas me provocaban desazón y su inquietud inducía la mía. Pero no puedo negar que aquella criatura, vaya usted a saber por qué, había comenzado a inspirarme algo muy parecido a aquello que luego se conoció como ternura.

En cuanto a su madre, partícipe sin duda en aquella inspiración y aquejada de personalidad, conseguía sin esfuerzo que los instantes que pasaba a su lado se me antojaran como de una felicidad nunca antes sentida. Porque desde el primer momento lo nuestro fue un arrebato vertiginoso por las copas de los árboles, una sorpresa alocada y creo que mutua de descubrimientos, persecuciones, deslumbramientos, encuentros y misterios sorprendentes. La misma noche del día en que la vi me las arreglé para ofrecerle, disimuladamente, un ramillete de semillas de hibisco, gesto que, en aquella altura, equivalía a llevarla a cenar a un coqueto bistró francés. Ella, -aunque aún no existían los tacones, ni siquiera las piernas, propiamente dichas- aceptó, y a partir de ahí comenzó una de las épocas más intensas de mi vida.

Corríamos, saltábamos, aprovechábamos los momentos más fugaces para vernos, para mandarnos mensajes, para tocarnos siempre que podíamos. Las responsabilidades de la descendencia en una familia con perspectivas la ataba corto, y a mí también, pues el cuidado de los infantes (por un lado Pablo y por otro los del tío Eu[S-e]bio, el pobre, ahora) nos aportaba un contraste delicioso para que las locuras nos supieran aún más locas, para que los instantes de libertad fueran aún más plenos, haciendo de nuestra necesidad mutua una puerta abierta a la felicidad, al tiempo, a lo desconocido.

Sin embargo, a pesar de que nuestros cuerpos se envolvían el uno al otro con misteriosa precisión y fluidez, nuestra relación no podría describirse sólo como física, como ocurría con los más jóvenes. Estábamos pendientes de todo lo que ocurría a nuestro alrededor, y mezclábamos de forma natural, en nuestros encuentros, las caricias más tiernas y atrevidas con los comentarios sobre temas de actualidad, como el futuro de la colonia, el avance de la deforestación o la dichosa búsqueda del absoluto, por citar algunos. Y desde luego yo me desvivía -para impresionarla- por mantenerme al tanto de todo en las copas de los árboles, como doce mil quinientas generaciones después, más o menos, hicieron también, por lo que oí decir, unos descendientes nuestros, llamados Cósimo y Viola.

Recuerdo, por ejemplo, que el tema del absoluto siempre provocaba animados debates entre nosotros. Aunque generalmente acababa derivando para incluir, de una manera u otra, alguna referencia a Pablo. -¿Y si el absoluto, imagina -le decía yo, mientras nos hamacábamos en las últimas ramas de unos arces- tiene que ver con la búsqueda de respuestas, y Pablo simplemente está dando los primeros pasos? -¿Pero y entonces por qué, aunque le respondas, te repite la misma pregunta tres veces? -me respondía ella -No tiene sentido. La verdad es que, como madre que era, estaba secretamente preocupada al pensar que toda aquella manía preguntadora pudiera deberse, en el fondo, a alguna insatisfacción interior que no dejaba relajarse a su retoño y para la que no encontraba explicación.

Y en cuanto al absoluto, como aún no se había alcanzado, nadie sabía de qué se trataba, lo cual, ciertamente, dificultaba las predicciones sobre quién llegaría encontrarlo, aunque una mayoría, como ya he dicho, pensaba que éramos los monos los llamados a descubrirlo. También es cierto que todos los que pensaban así eran monos, y por tanto la sospecha de la parcialidad podía planear sobre sus conclusiones, pero ¿qué importaba que pudieran estar equivocados frente a la excitación maravillosa que provocaba aquella perspectiva? Una especie capaz de excitarse tanto con sus propios pensamientos, pensaban excitados, realmente constituía una novedad tan radical que tenía que significar algo.

Sin embargo, otros -monos también- opinaban que lo del absoluto era una absoluta idiotez, y se limitaban a vivir y a dormitar, argumentando que lo que quiera que fuese, si es que finalmente había algo, ya nos encontraría él a nosotros, si le apetecía.

