El peso de una partida

 

Ayer oí una voz pequeña

que llamaba,

desde el ártico susurro de los huesos,

desde el calor que pugnaba

por abrirse paso entre la tierra.

 

Una pequeña gota que se agota

en la búsqueda más tierna y diminuta:

una tierra donde germinar,

un vientre oscuro donde entrar con una vela.

 

Los páramos todos los llevo en esta bolsa,

las estepas lejanas, allá entre mis pulmones;

las dunas de arena solitaria

bajo las que duermen los muertos tiznados,

abrazados a la ceniza leve de la muerte.

 

Entre dos aguas, a manera de sudario sumergido,

nada una bandada de palabras,

como las sombras de los peces, plateadas,

buceando en su descenso hacia lo hondo.

 

 
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El joven dios
 

Llegó hasta una ventana, era de noche,

desde el largo barrizal oscuro

que ocultaba las calles de la ciudad:

casas donde moraban las sombras,

paisajes de escombros

donde entre las mortajas de los hierros

habitaban perros en demócratas tribus sin dueño.

Hierros aún nuevos lo auparon desde el suelo

hasta la celda donde las familias

se ordenaban como mercancía,

como los cartones del zumo en un supermercado.

Detrás de los cristales,

las colinas que un dia respiraron al cielo

como una mujer tendida sobre el campo,

negaban sus perfiles.

Contempló los hierros móviles

que con triste ruido de motores

de cuando en cuando pasaban rodando por las calles.

Y sintió algo, poca cosa,

un pequeño y pardo desaliento,

una tristeza azul y una derrota.

Como un joven dios

olvidado de sus padres

se dejó yacer sobre los filamentos de la noche,

sobre las largas marañas de las horas,

hablando con el humo.

Para otro dia quedaría la odisea,

el sudor, la piedra, la catedral del mundo:

sus cuevas estaban vacías de tesoros:

solo quería soñar con la marea

y dejar su pecho flotar con las medusas.

 

Soñó de largo, un sueño continuo

e invertido, extraño como los dinteles

de las puertas, dulce

como las raíces en la tierra.

La muerte de aquella noche lo venció,

lo llenó de algas, el vientre oscuro

floreció como la nata, se hizo sombra

en el borde del camino.

A la mañana siguiente su cuerpo frío

era el mismo que ardía al mediodía,

carbones en sus brazos, azul en la mirada,

sus pasos largos y abiertos sobre el mundo.

Salió a caminar, pisando el día,

buscando los lejanos ecos de una guerra.

 

 
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Una visita
 

Uno de estos bípedos se encamina

hacia el lugar aquel donde ocurrió el hecho,

dulcemente triste, tristemente triste

y sin embargo, tan cómico.

 

Igual que aquel cuadrúpedo del guau

que durante horas aulló mirando la luna

y recorrió mil veces el aire con su trufa,

buscando el calor de su extraño amado.

 

Así volvemos una y otra vez al cementerio

entre el calor del sol y el azul intensísimo del cielo,

como para buscar aquel rastro o esperar

a algún conocido aire entre las flores.

 

El gime y no es llorar

sentir de alguna forma su presencia:

allí estuvo, allí pasó,

allí posó su mano en su cabeza.

 

Y así, con el sol sobre los hombros,

vemos que sus manos estuvieron

una vez, tan grandes y calientes.

El pasado es una forma del presente.

 

Pero la broma permanece

pues ya no está y nosotros aún estamos

junto a esta maquinaria enlentecida,

que nuevamente nos cubre con sus nubes.

 

El hombre entonces carraspea,

levanta el cuello de su abrigo,

atusa el ojo humedecido

y lo vemos bajar hasta el último escalón,

marchando mientras abre su paraguas.

 

 
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A César Vallejo, pidiéndole disculpas anticipadamente…

 

Examinado el verbo de los hombres,

su prosa cautiva,

sus poemas taciturnos, sus odas coloradas:

todos sus sueños presos de un enjambre de alfileres…

Examinada su ciencia microscópica,

su ciencia mariposa, y todo su saber

tan largo como un océano de juguete…

Oída su voz lejana y pequeñita

pero que nunca calla,

y los ruidos tan raros que hace cuando ama…

Vistos sus negocios, su miedo elevado al rango de hecatombe;

vistas las fosas donde duerme, sus sombreros…

Habida cuenta de sus gestos de sorpresa,

de sus cejas arqueadas como niños pequeños,

y del pánico que le inspiran las tormentas…

Comprendiendo que es inevitable un gesto bondadoso

al ver sus travesuras,

y que su juego preferido es el de verdugos y reos de muerte…

Tomada nota de que nunca supo nacer como dios manda,

ni comprender en la escuela lo de las tangentes:

que es realmente un ignorante

y que, además, fuma como un loco…

Comprendiendo por demás que yo soy uno de ellos,

que mi voz es su voz y nuestros destinos son comunes…

 

lo contemplo en silencio, lo saludo

y lo invito a quedarse todavía,

aun por esta noche,

hasta mañana.

