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Un relato sobre virus y valores

9 julio 2020. Las hortensias ya no están como en mayo, pero aún muestran sus cabezas azules, rojas, anaranjadas, destacando sobre el mar de nubes que cubre el valle del Nalón. Al fondo, el Torres y la sierra de Valverde se levantan por encima de manzanos, robles, fresnos y cerezos. El prodigio de este sitio es que te hace olvidar todos los demás. Su humedad y su olor te acarician como si fueran cosas sólidas y sonrientes. Valió la pena la pelea: permanecer en casa ahora, valiente estupidez. Esta enfermedad ha venido para quedarse, más vale que empecemos a acostumbrarnos.

14 julio 2020. La abuela Encarna ha dado positivo. Marcos llamó ayer. Llevaba unos días con algo de tos y cansancio, así que antesdeayer la llevó corriendo al Centro de Salud, le tomaron la muestra y la mandaron para casa, y hoy le han dado los resultados.  Arancha se lo ha tomado con filosofía, pero me temo que la tormenta irá fraguando. A quinientos kilómetros de Madrid no puede hacer mucho, y no le sentará nada bien tener que confiar todo en su hermano. De momento la abuela está en casa, y se encuentra bien, aunque le duele la cabeza. Esperemos acontecimientos.

15 julio 2020. Brañagallones, subida al Cantu Osu. En el lago glaciar hemos llorado. Arancha no hablaba, tenía uno de esos días, siempre pendiente del móvil. La pradera y el circo quitaban el hipo, como siempre, y vimos un rebaño grande de rebecos por la ladera del Crestón.

En Alcalá, sin novedad, Encarna sigue con la tos, pero tranquila. Creo que más tranquila incluso que Marcos. Si me tengo que morir, me moriré, soy muy vieja, nos dijo que dijo. Encarna está conmigo, siempre lo ha estado, me alegro de tener una suegra así. Es una mujer admirable.

17 julio 2020. Arancha le ha echado una bronca monumental a Luis, que ayer se fue de juerga. Cuarenta personas en un chalet de Coslada, música, cerveza, baile. Los vecinos denunciaron y la policía tuvo que pasarse. Nuestro hijo adolescente tuvo el maravilloso don de la oportunidad que siempre tiene, pero Arancha se ha pasado un poco. Él no tiene contacto con la abuela, está sólo en casa y no va a ira a verla, ni siquiera tiene contacto con su tío. Pero es una especie de pensamiento mágico: la abuela está enferma: tú no puedes salir. Misterio. Ya somos mayorcitos, pero esta enfermedad es un magnificador de todos nuestros miedos, un amplificador de diez mil decibelios. Paciencia. La abuela sigue tosiendo. Para relajarnos un poco dimos un corto paseo hasta Abantru, el hayedo se me pegó a la piel, y he decidido que me gustaría ser un árbol.

19 julio 2020. La han ingresado. Apenas puede hablar, lleva varios días con fiebre, aunque sigue con su buen humor, y no quiere que volvamos, dice que le llevaremos virus frescos y ya tiene bastante con los que tiene. Marcos está preocupado, y comentó que el rastreo ha sido penoso. Tardaron días en llamar, apenas hicieron seguimiento, están desbordados, no tienen personal: una vergüenza, luego vendrán las descalificaciones. Menos mal que la mayoría de la gente tiene más cabeza que ellos. El caso es que no saben dónde lo ha podido coger. Encarna nunca paró quieta, afortunadamente, salía a comprar, veía a sus amigas. Vivía, en suma. Afrontaba el riesgo como lo que es, un pedazo de señora. Arancha hoy me ha abrazado mucho rato y luego hemos hecho el amor. Inesperado. Está claro que tiene muchas cosas de su madre. Lluvia torrencial, además, por la tarde. Encendimos la salamandra, sobre todo por ver el fuego. Me gusta mucho más esa pantalla de televisión, y aunque lo que da siempre es lo mismo, nunca lo es.

21 julio 2020. Neumonía bilateral, y creciendo. Por fin el internista ha hablado con Marcos. Les preocupa, aunque no la consideran en estado grave. Le están poniendo de todo, y le ha dicho que no se desespere: están sacando adelante muchos casos que hace tres meses hubieran muerto, por la saturación y por lo poco que sabían del bichito. Le ha dicho que Encarna, a sus ochenta, es fuerte, está en su peso, no fuma, apenas bebe, anda mucho y todo eso ayuda. Nos ha jodido. La gente se mata poco a poco y luego se queja cuando se muere.

Arancha es como una leona enjaulada. En cualquier momento pedirá volver, aunque también le da pánico retomar todo aquello. Su jefa de servicio le dice que ni se le ocurra, que descanse y se prepare para la segunda oleada en otoño, cosa probable. Le ha dicho que quiere tener a su mejor enfermera en forma.

Hoy me hice, solo, los Arrudos. En la collada del Pandu estuve más de una hora mirando a una familia de ciervos, aunque las crías ya estaban bastante crecidas. Luz.

28 julio 2020. He hablado con Arancha por fin. Le sienta bien tener de qué ocuparse, desde luego. Se le notaba centrada y entera. De momento a Encarna no la van a ingresar en la UCI, parece que aguanta, aunque Arancha llora siempre que habla conmigo. Ver que no puede hablar, y que tiene que concentrar toda su energía en seguir respirando dice que le destroza por dentro. Pero su madre es fuerte, y aunque no le habla, sonríe a menudo. El internista dice que prefiere aguantar y evitar intubarla. Parece que sabe lo que hace, dice Arancha. Uf, qué trago. Aquí, los obreros ya han comenzado, y voy y vengo todo el día ocupado, lo que me viene bien.

31 julio 2020. Igual, Arancha ha conseguido que le dejen una habitación contigua a la de Encarna. Correoso, temible, angustioso, pero el médico sigue en sus trece. Vivimos sin vivir, pero vivimos.

4 agosto 2020. Por dios, le ha bajado la fiebre, vuelve a hablar. Hoy me subiré al Tiatordos, por mis cojones. Lágrimas, risas, teléfono, verde. Gracias, Encarna, hermosa, vida.

Julio Salvatierra

Este relato participa en el concurso de relatos de viajes de Zenda,

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