Y yo confieso que no sabía a qué carta quedarme. Había días en que me bastaba la sola presencia de la madre de Pablo, con o sin sus pequeños, para creer en la plenitud de la existencia, allí, en aquél momento único, bajo el infinito dosel de hojas que susurraban con el viento. Otros días, por el contrario, y siempre cuando ellos no estaban, una indefinible sensación de carencia me lanzaba en frenéticas carreras por todo el Bosque, o me hacía trepar a lo más alto de un árbol, para mirar a la luna durante horas, mientras con una mano me acariciaba la cabeza.

Pero en fin, la vida seguía, y el Cambio no daba muestras de acabar de concretarse, o nosotros de percibirlo, hasta el día en que la madre de Pablo decidió bajarse de los árboles.

Esto, aunque pueda parecer la locura de una personalidad primeriza y excesiva, no era así, en absoluto, si no que tenía dentro mucha más lógica de lo que en un primer momento pudiera parecer. Porque, efectivamente, la deforestación había avanzado a ritmo galopante en los últimos tiempos. Tras la última glaciación el ascenso de las temperaturas era imparable y los cambios climáticos se sucedían a una velocidad de vértigo. Grandes zonas de bosque habían dejado paso, en pocos años, a vastas sabanas de pastos donde proliferaban grandes herbívoros de largas patas, con las que huían de los cada vez más veloces carnívoros.

Nuestros viejos enemigos, los dinosaurios, comenzaban a escasear, e incluso empezaban a ser vistos como seres casi míticos con los que las madres podían asustar a los pequeños cuando se portaban mal. Incluso empezaron a correr rumores por el Bosque -a los que desde luego nadie daba crédito- de que, en algunas zonas alejadas, hacia el Sur, donde los árboles habían comenzado a ralear mucho antes, familias enteras de monos se habían a bajado al suelo para probar nuevas formas de desplazamiento. –¡Pamplinas! -decía el tío Enr[Q]e¿dónde se ha visto un mono si no es en un árbol? ¡Eso son tonterías sin futuro!

Pero el caso es que en el Bosque se vivía una nueva excitación que iba in crescendo, avivada por los incendios que el calor hacía cada vez más frecuentes, y entre la familia cundía una inquietud nueva y diferente al desasosiego, en cierto modo hasta simpático, que habíamos sentido hasta entonces.

Así que, un buen día, estábamos comiendo aceitunas con Pablo (y, por supuesto, con Carlota), cuando de repente, sin aviso previo, ella se desperezó, arrojó a un lado los huesos y les dijo a sus pequeños: -nos vamos abajo, preparaos. Y mirándome añadió: -¿te vienes? Y sin más, con un ágil salto, se descolgó de la última rama, a la tierra.

Estuvimos unos días acampados cerca de los árboles, explorando aquel mundo nuevo en dos dimensiones. Y en la linde del Bosque, apelotonados en lo alto y a punto de quebrar las ramas con su peso, el grueso de la familia nos observaba sin perderse ripio, algunos escandalizados, otros con disimulado interés y los mayores con desconfianza. -Esto se veía venir, -decía el tío Enr[Q]e moviendo la cabeza, -con esta no hay manera. Y mi padre asentía junto con él, preguntándose en qué momento su propio hijo se había desviado.

Pero para lo que no estaban preparados fue para lo que sucedió el tercer día. Porque, claro, a lo más a lo que habían llegado los monos del Sur, al parecer, era a deambular un rato por las sabanas que rodeaban los límites del bosque, correteando a cuatro patas para recolectar cuatro tubérculos y luego volver a la seguridad que daban las alturas de los árboles, desde donde lo veían todo mejor.

Pero hete aquí que ella, en aquella mañana soleada, tras deambular un rato entre los pastos crecidos, como rumiando sus pensamientos, va y de repente se levanta sobre sus dos piernas, irguiendo el tronco con su gracilidad característica y adoptando una pose que entre los monos sólo se usaba en situaciones extremas, como provocación. Inmediatamente se levantó un coro de gritos y aullidos de indignación entre las ramas donde se apostaba la familia, signo de que algunos se habían sentido aludidos.

Pero lo que ocurría, simplemente, es que el pasto medía más de un metro de altura -era primavera- e irguiéndose sobre las piernas uno podía ver por dónde caminaba, mientras que a cuatro patas no se veía tres en un burro (el primero de los cuales apareció unos cien mil años después, por cierto).