 

 
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Salutación de la noche

 

Para los que frecuentáis el sueño prestado

en los hoteles color cobalto,

en las estancias grises,

donde se halla el gris más terco

que habita en las arañas.

 

Desde aquí

Donde mis hermosos pies de niño viven

Os envío un saludo

Una tierna salutación fuera de mis costumbres

Al margen de mi propietario

Que poseyéndome cada día me entrega al sueño

Tierno imbécil inconsciente.

Aquí he hallado parte de la noche

Parte de la señora que deliciosa y fría

Sigue sombra de la muerte, con suaves pasos

Sin escenas.

Desde aquí

¿Dónde he llegado hoy?

Que cada vez más lejos, oídme al menos

Me alejo con el barco de allá dentro

Brújulas mis venas, halladas

Sin consciencia.

Triste salutación, ¿no os parece?

Pero incoercible como la epilepsia

O el festival de fuegos de artificio

de algunas gargantas en exceso estrechas.

Imposible salutación, amigos míos

Andamos perdidos, en vuestra vida

Vosotros

Y yo en la mía.

 

O dios sin conjugación ni nombre

Al menos hábito tan triste

Como cegadora es la claridad de tus palabras

Déjame sin poder, nombrarte

Sin saberte, ni creerte, ni esperarte

Ni siquiera desearte, escucharte

En el vórtice de este saludo azul y oscuro.

Aquí, donde ni las esclavas llegan

Donde ni sus tiernos abrazos

Que huelen a lo negro

Hallan explicación alguna

En el olvido

Me va venciendo el sueño.

Pero antes yo os saludo, mis amigos

Empleados de la noche

Que recogéis como hoy sus desperdicios

Cortas pesadillas sobre el cenicero

Recuerdos de la luz de las mañanas.

Envidiadme estas palabras arrugadas

Quien las escribió vivió ya

Todo un largo día menos.

 

 
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Perseguimos al mañana

torpemente trabados entre ruedas de autobús.

Mi voz muele palabras sinsentido.

Piedra ruin que mastica eternamente.

Dejemos pues a la muerte roer nuestros tobillos.

Rodearnos con sus grises senderos invisibles.

Entre lo gris de los caminos

verdea a veces la rala hierba ingenua.

El oso está hibernando

dormido entre sus gruesos abrazos peludos,

comprendido que algunas veces

sólo la sangre conoce caminos escondidos.

 

 
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Qué solos se quedan los minutos

cuando el tiempo se ausenta detrás de la esquina.

Pero, dios, qué solos se encuentran.

 

Los perros de los hombres

¿qué ven entre sus largas miradas de marisma?

¿qué hay entre las piernas delgadas de esa hembra?

 

El hambre recubre mis hombros

como una capa fina de polvo.

 

Lugares de la noche,

pórticos del frío donde morir de ausencia.

Tiembla la boca portal que me da entrada,

mezcladas la mujer vida con la muerta,

hora que estremece hasta las últimas agujas en mi sangre.

 

Temo al dormir que siempre aguarda

algo más allá de cada vez que se despierta.

 

Los minutos van solos,

vivos como vivos sin posibilidad de muerte,

como niños abandonados que no comprenden

la soledad de esta quietud incierta.

 

 
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Una visión

 

Inmerso hoy en el bullicio de las calles

me pareció entreverla

mientras se alejaba,

vestida de blanco, cómo no,

eludiendo con su eterno juego mi presencia.

No la seguí, estaba contento,

era inútil intentar asir su blanco cuerpo:

bastaba sólo así entreverla desde lejos,

saber que mis ojos aún no habían muerto

y podía inventarla siempre más allá del alcance de mis manos.

Ella no era carne que temblase

como el mar en lentas oleadas,

ni había aroma que habitara dentro de su piel

ni cabellos como las algas que duermen en la playa.

Ella era más real que los mismos pensamientos:

seductora y descalza como la oscuridad,

irresistible como la sangre salada

que siempre, siempre, gotea sobre el mar.

