Negro (1)

Cuando Ronald Crump se levantó de su cama no podía imaginar que aquel sería el peor día de su vida. Ni tampoco que la desgracia le iba a golpear pocos segundos después de poner sus grandes pies sobre el mullido tejido de la alfombra. Se desperezó y se rascó su alborotado pelo y fue entonces cuando vio que su mano derecha era de color negro.

            El susto le lanzó una descarga de adrenalina en sangre tan brutal que el corazón le dio un salto casi doloroso en el pecho. Automáticamente miró su mano izquierda. También era negra. El corazón seguía acelerando. Bajó los ojos hasta sus pies desnudos sobre la lana rizada de cachemira oscura. Sus pies también eran negros, tanto que apenas destacaban sobre la peluda y parda alfombrilla.

            Sintiendo que la revolución cardíaca estaba a punto de provocarle un mareo o desatar un alarido, se levantó de un salto y se precipitó hacia el espejo del vestidor, haciendo resbalar la alfombra con el impulso y trastabillando, a punto de dar con su orondo cuerpo en el suelo. En el espejo vio que su cara también era negra. Se desabotonó la camisa del pijama: su pecho era negro, se abrió la cintura del pantalón y miró: un pene ennegrecido le saltó a la cara, incongruente entre el vello rubiasco y canoso de su pubis, al otro lado de su barriga. Todo él era negro.

            Examinó su piel mientras comenzaba a sudar: tenía las mismas venas, el mismo vello, la misma textura de siempre (quizás ligeramente más reseca), pero era su vieja, querida y sufrida epidermis de siempre. Corrió al baño, se enjabonó y se frotó concienzudamente las manos, pero no hubo ni el más mínimo atisbo de cambio. Su piel seguía siendo del mismo ominoso color: negra.

            Dos pensamientos brotaron a la vez en su cabeza: ¿quién está de guardia esta mañana en mi gabinete? y ¿quién puede estar detrás de esto? Meditó durante unos segundos si ambas preguntas podían fundirse en una sola, pero lo descartó: nadie en su gabinete personal tenía poder o medios suficientes (¡ni huevos!) para hacer algo así.

            En cualquier caso, había que ir por orden. El desastre era que Malinda, su mujer, estuviera de viaje, aquella estúpida inauguración de un orfanato en Des Moniales, pero tenía que escoger con cuidado a la primera persona que lo iba a ver en tan lamentable situación.

            Desde que era presidente de los Territorios Reunidos de Quimérica tenía que andar con pies de plomo, mucho más que antes, cuando simplemente era el  empresario primogénito de una familia rica. Cualquier pequeña tontería, a la luz pública, era engrandecida hasta unos extremos absurdos, como cuando dijo que en tres días obligaría a los malditos meksika a darles el dinero para copiar la Gran Muralla China y la gente se lo tomó en serio. Nadie entendía su humor. Cuando era empresario daba lo mismo que dijera gracietas, a fin de cuentas lo único que arriesgaba era su dinero, y tenía mucho. Ahora no sabía qué demonios pensaba la gente que arriesgaba cuando decía alguna de sus tonterías, pero reaccionaban como si fuera algo súper-importante, estúpidos engreídos. Le dolía admitir que ser presidente de Quimérica le estaba decepcionando.

            Súbitamente se le ocurrió que la piel podía ser solo la punta del iceberg, ¿y si estaba afectada alguna parte más de su anatomía, o de su fisiostomía, o como fuera aquello? Calculó rápidamente, siete por cinco, treintaicinco: su mente funcionaba perfectamente, como siempre. Caminó moviendo brazos y cabeza, todo fluía. Se agachó y se levantó, agarrado al brazo de un sillón. Repasó mentalmente su estado físico: todo parecía estar bien. ¿Pero y el químico? Amigo. Un médico, se le ocurrió entonces, y de inmediato comprendió que había tenido una gran idea: que su piel hubiera cambiado de un blanco lechoso a un café con leche oscuro, además de un claro atentado terrorista orquestado por fuerzas muy poderosas, podía ser enfocado también como algo adecuado para que lo estudiara un médico. Quizás, incluso, desviaría la atención del hecho principal: un ataque exitoso, infinitasimalmente maquiástofélico, contra la persona más poderosa del mundo.

(continuará…)

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