Allanamiento

Se impone siempre en estos casos penetrar felices, pero rápidos, por la ventana, o colarse por la puerta distrayendo a la asistenta con alguna frase jocosa y petición que la obligue a retirarse de la entrada, dejando el paso franco.

Entonces nos dividimos, uno de nosotros corre siempre a la cama de la señora de la casa y se lanza entre las sábana arrugadas (aún son las nueve a.m.), buscando gozoso los aromas que han dejado sus muslos cruzándose bajo el edredón en todas las posibilidades de la x. Rastrea también con minuciosidad morosa, cosa que le hace sonreír, por dónde se deslizaron sus hombros al yacer desnuda. Y sobre todo por dónde acaba el calor que su cuerpo le prestó a la cama, en la zona baja, en esa región donde las sábanas, aún frescas, sintieron deslizarse sus pies como delfines, y algunas de las pequeñas hebras de algodón, aunque vírgenes, se hallan aún enhiestas de excitación por haber sentido tan cerca su presencia. Es frecuente que este individuo, el de la cama, sea el primero que comience a exhalar algún tipo de sonido, indescifrable, quedo, solidario del sol que en pequeños rayos empieza a entrar a esas horas en la habitación.

Otro de nosotros ha ido al baño, la habitación más prohibida y secreta, y normalmente se deja yacer en la toalla, aún húmeda, superadas todas sus expectativas, envolviéndose en el misterio de esa ola de mujer que cada mañana pasa por allí, dejando sus mil pequeños rastros vivos como los de una marea impura, llena de algas, sal, de geles de mar y de medusas. Otras veces el del baño colecciona sus cabellos (los de ella) abandonados en los bordes de las cosas, y los ata unos a otros, mientras tararea, en una larguísima cadena que, por fin, al final se hace invisible y quedan sólo sus dedos jugando en el aire del baño a las nueve de la mañana. Peinando el espacio como si ahora jugaran con la luz, capilar y caliente y llena de fragancia a un champú con burbujas.

Otro más de aquellos en los que nos desdoblamos corre presuroso a zambullirse dentro de su armario. Y ahí rodeado de sus faldas, sus vestidos, sus chaquetas y las prendas que en general cubren su cuerpo, juega a sentirse al fin saciado como si a fin de cuentas qué más se pudiera pedir ser, qué más que piel, envolverla darle calor acompañar sus movimientos cuando se sienta, o se tumba azul sobre la hierba. Este es el mas peligroso porque es el que con más frecuencia se abandona, se deja ir y se olvida de sí mismo, asimilándose a un jersey de cachemira, o a un traje de punto, o a un vaquero, y se nos queda allí, durante años, él feliz, devorado por su olor, consumido por su tacto, haciendo los silencios que retumban en la música. Pero tampoco es una tragedia, luego vuelve, con un punto de lúcida locura, quizás algo más sabio, y se pasa un tiempo alborozado en que allana sólo su jardín, contento de nuevo con el sol.

Hay muchos más, a veces producimos a otro que se desliza en su joyero, con mirada cristalina que aquilata cosas que no están, invisibles tesoros que sabemos siempre lleva encima, de los que el brillo es sólo huella. Contempla con asombro los anillos que no están, que ha regalado, y canta, mirando los paisajes engarzados en metal que se hacen gigantescos con el fondo de su pecho.

Y otros en el salón ponen las manos en las sillas donde se acogió durante un momento su trasero, o en el cuarto de los chicos se callan, sintiendo los ecos de una música que late más allá de las pequeñas ropas y los juegos, y que les hace mirar por la ventana buscando quizás un árbol, un monte, algo más lejos.

Pero en fin, antes de que la asistenta vuelva, es cosa de un minuto, todos volvemos raudos, sin hacer un sólo ruido, a encontrarnos en la escalera y bajamos juntos, excitados y tranquilos, dándonos palmadas en los hombros y encajándonos de nuevo uno dentro de otro hasta que ya en la puerta estoy yo sólo, recibiendo lo que me tiende la asistenta, aquí tienes tu chaqueta, gracias, qué cabeza, nos vemos, buenos días, y luego me voy en mi coche, mirando al sol y cantando una canción que no me puedo quitar de la cabeza.

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