Su cuerpo era hecho de mi cuerpo,

sus ojos dos jirones negros,

dos cauces oscuros anchos como el agua…

y sus cabellos eran recuerdos, sueños, pesadillas.

Venida mismo de la otra orilla,

recién llegada de lo más negado,

era la atracción blanca y desnuda,

a solas la lujuria imaginada:

la vida misma que venía

-no sabría explicarlo-

envuelta en el silencio de sus pasos.

 

 
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[Arquitectura]                                            

La barca del amor naufragó

contra el muro de la cotidianeidad.

Mayakovski.

 

El edificio de la razón se desmoronó:

  • entre el polvo de sus orgánicos ladrillos.
  • podrida su base de humana visceralidad.
  • de viejo.
  • matando morenos.
  • entre el estruendo de las cejas enarcadas, del derrumbar de las mezquitas, de los arquitrabes árabes que ascienden hacia el cielo, elevados, como las puntas del viejo sol
  • matando a la poesía
    • bajo el alud de sus pesos inservibles, de sus volúmenes vastos como estancias enteras de hormigón.
    • al robarle su escalera que escapaba, su pináculo de cerebros verdecidos, sus alas plateadas con las que remontarse y enloquecer allá en lo alto, alto, dotada de la posibilidad de caer.
    • al faltarle el orden.

¡Orden, orden!

El edificio de la razón se desmoronó, decíamos:

  • entre el amanecer que sigue al sueño: y la realidad campó a sus anchas entre las grietas.
  • como un polvillo fino que penetró en nuestros pulmones y provocó espasmos, edema y asbestosis; y aquel indescriptible placer de fumar.
  • con poquísimos aspavientos, y tras él fue la calma propia de la orilla del mar, de la orilla del silencio donde las olas van y vienen indiferentes en su canción de espumas
    • (con ese ritmo que es la lógica secreta, el armazón del tiempo que se esconde asustado de sus culpas, y culpable
    • de todo esto).

     

     
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    Te contemplo como si fueras una luna

    porque tal vez muera en esta noche:

    presagio macabro y de mal gusto, pero

    qué ironía misteriosa si ocurriera.

    Y como creo que así será,

    si no hoy, sí próximamente,

    me doy tiempo a sobrevivirme

    no aquí, donde me lees, sino

    en los espacios queridos de tu memoria.

     

     
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    Cuando me reto a imaginar

    cómo seré desde el fondo de tus pupilas pardas

    una voraginosa náusea me invade,

    un vértigo de vacío, una inconsciencia.

    Aquel que tú ves no existe.

    Aquel que tú creaste te maldice.

    Yo me voy

    ahora sólo quedan sombras

    en la pálida memoria de mi cuerpo.

     

     
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    Te he tomado costumbre últimamente

    como a determinados pensamientos recurrentes.

    Te dejo venir para envolverme con tus brazos,

    con tus lascivas caricias que odio como a la muerte.

    Te sientas a mi lado cuando como.

    Lees sobre mi hombro todos los periódicos.

    Incluso a veces en esos momentos buenos

    en que enjabono mi cuerpo entero,

    contento con mi piel,

    te sorprendo pegada a una de mis manos

    como una diminuta y roja sangujuela.

    Y entonces deseo morir lo antes posible

    y después acurrucarme

    desnudo

    al extremo de las gotas.

     

     
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    La veta del paisaje hoy en mi letra:

    no se porque será, acaso

    siento una pausa lóbrega en el agua que no corre,

    un verdín azul oscuro entre las palas de la noria.

    No se, nunca hablo del paisaje

    pero hoy, o tal vez hace diez años,

    me encontré cansado contra el paño rojo tras la sierra,

    indiferente ante esa profundidad de milenios

    que adquieren los montes con el rojo de la tarde.

    Rojo tenaz y densísimo rojo, ¿quién sabe?:

    ¿enrojece de vergüenza escapando de la muerte?

     

    Pero cómo puedo estar cansado.

    Las líneas de los montes caen lánguidas al valle,

    se escapan superficies, planos y laderas:

    todo cae, calla hacia lo hondo,

    hacia el lago verde cuerpo de mujer

    atrapado en cordillera, emparedado

    entre las sombras, dormido entre la niebla.

     

    Nunca antes estuve triste ante el paisaje.

    Y saco la cabeza, me refresco

    y agito las sombras que se me esconden en los hombros.

