Cuento de lluvia

Aquel invierno fue el que tanto llovió. Llovió y llovió y llovió hasta que los batíscafos no pudieron ya levantar las tapas de las alcantarillas, de tan profundo que las había sepultado aquel sueño de la lluvia. Los luteranos habían hecho escala en todas las ventanas y hacían flotar en aquel aire lleno de agua sus enormes vestiduras como sábanas, o como dragones garbosos que retozaran entre los charcos. Las cláusulas instalaban escaleras a toda prisa, temerosas de que alguno de los luteranos pudiera caer, pues desde hacía mucho tiempo no se los había visto tan grandes. Sin duda era la lluvia la que hinchaba sus grandes corpachones huecos. Algunas fístulas se asomaban a las ventanas, cotorreando, y bajo el estruendo de la lluvia que caía silenciosa, increpaban a los luteranos: – “luterano no ves que te vas a mojar no sé qué diversión ves en estar ahí parado ay ay no te acerques que me lo empaparás todo, espera ¿no te sientes sólo?”. Y los luteranos, agitados por el viento que era como un río de tan húmedo, agitaban vigorosamente sus grandes cabezas calvas.

Llegó un momento de tal lluvia que todos empezaron a temer que sobre los luteranos floreciera una epidemia de malvaviscos. Terrible perspectiva, pues a estos seres gigantescos, huecos y calvos les encantan los malvaviscos, y cuando los tienen encima se ponen tan, pero tan contentos que no se sabe nunca lo que va a pasar. Sólo con sus risas pueden derribar una casa entera, y cuando empiezan a darse palmadas en las espaldas unos a otros para expresar lo felices que son, más vale encomendarse a todas las ánimas.

Luego llegó otro momento más de tal lluvia que las paredes de los edificios empezaron a espejear, y a verdulear y a ondularse en un denso verdín de sueño húmedo, que tal parecía que la ciudad entera estuviese sumergida. Y tanto, que de un momento al otro empezaron a aparecer brótolas, oropéndolas, camellitos de mar y otros seres abisales que flotaban plácidamente a la altura de los semáforos. Algunas fístulas realmente se indignaban, preocupadas por aquella situación. Pero a decir verdad, carecía de importancia que obstruyeran el paso a los semáforos, porque a causa de la lluvia la lista de espera era enorme y ninguno de ellos tenía prisa. Incluso algunos de ellos conversaba con los seres abisales, pero mal, porque como los semáforos son principalmente seres aéreos, al abrir la boca les entraba agua y no paraban de toser.

Aquel invierno fue el que tanto llovió, como ya he dicho, y por eso las cláusulas habían encendido todas las sirenas y las calles aparecían iluminadas de forma fantasmagórica, con los corales verdes y las sombras que producían los luteranos anclados en las ventanas, como las sombras que en las profundidades del mar proyectan las grandes panzas y quillas de los barcos. Era como un dia de tormenta debajo de las aguas, y en las aceras donde se resbalaban los reflejos, se adherían también pequeñas anémonas rojas, indiferentes holoturias, sargazos irreverentes que desaparecían en las profundidades de los sumideros, estrellas de mar que colgaban en pequeños grupitos a las puertas de los hoteles.

Entre las patas de la lluvia que se erguían en las aceras venía corriendo una gabardina esbelta y apresurada. Agitaba sus brazos en la carrera y un rojo de labios invisibles trazaba una roja línea que cortaba las fachadas. Parecía desesperada, y el ruido de su taconeo se perdía arrastrado por el agua que lo llevaba disimulado por las aceras, lo introducía por las alcantarillas y lo transportaba húmedo hasta hacerlo resonar por las oscuras catedrales subterráneas, deformado en grandes ecos como de alguna antigua máquina de escribir.

Racimos de negras barandillas, brillantes por la lluvia, se estiraban en las esquinas intentando ver. Las calles solitarias se abotonaban hasta arriba, sacudiéndose con aire grave los pequeños gusarapos húmedos, las criaturas marinas que acechaban desde sus hombros con ojos de coral negro.

