El virus en Madrid, los 5 problemas y el “doblepensamiento”

Pensar bien es difícil, como todo. Pero los condicionantes que tienen los políticos lo tornan aún más complicado. Un problema grave, que se suma a los previos, es que tienen que practicar el doublethink, que decía Orwell en su 1984.

Primero, los problemas a los se enfrentan los políticos no son, en su mayoría y teniendo en cuenta el actual grado de especialización, aquellos para los que se han formado específicamente, suponiendo que lo hayan hecho[1].

Por ello tienen que confiar en especialistas en los temas en los que ellos mismos no son autoridades. Esto plantea un segundo problema, consistente en saber rodearse de los expertos adecuados, que exige a su vez un conocimiento del medio, una agenda, un saber hacer y, lógicamente, un gasto. Que es el tercer problema: ¿cuánto debemos gastar en expertos?

Una vez se les supone en contacto con expertos suficientemente cualificados, el cuarto problema, y no menor, es la forma en que este asesoramiento fluye. No se trata sólo de las respuestas que hay que dar, sino incluso de qué preguntas formular al banco de conocimientos. Con qué frecuencia, con qué profundidad, con qué confianza, con qué grado de interactividad.

Y una vez solucionados todos estos problemas, que asustarían a cualquiera, hay que ver si el grupo de expertos tendrá una idea clara de cómo encaminar la cuestión: quinto problema. Normalmente, al tratarse de tema complejos, opinables y de medio plazo, las propuestas de los más expertos tampoco son definitivas.

Por desgracia, a todos estos problemas fruto, como diría Yourcenar, de la naturaleza divina de las cosas -es decir, inevitables- se suma la necesidad del doublethink. El político no trabaja sólo para solucionar los problemas de su sociedad, suponiendo que lo haga[2], sino también para lograr que lo elijan. Y ahí surge el doble pensamiento, cuando al caudal de incertidumbre inevitable hay que sumarle las variables electoralistas: ¿será popular la medida? ¿Tenemos popularidad bastante para arriesgarnos? ¿Qué conviene decir, o cómo debemos presentar esto para, además de hacer algo, dejar en evidencia a nuestros oponentes? ¿Nos entenderán los electores?

El doublethink de Orwell podía conseguir que una persona fuera capaz de aceptar como verdadero algo que sabe falso, si es necesario, o aceptar como correctos dos pensamientos contradictorios, como, por ejemplo, tenemos que mantenernos unidos y debo machacar al contrario para poder ganar. En la novela conseguir este adiestramiento lleva un tiempo variable según el tipo de personalidad. Al protagonista le cuesta toda una vida y muchos sufrimientos, aunque al final lo logra.

En épocas de crisis preocupa aún más ver como ese doble pensamiento político dificulta la toma de decisiones. Ejemplo de esto es la dimisión, ante la decisión política de solicitar la fase I, de la Directora General de Salud Pública en Madrid, una especialista cuyo intercambio con la política de turno (que ha asegurado, tranquilamente, que ni siquiera habló con ella) no fluía. Decidir entre priorizar la prevención de pérdida de vidas o mantener la economía al ralentí es difícil, evidentemente, y más después de dos meses, pero es inevitable preguntarse cuánto pesa cada cosa en esta decisión final, tomada en contra de los expertos propios (y de todos los del país).

Últimamente tenemos la desagradable sensación de un incremento del doublethink en nuestra política. Quizás los políticos de los 70 podían retirarse de vuelta a sus trabajos si se cansaban o su mediocre desempeño así lo aconsejaba. Hoy da la impresión de que muchos de ellos no pueden dejarlo, no tienen salida profesional (ver este intersante artículo), por lo que mantener no ya el cargo, sino un cargo (lo que exige mantenerse en activo en el mundillo del partido) es una presión importante para instaurar ese doublethink que, una vez implantado, resulta extremadamente difícil des implantar de una política que ha caído tan bajo.

 

Porra:

¿Qué dos series de cualidades cree que priman hoy entre los jóvenes aspirantes a político? (puede votar en los comentarios)

 

Opción 1.- Sólidos conocimientos de filosofía política e historia. Currículum profesional destacable en su área. Habilidades de dirección de grupos humanos (empatía). Capacidad de coordinación. Capacidad de trabajo. Idiomas. Capacidad oratoria. Conocimientos de ética y moral.

Opción 2.- Instinto de supervivencia. Astucia. Ambición. Labia. Ego jerárquico. Don de la oportunidad. Capacidad de apadrinamiento (activo y pasivo) de alto nivel.

 

(Seguramente el paso de la exigencia del primer currículum al segundo es, en parte, la historia de nuestra democracia, en el fondo, una cuestión de educación).

 

[1] Existen políticos con formación, aunque por desgracia cunda la sensación de que va disminuyendo el número de los que destacan por méritos propios en sus currículums. Esto es un problema, aunque no tiene por qué ser insalvable: el mejor profesor de Física no tiene que ser el número uno de su promoción, con tal de que sume otras capacidades: empatía, don de gentes, capacidad de motivar, dominio de la expresión, oratoria, psicología, etc.; en política sucede igual. Con un nivel de conocimiento aceptable (obviamente: mejor cuanto más alto), más otra serie de cosas (ver Porra al final del artículo), se puede llegar a ser un buen político. Ahora, existe una horquilla mínima de conocimientos por debajo de la cual el ejercicio de la política nacional o autonómica, está seriamente contraindicado.

[2] La presunción de inocencia es un pilar básico de nuestro ordenamiento jurídico.

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