    Pero la sierra no tiene pechos,

    son sombras meras, requiebros de la soledad:

    efectos del último sol cuando también nos abandona.

     

     
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    […después]

     

    Compre la almohada de silencio,

    el espacio sigiloso y solitario

    de la propia mente callada.

    Beba el olvido, sed de vida

    y lejanía de todos los mercados.

    Aléjese, marchémonos, debo irme

    donde nadie me encuentre, por un tiempo.

    En el silencio oscuro pero fértil,

    en la compañía sola de mi pecho colorado.

    Allí me desprenderé de los herrajes,

    de este peso de caballos por mis hombros:

    no os de pena, es un viaje

    largo, absurdo y necesario.

    después, ¿quién sabe?

    tal vez nos veamos:

    cuando de nuevo torne esa luz

    que ahora sólo da vida a los perfiles

    y deja las masas de los cuerpos en la sombra.

    Entonces podremos escucharnos:

    será el oído

    que imagina tres lirones diminutos

    corriendo en pardo por tu espalda.

    O puede ser que sólo consigamos entendernos

    con el tacto más suave y espigado:

    con un hombro, un roce de semilla,

    un melocotón de sal, tacto del Sur,

    casi palabra.

    Pero tal vez, tras el silencio, ya no haya nada.

    No estemos. Ninguno.

    Vosotros idos, o muertos.

    Yo lo mismo.

     

    Y sin embargo mi alma se lanza hacia adelante,

    o lo que yo, ignorante, llamo alma:

    esto es un callejón en Gris, volúmenes de sombra:

    y un ejército de homologadas larvas cuchichea

    royendo el vacío entre sus patas amarillas.

    No. Más tarde habrá rumores

    y podremos escuchar:

    nosotros mismos seremos batir de espuma,

    voces de azúcar en la meseta de las viñas

    bajo el sol intensamente azul, dorado cielo.

     

     
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    [Entonces]

     

    Entonces los ánsares volaban en bandada

    trazando ojivas por el cielo, y desde el Sur

    los señalaban marchar, con una mano

    caliente tiznada de carbón.

    Nunca se pudo identificar la cima de aquel mundo

    ni su aroma de locura querida,

    ni sus gestos pequeños de oropéndola

    o su cliclác amable como el vino.

    Yo recuerdo apenas su felpudo,

    su hirsuta maraña de hilos eléctricos

    tan poblada, tan llena de tallos jovencísimos

    que sobre cada pie te hacían una fiesta.

    Y durante horas hablábamos entre las calles

    ponderando las recetas o la harina,

    recorriendo los empedrados llenos de haches,

    armados de enormes chubasqueros y linternas.

    Eran las noches torres nazaríes

    donde los telegramas llegaban siempre pronto:

    jamás una noticia lloró por llegar tarde

    ni un par de zapatillas nunca por tristeza.

    Podrían llegar de afuera cajas llenas de perros muertos,

    cartas plagadas de noes y de los sientos,

    o acaso los recuerdos más tristes de la infancia:

    pero nunca pasaron de ser aquellos fantasmas

    que olvidábamos pronto junto a las tiendas de campaña.

     

    Aquel lugar tuvo un trasatlántico azulísimo,

    un abuelo y un perchero donde colgar sus viejas cosas.

    Era hecho de tormenta y telarañas relucientes,

    del espíritu del gas y el olor del corinto.

    En sus playas corrían miles de plumas solitarias

    esperando a los grandes gansos grises

    que tal vez algún día partirían.

     

    No estuvo aquel lugar

    más lejos que la distancia, ni pudo

    dejar sus rodadas de charco solitario

    por carreteras lejanas y mojadas.

    No estuvo cerca de París.

    No cedió sus derechos a ningún capitán de un sólo brazo,

    no tuvo contrapuntos artísticos

    ni comprendió nunca el por qué de la razón.

    Aquel lugar tuvo

    el color dulce del hierro,

    algo de la sangre y las arterias estuvo allí,

    y allí nació tal vez el calor último de todos,

    junto con la memoria atenta

    y la médula más fundamental de nuestros huesos.

     

     
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    Nada

    detrás de la soledad

    el olvido

    tal vez

    y sólo él

    en mi, en ella tras la muerte.

    Acaso algún recuerdo

    tras los años:

    poco es

    comparado a lo que fue

    la alegría, la vida y la esperanza.

    Nada

    queda,

    nada, ¿es posible?

    desmoronar completamente

    una vida, o muchas vidas

    y que todo pase así:

    detrás de la soledad,

    más vida.

