Locura (greguelato)

El thug tenía cara de loco. Los pelos cerdosos y erizados de su barba entrecana, los ojos tan abiertos que dejaban ver la redondez de las pupilas, fijas en el rostro desencajado de su antagonista, la escalofriante sonrisa mientras alargaba las manos hacia su cuello.

¿Va usted a matarme? –comprendió que le preguntó la mujer.

Claro ­­–le respondió él, sin mover los labios, sonriendo aún más–, me gustará matarte. Sus dedos ciñeron el delicado cuello y empezaron a apretar.

¿No cree usted? –creyó oírla decir mientras imaginaba cómo la luz de su tráquea desaparecía– ¿Qué quizás le gustaría más un helado de limón?

La cabeza del thug negó, macabra: –Muere –dijo mientras sacudía la rígida y ebúrnea figura femenina hasta tirarla al suelo, momento en que la cornisa que soportaba y todo el entablamento del templo se hundió, aplastando al thug como a una cucaracha.

Hay esculturas que enloquecen a cualquiera –pensó la inspectora de Kamalapur que acudió a levantar el cadáver–, pero, me cago en la leche, qué desastre.

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