La nueva normalidad no será nueva

No hay nada como el tiempo para pasar, decía Vinicius de Moraes en una de sus Fusas, y qué razón tenía el hombre.

Lo mucho que ya hemos aprendido del SARS-Cov-2 nos indica que lo fundamental es todo lo que aún no sabemos y nos enfrenta con el hecho de nuestra percepción del tiempo. ¿Este nuevo mundo de telecomunicaciones inmediatas y transporte medido en horas (que es lo que cuesta llegar a cualquier punto del planeta) indica que podemos adaptar nuestra vida biológica a este timing apresurado de nuestra vida cultural?

El Covid19 aconseja responder no a esa pregunta. Es maravilloso que hayamos podido secuenciar el genoma del virus en tan poco tiempo, por ejemplo. Esto es cierto, e indica que la aceleración es real, pero sólo en una pequeña parte. Sigue fuera de nuestras capacidades diseñar, no ya una vacuna en meses, si no incluso estar seguros 100% de lo que estamos midiendo con los testes serológicos, conocer el impacto real sobre las poblaciones, saber cómo funcionará la inmunidad adquirida al virus (ing.) -si es que se produce-, etc., etc. Tendemos a olvidar que la acumulación estadística de datos y la observación continuada de la realidad (que usa los tiempos de los procesos observados) sigue siendo nuestra principal forma de conocimiento. Creemos que nuestra ciencia de laboratorio, inductiva y predictiva, puede producir los conocimientos que necesitamos. Pero aún no puede hacerlo (no sabemos si algún día podrá) sin apoyarse en la observación puramente empírica de la realidad: fijarnos en los enfermos, ayudarles, tratarles y luego seguir estudiándolos, a ver qué pasa. Y eso lleva mucho tiempo.

Por eso no conseguiremos solucionar la crisis del Covid19 antes de que nuestra mente inquieta, tanto la individual como la social y mediática, salte a otra cosa. Lo iremos integrando. Si la gripe mata a 650.000 personas al año, según la OMS, en nuestra nueva normalidad a esta cantidad habrá que sumarle la que mate este coronavirus. Que, como en la gripe, seguirán siendo muchos más en las zonas desfavorecidas, lo que debería hacer que nos cuestionáramos el concepto mismo de la normalidad a la que queremos volver. Porque lo malo de la normalidad es que inevitablemente y cada cierto tiempo, de repente, se abre y nos deja ver que su sustrato humano es solo un inestable equilibrio en el que siempre estamos caminando -a veces plácidamente, a veces a trompicones- hacia algún barranco.

Si aprendemos a querer correr menos (acumular fortunas o convertirnos en famosos en cuestión de meses, saberlo todo o hablar con todos en cuestión de horas), y volvemos a fijarnos en otras escalas temporales que siguen siendo vitales para nuestra existencia (el envejecimiento de nuestros padres, la formación de nuestros hijos, la curva de las glaciaciones), quizás consigamos ser más felices y aprender lo básico antes que lo llamativo: cómo estabilizar ese sustrato humano que pisamos.

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Ejemplo de nueva normalidad en el transporte, obsérvese cómo se cubren la boca, y la cuidadosa distancia de seguridad guardada. Mali, río Níger, 2010. Foto del autor.

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