    Iremos por ti

    desde estas páginas,

    desde aquí

    donde escribo tu llamada

    con la muerte en la mano agazapada

    pero viva

    viva aún para nombrarte

    para retrasar todavía la locura

    del que no existe.

    Los años te pasaron,

    nos pasarán los años

    sin duda

    Pero vivo aun,

    maldita sea

    el olvido es la inteligencia de la muerte.

     

     
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    Largas burbujas de olvido

    salpican la mañana. Los raíles

    están dispuestos frente al mar,

    como piernas abiertas sobre lejanísimos muslos.

    Que comience el viaje, dijo el padre:

    y fue la fiesta de las rocas solitarias,

    la bacanal de las estrellas de mar

    y de las viejas medusas gastadas.

    Le habían visto la espalda al tren,

    y la larga cuerda de vértebras al alejarse

    no hacía ruido, sólo sombras

    en el desierto, alargadas como dedos negros.

    Volvió la vista muchas veces

    buscando dónde mirar, pero ninguno

    le veía, un perro contemplaba

    la soledad del mar frente a la playa.

    Ay, dijo el aire cara al cielo

    con su voz morena y hueca:

    muchos quisieron volver para escucharlo,

    pero nadie caminaba.

     

     
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    Cancioncilla

     

    Veneno lento, madera y viento:

    los engranajes muelen estas letanías

    entre la sorna de los días.

    Aquí estamos, aquí estamos

    gritan riendo los enanos

    con sus cascabeles crueles

    y sus saltos altos, altos.

    Y aquí nos quedamos, nos quedamos

    hundidos en la tierra de los campos.

    Ay qué alegría de la muerte

    que aún no viene, que no viene.

    Yo no he sido, yo no he sido

    en la noria jamás olvido,

    y del paso de los días que pasan

    yo me río, yo me río.

    Venid aquí a sentaros mis amigos

    ya vuelven a sentirse los ruidos:

    el amor es un escándalo:

    ay qué brío, ay qué brío.

    La noche es hoy una veleta,

    un gallo frío con un ojo de agujero.

    Tal vez mañana el calor aliente:

    tal vez venga gente, tal vez venga gente.

     

    Si la muerte nos emplaza

    quién será el valiente, quién será el valiente.

    Valiente tontería reírse de la muerte.

     

     
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    Poema para ninguna persona

     

    Estoy callado y solo entre tres velas

    que arden quietas como si quisieran asustarme,

    y hablo contigo compañera y tú estas muerta:

    ¿qué decir que no arañe mi autoestima?

    Estas callada como si estuvieras ausente

    pero aún así te quiero sentir en torno mío…:

    un brillo pálido, un labio:

    recuerdo cuando levantabas tu cuello como un cisne.

    Todo son recuerdos y sin embargo

    mi engaño se reduce a tu cintura

    tampoco es tanto y tú desnuda

    lentamente, como el alba.

    Deseo tanto tus posturas, o aún más,

    sino tu cuerpo, tus legañas,

    tu sonrisa inesperada, tu persona

    vital, salvaje, ajena como el alma.

    Ven amiga, ven, todo son luces

    en la penumbra de mi cuarto.

    Serias una mujer si no fueras sombra

    o recuerdo, o sueño, o soledad continuada…

    no me escuches, no espero hoy respuesta:

    nadie respondió nunca ante un verso

    recién puesto,

    ni caricia alguna surgió desde esta nada.

    Pero si yo pudiera traerte aquí

    con tus bahías de arena caliente

    y tus tobillos,

    con tus estrellas contraídas por el frío

    hacia el frente

    y el caldo de tus manos por mi espalda…

     

     

     

    Si aún fueras más carnal, océano mío,

    que tus muelles piernas abiertas ante el mar

    de mi mirada:

    tal vez, tal vez, oh amiga mía…

    lo que pudiera decirte hoy ya no cabe en mis palabras.

     

    Es la hora de la muerte figurada,

    mi adorada propietaria,

    es la hora de la nada, sueño mío,

    tú no estas, yo desvarío;

    de nuevo morir me espera:

    eso no es nada, tan poca cosa

    para quien se habituó a dormir desnudo

    en su olvidado desconcierto.

     

    Tú no estás

    yo ya me cierro,

    compañera. Es cierto:

    no viniste nunca,

    jamás viniste:

    algunos sueños son,

    como la historia, algo muerto.

