Negro (2)

(Sigue desde Negro (1))

Había que averiguar si aquellos cabrones (seguramente los chinos), le habían cambiado sólo la piel, o algo más. Reflexionó tres segundos, no en vano era una de las personas más inteligentes que conocía, y decidió que, casi con seguridad, no habría más lesiones, ¿para qué más? ¿Acaso no bastaba con tener la piel de ese color? Sintió una punzada de compasión hacia Michael Jackson, en su patético intento de emblanquecer, e inmediatamente le preocupó sentir simpatía por un artista degenerado. Céntrate, Ronald, se dijo, y soluciona la pregunta uno: ¿a quién demonios avisas?

            Descartó llamar a su mujer, ¿qué le iba a decir? Meleindia, o como se llamara, me he vuelto negro. No ayudaba en nada, igual la chica incluso le abandonaba, aunque no lo creía, mientras tuviera el suficiente dinero. Un momento, el pensamiento le llegó como un rayo: ¿un negro puede ser tan rico como lo soy yo? Apartó esa idea de su cabeza, seguramente no, tendría que enterarse, pero en cualquier caso él no era negro, volvería a su distinguido color blanco, no iban a poder con él. Decidió llamar a su asistente, Ted, para que convocara a su gabinete personal de emergencia, no al oficial lleno de gente rara de la Casa Espera (nunca había entendido por qué la llamaban así, daba mala imagen). Por mucho que intentaba vigilar a qué asesores contrataba su equipo, no paraban de colarle indeseables y personas de  mal vivir. Y luego tenía que despedirlos y armar unos líos mediáticos de infarto.

            –Ted –le dijo por el interfono–, convoca al grupete.  

            –¿Al grupete? –oyó como la voz se tensaba con la preocupación–, ¿pasa algo?

            –Chúrrin y Chínpíng acaban de declararnos la tercera guerra mundial –le respondió en tono neutro.

            –¡Qué! ¡Malditos bolcheviques!? –oyó a Ted gritando sobresaltado al otro lado, nunca fallaba, con ese tono de gran empresario siempre se las colaba.

            –Es broma, hombre, tú convócales, dentro de diez minutos. A pesar de todo, soltar una gracia seguía siendo útil para no tener que explicar nada. No todo el mundo sabía hacerlo y, después de todo, como casi nunca tenía nada que explicar, acababa siendo una estrategia de primer nivel.

            –Diez minutos es muy poco, señor.

            ­–Pues ya estás tardando, que vengan a mis habitaciones privadas.

            –Señor, debo recordarle que en quince minutos tiene una reunión con el Alto Mando de…

            ­–Cancela esa maldita reunión de hijos de perra.

            –El vicepresidente…

            –Que le jodan. También era muy efectivo hablar con palabras expresivas.

            –De acuerdo, le joderemos, señor.

            –Así se habla. Ted había sido una recomendación de Melindinia, o como fuera (aquella mujer tenía un nombre imposible), y estaba extremadamente contento con él, su desempeño había sido intachable en los tres días que llevaba a su servicio.

(continuará…)

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