Así que ella continuó, a pesar de los aullidos, moviéndose con total naturalidad, como si le importara un ardite la tradición postural de cientos de generaciones anteriores (y como, efectivamente, así era). -Lo que nos faltaba, -sentenció contundente el tío Enr[Q]e, en la rama más alta, y se dio la vuelta, queriendo decir que hasta ahí habíamos llegado.

Yo también, desde donde estaba, en el suelo, aprendiendo a jugar con Pablo y con aquella cosa nueva que era la arena, me tuve que alzar sobre mis piernas para verla. Y pude apreciar, aún estando lejos, que la bipedestación otorgaba a su cuerpo unos nuevos perfiles que, al menos por lo que a mí respecta, me parecieron dignos de observación.

Así que, ni corto ni perezoso, agarrando a Pablo (y a Carlota) de la mano, me lancé tras ella, andando sobre mis dos piernas, de forma un poco vacilante y supongo que cómica, pero sin mirar al Bosque que dejaba atrás. -Pero ¿y dónde vamos?, empezó a gritar Pablo, asustado al sentir en mí aquella desacostumbrada forma de moverse. Y siguió gritando hasta que finalmente alcanzamos a su madre, ­-mamá, ¿¡pero y dónde vamos!? -gritaba cada vez más fuerte, y ella le respondió sin dudarlo, con voz firme pero amable: -a explorar. -Sí, pero ¿a dónde? -insistía al borde de las lágrimas, fiel a su carácter y yo rápidamente medié: -Pablo, tu madre ya te ha dado la respuesta, no preguntes más. -¿Pero y qué es una respuesta?!, dijo él desesperado -¡¿para qué sirve?! Y fue justo en ese momento cuando lo comprendí todo.

Comprendí que lo que realmente cambiaría al mundo serían las preguntas. Las respuestas seguramente no las conseguiríamos nunca. Pero ahora, con la nueva conciencia que nuestra imaginación posibilitaba, podíamos soñar que las cosas eran distintas, y eso nos llevaría incansablemente a buscar -o a inventar- las razones de por qué eran como eran.

Pero también, para Pablo y para todos, nacía la conciencia de la soledad, de la tristeza, del abandono. Nacían el miedo interior, los paraísos perdidos, los amores no correspondidos, la esperanza de la felicidad. En aquel momento, y al conjuro de su pequeña voz me di cuenta de que ya siempre nos acompañaría, junto a la lógica y a la curiosidad, la conciencia dolorosa y mágica de nuestra necesidad de contacto: la emoción del otro, de todos los otros, de aquello que a partir de entonces constituiría realmente, y para siempre, nuestro único absoluto.

Con una rápida mirada advertí que su madre también había encajado, a su manera más pragmática y terrena, las consecuencias de aquella pregunta. Y, con su rapidez habitual, que siempre me dejaba sin aliento, le respondió, -esto es una respuesta– y levantándolo hasta su pecho lo abrazó con todas sus fuerzas.

Y entonces entendí, por fin, la sensación de pérdida que me lanzaba frenético entre los árboles cuando ella no estaba. Porque sólo junto a ella podría llegar a sentir de cerca el verdadero calor de aquel absoluto tan ansiado. Sólo junto a esa personalidad y gracilidad que eran fuente, además de la esperanza y del sueño, de la conciencia de que algún día ese hijo, o alguno de los suyos, que de alguna manera también serían nuestros, podría quizás descubrir, o hacer, o inventar todo aquello con lo que ahora estábamos empezando a soñar y que a nosotros jamás nos daría tiempo de hacer realidad.

Levanté a Carlota, me la puse sobre los hombros, y seguimos andando.

Y el resto es bien conocido, unos cuantos nos siguieron y nos adentramos en las colinas, buscando la protección de las cuevas cerca del agua, en lo que a partir de entonces sería nuestro nuevo hábitat. Y luego creamos lenguajes, ciudades, astronautas, ligas de naciones. Quemamos y replantamos bosques, parimos, abandonamos y quisimos a millones de niños.

Pero aún hoy, cuando estoy solo, antes de que vuelvan del cole, me parece oír la voz de Pablo preguntando sin parar. Y entonces me asomo a la ventana que mira al Bosque y yo también me pregunto: -¿por dónde andarán? ¿Se acordarán de mí? ¿Por qué siento deseos de treparme a una rama y, aullando a la luna, preguntarle? Preguntarle todo el rato ¿dónde estáis? ¿Por qué no venís ya?

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