     

     
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    Los escritores

     

    ¿Quienes son pues estos oscuros seres

    que buscan la carne de la vida entre despojos?

    Y pues carecen de cuerpos

    sean sólo sus pensamientos los juzgados:

    e intento de escarnio este poema.

     

    Su sangre es como la nuestra, pero inútil,

    atiborrada de símbolos, su oxígeno:

    pesada consciencia y tiempo inerte.

    Sueñan (¿acaso sueñan?) con eternos paraísos,

    presos de sí mismos en todas partes.

    Sus gordos hijos, iguales paseantes,

    caricaturas de sus padres, marionetas

    carentes de todo lo importante.

     

    ¿Qué podrían decir que nos interesara,

    si la mentira es su sexo y su sustento,

    el engaño encantador, la metáfora simiesca:

    la realidad abortada con deforme delicadeza?

     

    Dan lástima como a veces los verdugos

    la daban después de matar a un niño:

    compungidos por su monstruosa impotencia,

    fascinados por su decrépito trabajo.

     

    Salen de noche a vagar por sus ensueños

    tristemente felices, contentos con su fin,

    y creen sitiar a las cosas, desafiarlas

    con estructuras de palabras y autocríticas.

     

    Pero no buscan sino unas migajas

    de la vida que no fueron capaces

    de coger entre sus manos: torpe

    es la gloria que esperan luego:

    vida inservible que queda tras la muerte.

     

     
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    Aun

     

    Ven a verme, compañera.

    Te haré un hueco en mi cerco de palabras.

    Porque ya todo se encarrila: las plazas

    de los días, redondos como abdómenes felices,

    las horas planas, como carteles pegados en un muro.

    Los espacios, los bosques, las arterias

    que antes eran cardúmenes de sombras,

    anémonas de misterio escondido en las esquinas,

    ahora, a veces, parecen desvelar sus otras formas,

    cansadas y aquiescentes, horarias e infelices.

    Insensibles. Indiferentes. Blandas y calmosas.

    Ven a verme, compañera,

    porque como un gato da vueltas en mi entorno

    la impotencia. Sus pupilas grises,

    su cara de buena persona, su pequeña lengua.

    Estoy vencido, compañera, me hace gracia

    escucharme decir cosas como ésta.

    Compañera, ¿no te ríes?, que la risa

    conmoviera tu cuerpo sería bueno,

    la seca risa seria, sin perfume.

    Compañera, yo me muero.

    Quería hacer palabras del amor

    pero brota la muerte gentil de entre mis dedos.

    ¿Te das cuenta?

    Contra eso nada puedo. Tal vez será verdad.

    Qué tristísimo y borroso estás hecho.

    Ven a verme,

     

     

    Compañera, te recuerdo desnuda,

    los días desnudos, las horas vestidas

    de locura, de trajes, de coronas,

    los vellones rubios, los burdeles de Sevilla.

    Recuerdo los olores de los troncos en los barcos,

    el crujir de las cuerdas, el sudor entre las llamas.

     

    Recuerdo los trenes, las buhardillas oscuras,

    las gatas que maullaban.

    Los placeres salobres, las bocas abiertas,

    los vestuarios llenos de posturas.

    Recuerdo los inmensos valles,

    los huesos de la mujer abiertos sobre el mundo,

    y sus montañas encordadas,

    sus torrentes malvas por la sombra, sus ruidos

    de peñasco solitario, sus cañones

    como tajos en la amplitud de lo que es joven.

    Recuerdo amaneceres como nuevos

    tras el fragor de una noche en carretera,

    limpios después de amar tras doce horas,

    trepados en lo alto de los riscos. Recuerdo personas,

    confusión de voces y de ideas,

    el plano del mundo en nuestras manos

    y un eco del canto que resonaba en todas partes.

     

     

    El tiempo ha pasado, qué cierto es eso.

    Y qué me importa. Éramos feroces.

    Ahora nuestros cuerpos pesan más, ganaron tiempo:

    la carne de la memoria y de la muerte.

    Pero qué importa. Aun lo somos.

    Hoy aquí, mañana nunca.

    Jamás sabremos otra cosa.

    Por eso, ven a verme, compañera,

    desde el arcón sin fondo en donde vivo

    hoy te reclamo todavía.

     

     

     
     
     

    ______________________________________
     
     
     

     

     

    El presente original es una recopilación de poemas escritos entre Marzo de 1993 y Junio de 1995. La ordenación está hecha según criterios cronológicos. La selección responde a criterios personales.

     

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