La gabardina se detuvo, confundida, resbalaba la lluvia por sus pantorrillas blancas e inexistentes, sus ojos invisibles parpadearon un momento con un guiño azul de cielo de verano.

Aquel invierno que llovió más que ningún otro, la población se había refugiado en sus hogares, entre los bosques de castaños y de tilos que habían invadido los salones (pero los champiñones se habían escondido debajo de las camas). Afortunadamente, el silencioso ruido constante de la lluvia apagaba las voces de los televisores. Todas las fístulas tenían siempre alguno escondido por algún rincón. Sólo, pues, los luteranos que fermentaban estrellas y alguna cláusula que tenía mucho que estudiar, eran capaces de sentir, entre las rejas de lluvia, la tragedia de aquella gabardina desalada.

Ahora los decorados irreales de la ciudad estaban solitarios. Todos los seres salados se habían escondido, y entre el brillar translúcido del agua se veían relucir sus ojos de vez en cuando, tras la cascada que caía de un canalón oxidado, o desde el borbotón oscuro sobre un sumidero.

La gabardina estaba inmóvil apoyada en la pared, un brazo en alto, si hubiera tenido sombrero, un caudal de agua le habría dibujado la nariz breve y la barbilla. Un rojizo resplandor dibujaba labios en la sombra de su rostro. Los luteranos ahora estaban tan callados que goteaba el silencio de sus cuerpos en chorritos densos y transparentes, sus deseos y pasiones ondulados como el cartón por la caricia continua de las gotas. El trigo invertido de la lluvia ocultaba la ciudad entre sus espigas. Era el invierno.

En una habitación doce cláusulas se exacerbaban. Parloteaban como el café cuando silba sobre el fuego, encaramadas de rodillas sobre mesas de cocina. Por la ventana abierta veíase la esbelta silueta solitaria, surcada por mil riachuelos nacidos de la lluvia. Las cláusulas estaban realmente preocupadas, pero con todas sus buenas intenciones no llegaban a ponerse de acuerdo sobre nada. –‘Gabardina gabardina”, llamaban, –‘sube a calentarte junto a la estufa, esta lloviendo tanto que ya no recuerdo lo que quería decirte: ¿no quieres un paraguas?”. Pero ella no las oía, sus azules cerrados por la pena.

Los luteranos lentamente, enterados por las líneas de la lluvia, se habían agrupado detrás de un luminoso, a media altura, y en silencio contemplaban la desesperación apoyada en la fachada. Aunque lentos en reaccionar, ante alguna soledad siempre se tornaban aún más grises sus escasos cabellos y todas las sombras del interior de sus corpachones huecos se retorcían hasta agruparse en un costado. Entonces derivaban por el aire, meneando sus cabezas, hasta juntarse en un grupo que suavemente empezaba a cantar alguna canción llena de silencio.

Aquel invierno fue el invierno que más llovió desde hacía mucho tiempo. Mirando desde el fondo del valle se veía a la ciudad, enorme, encaramada sobre su colina. Era como una dentadura desdentada por la que escapaban ríos de agua, cascadas esmeralda, turquesa, ocre sucio, blanco leche, según brotasen de qué calles. Era como una montaña submarina. Un cerco de madréporas, corales y diminutos atolones trepaba lentamente colina arriba, cubriéndolo todo a su paso de un manto de oscuras esponjas, lapislázulis y vericuetos satisfechos.

Llovía, llovía y llovía y el sueño de la lluvia llegaba poco a poco a borrar los contornos de las cosas. Tras la ventana, las cláusulas ahora silenciosas vieron alejarse su figura: una estela de fulgor rojo y lágrimas azules fue sembrando las aceras. Alguna fístula huesuda bostezaba con cara de aceituna. El último de los abrigos, hermoso, oscuro y de sombría mirada, había abandonado la ciudad largo tiempo antes. Estaba sola.

Así, aquel invierno que tanto llovió, los batíscafos no pudieron levantar las tapas de las alcantarillas, de tan profundo que las había sepultado el sueño de la lluvia. La procesión de luteranos cerró una a una sus miradas transparentes. Sólo una cláusula, atónita detrás de unos cristales, velaba el sueño de la ciudad dormida entre la lluvia.

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